LI­BER­TAD EN DOS RUE­DAS

Las pri­me­ras mu­je­res que se atre­vie­ron a mon­tar­se en mo­tos tu­vie­ron que en­fren­tar mu­chos pre­jui­cios y di­fi­cul­ta­des. Aho­ra, en cam­bio, se atre­ven sin res­tric­cio­nes.

La Hora Mujeres - - TEMAS -

Ha­cía más de una dé­ca­da que re­co­rría rau­da los sen­de­ros cer­ca­nos a Was­hing­ton DC en su po­de­ro­sa mo­to­ci­cle­ta, pe­ro no fue has­ta 1937 que Sally Ha­tel­man lo hi­zo le­gal­men­te. Eso por­que esa muy her­mo­sa ru­bia de ojos cla­ros in­ten­tó en va­rias oca­sio­nes sa­car li­cen­cia y siem­pre le fue ne­ga­da con al­gu­na ex­cu­sa.

Aun­que la me­nu­da y fe­me­ni­na mo­to­ci­clis­ta ob­tu­vo ex­ce­len­tes ca­li­fi­ca­cio­nes en los exá­me­nes teó­ri­cos, los ins­pec­to­res es­ti­ma­ron que era muy jo­ven, muy ba­ja o que con sus me­nos de 50 ki­los no iba a po­der car­gar la mo­to. Cuan­do las ex­cu­sas se aca­ba­ron y dio una prue­ba prác­ti­ca im­pe­ca­ble, si­guie­ron ne­gán­do­le el per­mi­so aun­que ella, pre­ca­vi­da, fue con su abo­ga­do. Su ra­bia fue tal que pro­fi­rió una gran ga­ma de in­sul­tos sin re­pe­tir nin­guno a quien le ne­ga­ba su de­re­cho. Con su ira lo con­ven­ció y Sally se con­vir­tió en la pri­me­ra mu­jer en ob­te­ner li­cen­cia pa­ra ma­ne­jar mo­tos en los Es­ta­dos Uni­dos y la ins­pi­ra­ción pa­ra que de­ce­nas más lo in­ten­ta­ran. Otra mo­to­que­ra des­ta­ca­ble fue Bes­sie String­field, quien no so­lo de­rri­bó el pre­jui­cio de gé­ne­ro sino tam­bién ra­cial, ya que fue la pri­me­ra mu­jer de co­lor que en 1929, y con so­lo 19 años, re­co­rrió los 48 es­ta­dos nor­te­ame­ri­ca­nos cuan­do en ese país la se­gre­ga­ción era ca­si una ins­ti­tu­ción. En los 50 se tras­la­dó a Mia­mi y fun­dó el Iron Hor­se Mo­torcy­cle Club. Do­rothy Ro­bin­son tam­bién apor­tó lo su­yo en fa­vor de de­rri­bar pre­jui­cios. Con 18 años cum­pli­dos con­si­guió su pri­mer pre­mio en una prue­ba de re­sis­ten­cia y a los 28 fue la pri­me­ra mu­jer ga­na­do­ra de una com­pe­ten­cia de la Ame­ri­can Mo­torcy­cle As­so­cia­tion. No con­ten­ta con eso fun­dó en 1940 las Mo­tor Maids, el pri­mer club de mu­je­res mo­to­ci­clis­tas.

Esas pio­ne­ras abrie­ron la ru­ta pa­ra mi­les de mu­je­res que en to­do el mun­do apro­ve­chan las ven­ta­jas de an­dar en dos rue­das. Una de ellas es que ayu­da a es­qui­var la con­ges­tión vehi­cu­lar, que en San­tia­go ca­da año es peor. Un re­por­te rea­li­za­do por To­mTom Traf­fic Index in­di­có que se ele­va­ron en un 43% los tiem­pos de via­jes en au­to­mó­vil, lo que se tra­du­ce en un pro­me­dio de 49 mi­nu­tos dia­rios o 187 ho­ras al año. Una mo­to­ci­cle­ta, en cam­bio, per­mi­te lle­gar más rá­pi­do a des­tino y no per­der tiem­po en bus­car un es­pa­cio am­plio pa­ra es­ta­cio­nar­se.

Aun cuan­do no se fa­bri­can mo­tos es­pe­cial­men­te des­ti­na­das a mu­je­res, hay mo­de­los que son más có­mo­dos pa­ra ellas. Al­gu­nas ca­rac­te­rís­ti­cas que las ha­cen más ap­tas pa­ra las que se atre­ven son una al­tu­ra de asien­to ade­cua­da, ya que las pier­nas de­ben lle­gar có­mo­da­men­te al sue­lo cuan­do se es­té pa­ra­da, es­pe­ran­do la luz del se­má­fo­ro, por ejem­plo. Otros pun­tos que hay que te­ner en cuen­ta son el an­cho del mis­mo asien­to y el ar­co de la pier­na, y tam­bién el pe­so la mo­to.

Se­gún los en­ten­di­dos, las au­to­má­ti­cas o scoo­ter son las pre­fe­ri­das por el se­xo fe­me­nino de­bi­do a su al­tu­ra y por­que su ma­ne­jo es más sen­ci­llo y có­mo­do, en es­pe­cial cuan­do el trán­si­to o las pen­dien­tes son par­te del ho­ri­zon­te.

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