En­tre­vis­ta

Con una mi­ra­da agu­da so­bre la po­lí­ti­ca, las re­la­cio­nes hu­ma­nas y lo co­ti­diano, es­te ilus­tra­dor chi­leno re­tra­ta lo que so­mos y he­mos si­do. Una es­pe­cie de ca­ta­dor de la vi­da que mues­tra lo me­jor y lo peor de no­so­tros a tra­vés de un hu­mor in­te­li­gen­te.

La Hora Mujeres - - CONTENIDO - Tex­to: Li­set­te Ávi­la O. Fotos: Juan Pablo Sie­rra Ma­qui­lla­je: Va­len­ti­na Ro­jas

Al­ber­to Montt

Él es ilus­tra­dor y cuan­do sa­le de su ca­sa sa­be que pro­ba­ble­men­te en su re­co­rri­do ha­bi­tual pon­drá aten­ción en al­gu­na con­ver­sa­ción ca­lle­je­ra que más tarde trans­for­ma­rá en una vi­ñe­ta. Mu­chas ve­ces esa inspiración sur­ge de día y, co­mo si fue­ra un bus­ca­dor de te­so­ros, la cap­tu­ra pa­ra desa­rro­llar­la más tarde en el pa­pel; pe­ro otras ve­ces ese ins­tan­te crea­ti­vo vie­ne por las no­ches y él des­pier­ta con la es­pe­ran­za de que al otro día lo re­cor­da­rá to­do… Lo que no siem­pre ocu­rre. Al­ber­to Montt, el ilus­tra­dor, es un ob­ser­va­dor de lo co­ti­diano. Pe­ro no uno cual­quie­ra, sino uno crí­ti­co, áci­do e in­ge­nio­so. Tam­bién tierno y re­fle­xi­vo. Así lo ha de­mos­tra­do en su exi­to­so blog Do­sis Dia­rias -pre­mia­do por la ca­de­na de te­le­vi­sión ale­ma­na Deuts­che We­lle-, me­dian­te el cual ha plas­ma­do un se­llo úni­co con el que ha tras­pa­sa­do las fron­te­ras. “Soy chi­leno y ecua­to­riano, pe­ro cuan­do es­toy en Mé­xi­co me sien­to me­xi­cano y cuan­do voy a Li­ma son un li­me­ño más. Uno es de don­de son sus afec­tos”, di­ce. Sen­ta­do en el li­ving de su de­par­ta­men­to –que tie­ne una de­co­ra­ción vin­ta­ge- cuen­ta so­bre su úl­ti­ma pu­bli­ca­ción, ‘Fue­ra de Ser­vi­cio’, y di­ce que “es tan rá­pi­do de leer que te lo lees en una ida al ba­ño”. Sin em­bar­go, él sa­be que esa re­co­pi­la­ción de sus vi­ñe­tas ha­bla tam­bién de su vi­da. Te­nien­do tan­to éxi­to en las re­des so­cia­les si­gues pre­fi­rien­do el pa­pel. ¿Qué te gus­ta de él?

Es un fe­ti­che. Es her­mo­so te­ner al­go en tus ma­nos e in­clu­so lle­vár­te­lo de via­je. Lo lees en 15 mi­nu­tos, pe­ro es al­go que des­pués lo po­nes en un es­tan­te, lo vuel­ves a re­vi­sar y leer. Per­te­nez­co a una ge­ne­ra­ción que no cre­ció con in­ter­net.

En tus vi­ñe­tas siem­pre es­tán pre­sen­tes Dios y el dia­blo, y en la por­ta­da de es­te nue­vo li­bro tam­bién. ¿Por qué?

Es­ta­mos acos­tum­bra­dos a ver el mun­do ne­gro o blan­co, bueno o ma­lo, y esos dos bi­chos me ayu­dan a re­pre­sen­tar la idea de una dua­li­dad que con­vi­ve muy bien.

¿Y el tí­tu­lo ‘Fue­ra de Ser­vi­cio’ a qué se re­fie­re? Re­pre­sen­ta al ser hu­mano en es­ta­do im­per­fec­to. Cuan­do en una pu­bli­ci­dad ves a una fa­mi­lia tre­men­da­men­te fe­liz con un la­bra­dor pre­cio­so, sa­bes que esa no es la vi­da; la vi­da no son esos es­ta­dos de pau­sa, sino que es­tá en cons­tan­te mo­vi­mien­to. Sien­to que la sociedad te in­vi­ta o te ven­de esos es­ta­dos de per­fec­ción que no son cier­tos.

Por eso en tu li­bro hay una vi­ñe­ta que ha­bla de una fa­mi­lia dis­fun­cio­nal. ¿Así ves la fa­mi­lia chi­le­na?

La ver­dad es que la idea de fa­mi­lia per­fec­ta es ca­da vez más dis­fun­cio­nal. Sien­to que hay una acep­ta­ción y un en­cuen­tro con esas dis­tin­tas po­si­bi­li­da­des. Creo que en eso Chile es­tá me­jo­ran­do.

Fue­ra de Ser­vi­cio es un li­bro que re­co­pi­la lo me­jor de tus fa­mo­sas vi­ñe­tas de Do­sis Dia­rias, prin­ci­pal­men­te aque­llas que al­gu­na vez fue­ron pu­bli­ca­das en la re­vis­ta Qué Pa­sa. ¿Qué mo­men­tos de tu vi­da re­pa­san esas vi­ñe­tas se­lec­cio­na­das?

Las que me im­por­tan, las que odio y las que amo... Es co­mo mi dia­rio de vi­da. Cuan­do tie­nes la ilustración o el di­bu­jo co­mo se­gun­do idio­ma

hay una es­cri­tu­ra que no es ne­ce­sa­ria­men­te la que trans­mi­tes, hay un tra­zo y un co­lor que di­cen al­go.

Tus ilus­tra­cio­nes son to­do un éxi­to en Es­pa­ña, Mé­xi­co, Pe­rú y Co­lom­bia. ¿Por qué ha si­do así?

Por­que en La­ti­noa­mé­ri­ca te­ne­mos la mal­di­ta cos­tum­bre de pen­sar que so­mos muy dis­tin­tos a los otros y la ver­dad es que so­mos igua­les. Cuan­do al­go te ha­ce reír en Chile, te va a ha­cer reír en Venezuela y Mé­xi­co. Hoy La­ti­noa­mé­ri­ca es una so­la. ¿Pe­ro cuál es la iden­ti­dad de la ilustración chi­le­na?

Se es­tá for­jan­do, pe­ro es di­fí­cil ver­la to­da­vía, se cor­tó en al­gún mo­men­to. De to­das ma­ne­ras creo más en una es­cue­la la­ti­noa­me­ri­ca­na. Lo que su­ce­de en Chile es la mis­ma ne­ce­si­dad que tie­nen los ma­ti­na­les de pre­gun­ta­se quié­nes so­mos. Nun­ca vi en un pro­gra­ma de la te­le­vi­sión pe­rua­na o me­xi­ca­na que se pre­gun­ta­ran por aque­llo, y la ver­dad es que esa pre­gun­ta tie­ne una res­pues­ta: in­se­gu­ri­dad.

Ciu­da­dano del mun­do

An­tes que di­se­ña­dor e ilus­tra­dor, Al­ber­to que­ría ser bió­lo­go ma­rino, pe­ro su ma­dre –que al­go vio en él- to­mó la de­ci­sión uni­la­te­ral de ins­cri­bir­lo en di­se­ño y el des­tino fue otro. “Soy ilus­tra­dor por cul­pa de mi ma­dre”, di­ce en­tre ri­sas el crea­dor, quien re­cuer­da que apren­dió a di­bu­jar co­pian­do las ilus­tra­cio­nes de re­vis­tas co­mo Con­do­ri­to, Ata­la­ya y Ma­fal­da. Una tra­yec­to­ria que ha for­ja­do “pa­si­to a pa­si­to” y que hoy le ha da­do fru­tos. “Hay gen­te que se gra­dúa de in­ge­nie­ro en mi­nas y a los seis me­ses es­tá tra­ba­jan­do, vi­vien­do so­lo y com­prán­do­se un au­to. A mí me cos­tó diez años”.

¿Pe­ro lo­gras­te vi­vir de la ilustración?

Sí, ha­ce ra­to. Es po­si­ble (ríe).

Al­gu­na vez di­jis­te que el ca­mino del ilus­tra­dor es mal­di­to. ¿Lo si­gues pen­san­do?

Sí, es una mier­da, pe­ro es inevi­ta­ble, no tie­nes op­ción… Es una mal­di­ción. Si al­guien te di­ce que se­rás ilus­tra­dor, te jo­dió la vi­da.

¿Y si tu hi­ja quie­re ser­lo?

Ella quie­re ser pa­leon­tó­lo­ga, rocks­tar e ilus­tra­do­ra. En­ton­ces voy a fin­gir que soy mé­di­co pa­ra que ten­ga otro re­fe­ren­te, por­que si le di­go que es­toy ilus­tran­do va a pen­sar que es una bue­na idea (ríe).

¿Lau­ra te acom­pa­ña cuan­do es­tás di­bu­jan­do?

Sí, mu­cho. Es que co­mo tra­ba­jo en la ca­sa di­bu­ja­mos jun­tos. ¿Cuá­les son las con­ver­sa­cio­nes que tie­nes con ella? Re­cuer­do una vez que es­tá­ba­mos ca­mi­nan­do en el mall y ella me pre­gun­tó qué era lo más im­por­tan­te de mi vi­da y yo le res­pon­dí que ella, y cuan­do yo le pre­gun­té lo mis­mo, me di­jo: ‘El he­la­do de cho­co­la­te’”.

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