La te­ra­pia

La Hora - - En2minutos - Di­rec­tor de Ga­llos.cl Pa­tri­cio Cor­va­lán

Des­de que le ha­bló de las otras vi­das se ha to­ma­do el asun­to muy en se­rio. Nun­ca ha­bía creí­do en esas co­sas has­ta que le re­co­men­da­ron una te­ra­peu­ta que qui­zás po­dría ayu­dar­la, al­guien que por fin tu­vie­ra la cura pa­ra su cuer­po can­sa­do. En la an­te­sa­la de la con­sul­ta, se sin­tió co­mo una es­tú­pi­da. To­mó su car­te­ra y se le­van­tó, im­pul­sa­da por ese la­do ra­cio­nal que ha­bía acep­ta­do co­mo su des­tino. Lle­va­ba las rien­das de su vi­da con pla­ni­llas. Tra­ba­ja­ba con fór­mu­las. Pa­ra ella, el con­trol es­ta­ba en los de­ta­lles, en los ín­fi­mos, co­mo cuan­do en el re­fri­ge­ra­dor col­ga­ba el me­nú pa­ra to­do el mes, de lu­nes a do­min­go, des­de la en­tra­da al pos­tre. Só­lo así es­ta­ba se­gu­ra. Y tran­qui­la. Aun­que dur­mie­ra mal. Ya se iba cuan­do a las es­pal­das es­cu­chó su nom­bre. Al gi­rar, la te­ra­peu­ta le es­ta­ba son­rien­do. Eso le gus­tó. Qui­zás po­dría pro­bar. No fue ne­ce­sa­rio ha­blar de los do­lo­res ni de las pas­ti­llas que se acu­mu­la­ban en el ve­la­dor. Só­lo ce­rrar los ojos por un ra­to y acos­tum­brar­se a ese ca­lor ti­bio de unas ma­nos que la es­cu­dri­ña­ban sin to­car­la. Los do­lo­res eran nor­ma­les pa­ra una quin­ta vi­da lle­na de ac­tos in­con­clu­sos, es­cu­chó sin en­ten­der na­da. En­ton­ces, la te­ra­peu­ta le vol­vió a son­reír. Lo que no nos atre­ve­mos a re­sol­ver, le di­jo, es una car­ga que pa­sa a las otras vi­das. Po­día se­guir con sus re­me­dios y sus pla­ni­llas, pe­ro era un al­ma vie­ja que só­lo sa­na­ría cuan­do apren­die­ra a re­co­no­cer sus lí­mi­tes y a vi­vir ca­da mo­men­to co­mo lo que es, el úni­co, y co­mo el que po­dría ser, el úl­ti­mo. La te­ra­pia va a su rit­mo. Hay no­ches en que lo pen­dien­te no le ro­ba tan­to los sue­ños. Hay días en que se sor­pren­de acep­tan­do que no pue­de con­tro­lar ca­da de­ta­lle. Y eso ya no due­le tan­to. Va avan­zan­do, sin apu­rar­se, ha­cia ese mo­men­to en que en­tien­da, en­tre un mi­llón de otras co­sas, que el fu­tu­ro no es de na­die.

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