Po­llo Fuen­tes ce­le­bra 50 años de ca­rre­ra: “Soy pro­fe­ta en mi tie­rra”

El ar­tis­ta, que re­pa­sa es­te do­min­go su his­to­ria en el Tea­tro Cau­po­li­cán, re­cuer­da sus ini­cios co­mo can­tan­te de ba­rrio en los años 60.

La Hora - - En2minutos - Tex­tos Ig­na­cio To­bar Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca Re­yes

Ser ar­tis­ta era un dis­pa­ra­te. Una aven­tu­ra. Sig­ni­fi­ca­ba caer en la bohe­mia, con el fan­tas­ma de los vie­jos tan­gue­ros de­trás. Esos aman­tes de la juer­ga que ha­bían he­cho cu­rri­cu­lum en las lo­cas dé­ca­das del 40 y el 50 y que, se sa­bía, eran bue­nos pa­ra el tra­go y “otras co­sas”. ¡Los mú­si­cos, los can­tan­tes, los ar­tis­tas!, Y la ma­má del Po­llo le te­nía mie­do a la no­che, no que­ría a su hi­jo me­nor, al con­cho de la familia, alumno ejem­plar, bien por­ta­do y tí­mi­do, me­ti­do en esas pe­li­gro­sas li­des. Así re­cuer­da Jo­sé Al­fre­do Fuen­tes el con­tex­to en que se hi­zo can­tan­te. Y a con­tra­co­rrien­te de su re­li­gio­sa ma­má, él que­ría ser ar­tis­ta. “Yo nun­ca di­je ‘és­ta va a ser mi pro­fe­sión’, pe­ro me gus­ta­ba can­tar, era lo que más que­ría en el mundo”, di­ce el au­tor de Te per­dí, 50 años des­pués de ese mundo en el que se con­vir­tió en una es­tre­lla, un fe­nó­meno sin pa­ran­gón en Chi­le. En ma­yo del 66 gra­bó su pri­me­ra can­ción, Ena­mo­ra­do de ti y unos me­ses des­pués te­nía que sa­lir de sus shows es­col­ta­do por Ca­ra­bi­ne­ros, en me­dio del al­bo­ro­to que ge­ne­ra­ban sus fans, que al ver­lo llo­ra­ban, se des­ma­ya­ban y au­lla­ban. To­do por cul­pa de Te per­dí, la sen­ci­lla can­ción que com­pu­so es­te ar­tis­ta teenager y que sig­ni­fi­có que has­ta Far­zán, una his­to­rie­ta de la pi­ca­res­ca re­vis­ta El Pin­güino que sa­ti­ri­za­ba a Tar­zán, la en­to­na­ra mon­ta­do en un ele­fan­te. Así fue la fa­ma pa­ra es­te ex alumno de los her­ma­nos ma­ris­tas, que pen­só ser pe­rio­dis­ta y en bue­na ho­ra cam­bió de opi­nión. El Po­llo fue co­mo un Jus­tin Bie­ber chi­leno y el pri­mer ar­tis­ta en ge­ne­rar ese fer­vor pro­pio de la épo­ca. “Yo soy pro­fe­ta en mi tie­rra. La per­ma­nen­cia fue lo im­por­tan­te y la co­mu­nión con el pú­bli­co. Me lo ga­né al prin­ci­pio por­que sí, por­que te­nía án­gel y lo con­ser­ve por­que fui ho­nes­to, hu­mil­de y cer­cano”, di­ce sen­ta­do en uno de los sa­lo­nes del es­tu­dio mu­si­cal Vi­ni­lo Re­cords en Ñu­ñoa. En una sa­la con­ti­gua lo es­pe­ran los can­tan­tes Glo­ria Si­mo­net­ti y Wil­do, sus me­jo­res ami­gos en me­dio si­glo de his­to­ria can­tan­do. Los mis­mos con los que en un ra­to en­sa­ya­rá par­te del show que pre­sen­ta es­te do­min­go en el Tea­tro Cau­po­li­cán a las 18 ho­ras, pa­ra ce­le­brar su his­to­ria y anun­ciar lo que vie­ne. “Voy a pre­sen­tar una nue­va can­ción, Per­der el amor. Ha­bla de un hom­bre ma­du­ro y a esas al­tu­ras per­der un amor es más te­rri­ble que a los 18 años”.

Hay tan­to pa­ra re­cor­dar. Son 50 años. Pe­ro hay que re­su­mir. “Em­pe­cé a can­tar con mi her­ma­na Wil-

ma a los 5 años. Ella era 11 años ma­yor que yo y mi her­mano Iván 10. Mi her­ma­na era ca­si mi ma­má y yo ca­si su mu­ñe­ca. A ella le gus­ta­ba mu­cho la música y te­nía esos pick up don­de iban ca­yen­do dis­cos. Y es­cu­cha­ba a Lu­cho Ga­ti­ca, Dean Mar­tin y Frank Si­na­tra. Y yo cha­mu­lla­ba en inglés y ella ba­ja­ba la música y se da­ba cuen­ta de que yo can­ta­ba afi­na­di­to y cua­dra­di­to. Y ahí em­pe­cé a can­tar­le a mi abue­la co­mo Lu­cho Ga­ti­ca. Y yo de­cía con­ti­go en la dis­tan­cia, por­que era ni­ño y no sa­bía pro­nun­ciar. Y no me co­rre­gían por­que les da­ba mu­cha ri­sa”, re­la­ta. -¿Siem­pre tu­vis­te ese mis­mo vi­bra­to tan par­ti­cu­lar?

-Lo desa­rro­llé de ado­les­cen­te. En el co­le­gio me con­ver­tí en el so­lis­ta del co­ro. Yo era tí­mi­do, apa­ga­di­to. De muy bue­nas no­tas. Pe­ro es­ta ti­mi­dez cuan­do te­nía que can­tar no exis­tía. Vi­vía en la ca­lle Club Hí­pi­co, de­trás del Par­que O’Hig­gins. Y mis ami­gos de las pi­chan­gas me pe­dían que les can­ta­ra. Me subía a los es­ca­lo­nes que te­nía una car­ni­ce­ría y can­ta­ba. Can­ta­ba en fies­tas, en reunio­nes fa­mi­lia­res, en com­pe­ten­cia que ha­cían en el ba­rrio, íba­mos a Ron­diz­zo­ni don­de ha­bía otro hueón que can­ta­ba y nos en­fren­tá­ba­mos. Eran co­mo pe­leas de box pe­ro de can­to. Y siem­pre ga­na­ba to­do. La música era al­go na­tu­ral pa­ra mí. -¿Ahí te de­ci­dis­te a can­tar?

- A los 15 años, en 1963, voy a la Ra­dio Por­ta­les con un ami­go a un pro­gra­ma que se lla­ma­ba El show de

la Nue­va Nue­va Ola. Ahí can­té “Es un pu­lo­ver má­gi­co...” y lla­mé la aten­ción de Ro­ber­to In­glez, que era un es­co­cés, muy ca­po, que le hi­zo arre­glos a Lu­cho Ga­ti­ca. En el es­tu­dio ha­bía unas 80 per­so­nas y les en­can­tó y has­ta gri­tos hu­bo. -Y na­cie­ron las cal­ce­ti­ne­ras.

-No, eso fue des­pués. Ahí me fui a can­tar los sá­ba­dos. Y des­pués vol­vía a mi ba­rrio y en las tres cua­dras que ca­mi­na­ba por Club Hí­pi­co me de­cían “bue­na, ru­cio”, por­que to­dos es­cu­cha­ban la ra­dio. Y em­pe­cé a sen­tir­me co­mo un ar­tis­ta.

Sue­na el te­lé­fono. Y el Po­llo po­ne pau­sa al re­la­to y se pa­ra de un sal­to y con­tes­ta. Es un hom­bre atlé­ti­co. Tie­ne 69 años y lle­va una ca­de­na al cue­llo y una ca­mi­sa ti­po gua­ya­be­ra. Son, di­ce, los bue­nos ge­nes fa­mi­lia­res y su cui­da­da vi­da. Nun­ca fu­mó, no fue bueno pa­ra el tra­go. “Una vez me fu­mé un pi­to con Wil­do y con Buddy Ri­chard, en un au­to en la Vi­lla Olím­pi­ca. Me sen­tí pé­si­mo, y es­tos hueo­nes se reían por­que pen­sa­ban que me iba a mo­rir”, re­cuer­da.

“¿En qué íba­mos? Ah, des­pués em­pe­cé con gi­ras por San An­to­nio y ciu­da­des cer­ca­nas y no es­tu­dia­ba na­da. Ba­jé mis no­tas y ahí mi ma­má me sa­có del can­to. Pa­ré y por esos días me hi­ce muy ami­go de Ce­ci­lia (la can­tan­te), por­que mi her­mano po­lo­lea­ba con una ami­ga de ella. Fui a su casa va­rias ve­ces, íba­mos al tea­tro, al cine de Gran Ave­ni­da. Me ha­cia can­tar, me da­ba cla­ses, me ayu­dó mu­cho, a los 15 años me for­mó. Has­ta me lle­vó al se­llo EMI pe­ro no me pes­ca­ron”.

Lue­go, re­cuer­da el Po­llo, can­tó con el gru­po Los del Sen­de­ro, el te­ma El cu­ra de mi pue­blo, que se hi­zo un hit ra­dial. Un día de lluvia rum­bo a un en­sa­yo con ese gru­po, la mi­cro lo de­jó a cin­co cua­dras y se mo­jó tan­to que cuan­do lle­gó a la sa­la le abrió la puer­ta Mon­cho Sil­va y le di­jo “hueón, pa­re­cí un po­llo”. A los po­cos días la re­vis­ta Rit­mo les hi­zo una no­ta y fue bau­ti­za­do pú­bli­ca­men­te co­mo el Po­llo. “To­do se dio de ma­ne­ra tan flui­da que sien­to que al­guien me ayu­dó des­de al­gu­na par­te”, di­ce.

A los 17 años, tras ga­nar un fes­ti­val de música es­co­lar, el Se­llo Ca­ra­col le ofre­ció un con­tra­to. Tu­vo que ir

el her­mano Lu­cio, el cu­ra del co­le­gio, a con­ven­cer a la ma­má. “Fue pa­la­bra de Dios. Me dio per­mi­so y me di­jo que pro­ba­ra por un año. Gra­bé mi pri­mer dis­co en ma­yo del 66, Ena­mo­ra­do de ti y fue un éxi­to. Pe­ro la lo­cu­ra fue con Te per­dí. La can­ción la ha­bía es­cri­to yo pa­ra una po­lo­la que tu­ve que vi­vía le­jos y que por eso la de­jé de ver”. -O sea la cul­pa fue tu­ya.

-Sí, pues no pen­sé que yo aún la que­ría, ja­ja­já. Fue un golazo. Una his­to­ria sim­ple que lle­ga, to­dos al­gu­na vez la he­mos ca­gado con una mi­na. Ahí me di cuen­ta que po­día ser co­mo Buddy Ri­chard, co­mo Ce­ci­lia. Esa can­ción tie­ne 50 años y es­tá en­tre las 10 más im­por­tan­tes de la música po­pu­lar. -Y en me­dio de to­do ese fer­vor de fans, ga­nar pla­ta y fa­ma ¿nun­ca te ma­reas­te?

-Era emo­cio­nan­te ver a esas ni­ñas que se les caían las lá­gri­mas. Ha­bía al­go es­pe­cial, un ca­ris­ma, una ter­nu­ra. Se en­gan­cha­ban con es­te ga­llo que les pe­ga­ba en el co­ra­zón. Era lin­do ver to­do el Cau­po­li­cán ama­ri­llo, por­que ellas se ves­tían así y gri­ta­ban “oro, oro, oro, el po­llo es un te­so­ro”. Pe­ro no me ma­reé por­que tu­ve la for­ma­ción de mi co­le­gio y de mi familia. Era ra­ro que des­pués de sa­lir es­col­ta­do por los pa­cos en me­dio de des­ma­yos lle­ga­ba a mi casa y ha­bía un si­len­cio te­rri­ble. To­do era nor­mal, lo otro pa­re­cía una men­ti­ra. -Y cuán­do te equi­vo­ca­bas, qué vi­cio te­nías?

. Con las mu­je­res me iba a la cres­ta. Por lo apa­ga­di­to y ca­ba­lle­ri­to que era me de­cían Fa­la­be­li­to, que era un per­so­na­je muy tí­mi­do de la épo­ca. Pe­ro con las mu­je­res Fa­la­be­li­to se iba a la cres­ta, ahí me de­cían Pul­pe­te. Tu­ve cua­tro re­la­cio­nes lar­gas en mi vi­da, de lo otro dos mil, ja­ja­já, men­ti­ra, pe­ro hu­bo va­rios touch and go. -¿Es ver­dad que te fa­rreas­te ser es­tre­lla en Mé­xi­co? -Eso fue el año 70. Al­can­cé a me­ter la can­ción Qué bien me ol­vi­das. Fue un éxi­to y es­ta­ba em­pe­zan­do a pa­sar lo mis­mo que acá con­mi­go allá. Pe­ro me fal­tó ase­so­ría. Ya es­ta­ba po­lo­lean­do con la Isabel (Trías, su pri­me­ra mu­jer) y que­ría es­tar con ella. -¿Des­pués del Gol­pe se­guis­te can­tan­do?

-Yo me ca­sé el 71 y mi hi­jo nació el 73. Con Pi­no­chet se aca­bó la no­che. Y an­tes me pa­só al­go muy ra­ro, que vi­ne a sa­ber des­pués. Pa­sa­ba que los so­cia­lis­tas re­vo­lu­cio­na­rios en­con­tra­ban que can­tan­tes co­mo yo eran ne­fas­tos pa­ra la ju­ven­tud. Ha­bía un dia­rio que se lla­ma­ba La Úl­ti­ma Ho­ra y pe­rio­dis­tas de iz­quier­da de­cían que yo era alie­nan­te pa­ra la ju­ven­tud. Fue­ron pen­cas con­mi­go. -¿Y qué pa­só des­pués del 11?

-Mi hi­jo na­ce en mar­zo del 73 y yo me fui a Es­pa­ña. El Gol­pe me pi­lla en un avión. Lle­gué a Bue­nos Ai­res el 11 de sep­tiem­bre y es­tu­ve diez días ahí. No po­día ha­blar con mi se­ño­ra, es­ta­ba de­ses­pe­ra­do. Vi­vía­mos a cin­co cua­dras de To­mas Mo­ro, don­de vi­vía el Pre­si­den­te Allen­de. Y se con­ta­ba que el pue­blo ha­bía to­ma­do las ca­sas en las Con­des. Pu­ras men­ti­ras. -Por qué se te re­la­cio­nó con la de­re­cha...

-Es que yo no era de iz­quier­da, en­ton­ces en esos años por des­car­te eras mo­mio. Fue di­fí­cil. Has­ta que el 79 en­tré a la te­le­vi­sión y esa es otra his­to­ria.

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