Tra­go dul­ce

La Hora - - En2minutos - Di­rec­tor de Ga­llos.cl Pa­tri­cio Cor­va­lán

Aco­da­dos en la ba­rra del bar, unos cuan­tos hom­bres han in­ten­ta­do to­da la no­che arre­glar sus mun­dos con esa con­fu­sa lu­ci­dez que se aso­ma –co­mo chis­pa­zos im­pos­to­res– re­cién des­pués de va­rias ron­das. Del otro la­do, pa­san­do un pa­ño, aten­to a lo que con­ver­san, Álex ha re­suel­to que ya es su­fi­cien­te y que no les ofre­ce­rá más al­cohol. Sien­do el bar­man, pa­re­ce des­ca­be­lla­do pen­sar que el ne­go­cio es­tá en sus ma­nos, pe­ro el due­ño con­fía en lo que ha­ce. Los hom­bres no re­cla­man. Asu­men lo que di­ce Álex co­mo si fue­ra una sen­ten­cia y le es­tre­chan la mano mien­tras le agra­de­cen, mien­tras pro­me­ten vol­ver la otra se­ma­na, qui­zás ma­ña­na, y se mar­chan en si­len­cio. Álex lle­va ya once me­ses de­trás de la ba­rra. An­tes que bar­man fue si­có­lo­go clí­ni­co y lo que co­men­zó co­mo un ex­pe­ri­men­to –tra­tar de en­con­trar trau­mas en co­mún en las con­ver­sa­cio­nes de bo­rra­chos so­li­ta­rios– se ha trans­for­ma­do en su tra­ba­jo. Ape­lan­do a su for­ma­ción, Álex re­ci­be a los clien­tes y mien­tras les pre­pa­ra el pri­mer tra­go ya les es­tá es­cu­chan­do. Bas­tan unos cuan­tos mi­nu­tos pa­ra que se abran y les con­fíen sus más ín­ti­mos do­lo­res. En un par de ho­ras, Álex ya tie­ne el pa­no­ra­ma de lo que les su­ce­de, se ani­ma a dar­les al­gu­nos con­se­jos y, cuan­do in­tu­ye que ya lle­ga­ron al lí­mi­te de co­pas, les sir­ve unos gran­des va­sos con agua he­la­da pa­ra que se re­cu­pe­ren an­tes de vol­ver a ca­sa. Sin re­cla­mar, los co­men­sa­les se van fe­li­ces y ali­via­dos. Pro­me­ten vol­ver. Y lo ha­cen. Pa­ra ha­blar con Álex. Las ven­tas en el bar se han dis­pa­ra­do. Hay no­ches en que la ba­rra no da abas­to pa­ra re­ci­bir tan­to en­car­go, pe­ro Álex sa­be có­mo lle­var la ba­tu­ta. Los años lo han vuel­to ex­per­to en sin­sa­bo­res y con só­lo mi­rar re­co­no­ce a los náu­fra­gos que apa­re­cen sin pe­dir res­ca­te ni sa­li­da y que só­lo quie­ren ser es­cu­cha­dos. A ellos les de­di­ca to­do el tiem­po que ca­be en una no­che. Al res­to, só­lo les sir­ve lo que pi­dan.

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