Ti­to Guz­mán, el maes­tro de los tí­te­res

Sie­te años te­nía Ser­gio Guz­mán cuan­do de­ci­dió el rum­bo de su vi­da. En un pe­que­ño pue­blo del sur del país se enamo­ró de los tí­te­res y hoy, a sus 81 años, vi­ve só­lo pa­ra ellos.

La Hora - - En 2 Minutos - Tex­tos Cecilia Ri­ve­ra H. Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca Reyes

Con más de 56 años de­di­ca­do a la crea­ción de tí­te­res, Ser­gio “Ti­to” Guz­mán es uno de los más ge­nui­nos cul­to­res de un ar­te que no siem­pre ha re­ci­bi­do el re­co­no­ci­mien­to que me­re­ce, pe­ro que siem­pre ha sa­ca­do son­ri­sas y lle­na­do de ale­gría tan­to a ni­ños co­mo a adul­tos.

La tra­yec­to­ria que ha for­ja­do jun­to a su es­po­sa, Luisa Flo­res, y sus ocho hi­jos, lo ha he­cho me­re­ce­dor de res­pe­to y ad­mi­ra­ción en el mun­do ar­tís­ti­co, so­bre to­do en­tre sus pa­res, los más de 400 ti­ti­ri­te­ros que exis­ten ac­tual­men­te en el país.

La in­men­sa de­di­ca­ción, amor y pa­sión que po­ne en la con­fec­ción de ca­da uno de sus mu­ñe­cos lo hi­cie­ron me­re­ce­dor de un im­por­tan­te re­co­no­ci­mien­to, ya que el Con­se­jo Na­cio­nal de la Cul­tu­ra y las Ar­tes es­te año lo de­cla­ró Te­so­ro Hu­mano Vi­vo.

Di­cho dis­tin­ción des­ta­ca a co­mu­ni­da­des o in­di­vi­duos que con­ser­van y di­fun­den el pa­tri­mo­nio cultural in­ma­te­rial del país que ha­bi­tan. Es­ta es la pri­me­ra vez que se re­co­no­ce un ofi­cio del ám­bi­to de las ar­tes y el es­pec­tácu­lo.

-¿Cuán­do y có­mo sur­gió su in­te­rés por los tí­te­res?

-Uno na­ce pa­ra chi­cha­rra. En el co­le­gio pa­sa­ba arri­ba del es­ce­na­rio. Ha­cía tea­tro, sketchs, dis­tin­tos ti­pos de re­pre­sen­ta­cio­nes. Des­pués es­tu­dié tea­tro en la Uni­ver­si­dad de Chi­le y tra­ba­jé co­mo ac­tor al­gu­nas ve­ces, has­ta que co­men­cé a ha­cer los mu­ñe­cos, pe­ro el enamo­ra­mien­to por los tí­te­res me lle­gó en Vic­to-

“Tra­ba­jar con tí­te­res es al­go com­ple­to, por­que tie­nes que apo­yar­te de la mú­si­ca, las lu­ces y tan­tas otras co­sas. Si vol­vie­ra a na­cer se­ría ti­ti­ri­te­ro” “Un día pa­só una com­pa­ñía uru­gua­ya de tí­te­res, cuan­do cur­sa­ba se­gun­do bá­si­co, y ahí me enamo­ré”

ria, en el sur de Chi­le. Un día pa­só por ahí una com­pa­ñía uru­gua­ya de tí­te­res, cuan­do cur­sa­ba se­gun­do bá­si­co, y ahí me enamo­ré. Des­pués en­tré a gru­pos afi­cio­na­dos de tea­tro y me dio por ir a la uni­ver­si­dad a es­tu­diar y mien­tras lo ha­cía em­pe­cé a bus­car in­for­ma­ción acer­ca de los tí­te­res. En 1958 lo­gré crear mis pri­me­ros mu­ñe­cos, hi­ce un tea­trino y em­pe­za­mos a tra­ba­jar.

-¿Có­mo apren­dió a fa­bri­car los mu­ñe­cos y qué ma­te­rial o téc­ni­cas uti­li­za?

-Na­die me en­se­ñó. Tu­ve que ha­cer­lo de ma­ne­ra más au­to­di­dac­ta. Me in­for­mé de un la­do y otro. Era bien di­fí­cil, por­que en esa épo­ca los ti­ti­ri­te­ros eran bien egoís­tas, no de­ja­ban sur­gir a na­die, no co­mo aho­ra, que son to­dos ami­gos. Los pri­me­ros tí­te­res los hi­ci­mos con pa­pel ma­ché y otra téc­ni­ca lla­ma­da car­ta­pes­ta. Mo­de­lá­ba­mos los tí­te­res en gre­da y les pe­gá­ba­mos pa­pe­li­tos con en­gru­do. Esos fue­ron los pri­me­ros mu­ñe­cos e in­creí­ble­men­te aún es­tán por ahí. Ten­go ‘sin cuen­ta’ tí­te­res. Son tan­tos que ya no sé cuán­tos hay.

-¿Y su pri­mer tí­te­re?

-El rey que no sa­bía su­mar. Era un cuen­to que hi­ce yo, igual que to­dos sus per­so­na­jes. Esos fue­ron mis pri­me­ros mu­ñe­cos. Tam­bién hi­ci­mos una ver­sión de Ca­pe­ru­ci­ta ro­ja. To­do eso fue co­mo a los 21 años. Pre­sen­ta­ba las fun­cio­nes en los co­le­gios y ac­ti­vi­da­des co­mu­ni­ta­rias y so­cia­les. En ese tiem­po los ti­ti­ri­te­ros eran una eli­te y to­dos tra­ba­ja­ban en cum­plea­ños en el ba­rrio al­to o pa­ra el go­bierno de turno. No­so­tros co­men­za­mos a tra­ba­jar en los co­le­gios de po­bla­cio­nes con ca­ren­cias. Re­co­rri­mos to­do el país tra­ba­jan­do pa­ra esos ni­ños y tam­bién en asen­ta­mien­tos de cam­pe­si­nos y ma­pu­ches.

-¿A cuál le tie­ne más ca­ri­ño?

-Es di­fí­cil de­cir­lo, por­que son tan­tos y uno se en­ca­ri­ña con to­dos. Hay uno que le gus­ta más a la gen­te co­mo el Co­co­dri­lo Ti­lo, que siem­pre le va bien en­tre los ni­ños. Pe­ro pa­ra mí, ca­da uno es es­pe­cial, por­que uno le po­ne de­di­ca­ción y ca­ri­ño a su fa­bri­ca­ción y a la his­to­ria que hay de­trás de ca­da uno y to­dos se han lu­ci­do en di­fe­ren­tes cuen­tos. En un prin­ci­pio ha­cía­mos clá­si­cos, pe­ro los adap­tá­ba­mos y des­pués em­pe­cé a es­cri­bir his­to­rias, siem­pre tra­tan­do de que de­ja­ran al­gu­na en­se­ñan­za.

-¿Lo que más le gus­ta de su ofi­cio?

-Es to­do uno, por­que yo es­tu­dié tea­tro pen­san­do en los tí­te­res. Mu­chos co­le­gas me pre­gun­tan por qué me de­di­qué a los tí­te­res y no al tea­tro. Un día le di­je a la Clau­dia Di Gi­ro­la­mo ‘bueno, los tí­te­res son una ex­pre­sión tea­tral. Yo soy el au­tor, cons­tru­yo los mu­ñe­cos, los pin­to, di­ri­jo la obra, actúo a tra­vés de ellos. Me reali­zo en mu­chos ám­bi­tos’. Tra­ba­jar con tí­te­res es al­go com­ple­to, por­que tie­nes que apo­yar­te de la mú­si­ca, de las lu­ces y tan­tas otras co­sas. Si vol­vie­ra a na­cer se­ría ti­ti­ri­te­ro, pe­ro con más ex­pe­rien­cia. Aho­ra do­mino ca­si to­das las téc­ni­cas de cons­truc­ción de los mu­ñe­cos.

-¿Cuál fue su pri­me­ra com­pa­ñía?

-Con Luisa for­ma­mos la com­pa­ñía de tí­te­res Ti­to Guz­mán y Lu­chi­ta Flo­res, pe­ro ac­tual­men­te se lla­ma Can­de­li­lla. Lue­go lle­ga­ron los hi­jos y ahí la com­pa­ñía cre­ció mu­cho, ya que to­dos coope­ra­ban, aun­que igual par­ti­ci­pá­ba­mos en otras agru­pa­cio­nes. Nos ab­sor­bió el tea­tro con tí­te­res, nos sa­lie­ron mu­chas fun­cio­nes. Tam­bién hi­ce y ha­go mu­chos ta­lle­res don­de en­se­ño a ha­cer ma­rio­ne­tas, có­mo ha­cer una his­to­ria o có­mo mon­tar un es­pec­tácu­lo.

-En es­tos años de ex­pe­rien­cia, ¿qué ha si­do lo más com­ple­jo?

-En un prin­ci­pio fue dar­se a co­no­cer. No es co­mo aho­ra, que los ti­ti­ri­te­ros se me­ten a in­ter­net, se co­mu­ni­can unos con otros. Yo an­da­ba puer­ta a puer­ta en los co­le­gios ofre­cien­do los es­pec­tácu­los. Des­pués ca­mi­na­ba só­lo, por­que cuan­do ha­ces las co­sas bien te ga­nas cier­to pres­ti­gio y ahí fue más fá­cil, pe­ro pa­sé por los al­ti­ba­jos que tie­ne la pro­fe­sión de ar­tis­ta. A ve­ces te­ne­mos har­to tra­ba­jo y en otras no hay mu­cho, pe­ro en esa épo­ca yo me de­di­ca­ba a re­pa­rar o ha­cer nue­vos mu­ñe­cos y a la cons­truc­ción de pro­yec­tos que es­ta­ban a me­dio an­dar.

-¿Qué sig­ni­fi­ca pa­ra us­ted ha­ber si­do de­cla­ra­do Te­so­ro Hu­mano Vi­vo?

-Es co­mo un sue­ño. Los ti­ti­ri­te­ros es­tán felices, ya que es la pri­me­ra vez que se re­co­no­ce a un ac­tor y ade­más ti­ti­ri­te­ro. Es un re­co­no­ci­mien­to pa­ra to­dos y es­to le da más fuer­za a la ATICH (Asam­blea de Ti­ti­ri­te­ros de Chi­le). Ellos me pos­tu­la­ron, por te­ner har­ta tra­yec­to­ria, pe­ro no pen­sa­mos que ga­na­ría, ya que es­te ti­po de pre­mios nun­ca se ha­bía da­do a al­guien del es­pec­tácu­lo.

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