Lec­cio­nes sin cen­su­ra

La Hora - - Entrevista - Tex­tos Ig­na­cio To­bar

Dos gua­guas con­ver­san en la ma­ter­ni­dad de un hos­pi­tal. Una le­van­ta la sá­ba­na, mi­ra ha­cia aden­tro y ex­cla­ma “¡oh, soy un niño!”. Y la otra le pre­gun­ta: “¿có­mo lo sa­bes?”. Y la pri­me­ra le con­tes­ta “por­que ten­go cal­ce­ti­nes ce­les­tes”.

Chis­te blan­co. El úni­co de es­ta con­ver­sa­ción Sin Cen­su­ra con Iván Are­nas, el Pro­fe­sor Ros­sa, hu­mo­ris­ta de na­ci­mien­to, edu­ca­dor por vocación y que a los 65 años di­ce sa­ber­se más de 800 chis­tes, que sue­le con­tar por to­do el país. En fes­ti­va­les mul­ti­tu­di­na­rios, en casinos, en la te­le, en asa­dos, en char­las mo­ti­va­cio­na­les pa­ra em­pre­sas, don­de sea. In­clu­so po­dría lle­gar al pró­xi­mo Festival de Vi­ña del Mar, por­que cuen­ta“hu­bo un co­que­teo por me­dio de un pro­duc­tor, no sé si es al­go ofi­cial. Pe­ro yo creo que Vi­ña es pan hoy y ham­bre pa­ra ma­ña­na, no es nin­gu­na ma­ra­vi­lla. To­dos los que han ido tie­nen peak y se van pa­ra aba­jo des­pués. No me ca­lien­ta mu­cho. No me qui­ta el sue­ño. Pa­ra mí el má­xi­mo es re­co­rrer Chi­le y así no ma­to la ru­ti­na. Aho­ra, tam­po­co di­go no. Mi­ra, de­pen­de. Es que si me per­mi­ten el Sin Cen­su­ra voy.

-En Vi­ña se han pues­to bien pun­tu­dos los hu­mo­ris­tas...

-Es cier­to. Pe­ro si me lla­man y me di­cen sa­ca es­to, que cam­bia es­to, me­jor no. Te cuen­to un chis­te co­mo ejem­plo. Tres mu­je­res con­ver­san. Una di­ce: abrí la car­te­ra de mi hi­ja y le pi­llé una ca­je­ti­lla de ci­ga­rros. Y que yo se­pa mi hi­ja no fu­ma, no fu­ma. La se­gun­da di­ce: yo le abrí la car­te­ra y le en­con­tré una la­ta de cer­ve­za y que yo se­pa mi hi­ja no to­ma, no to­ma. Y la

ter­ce­ra di­ce: yo le en­con­tré un con­dón, y que yo se­pa mi hi­ja no tie­ne... y ahí ten­go que de­cir pe­ne y eso cam­bia to­do el chis­te. ¿ves?

-O sea, con cen­su­ra no hay Vi­ña.

-Es que pa­ra qué. Des­pués de que yo hi­ce el Sin Cen­su­ra en La Red, jus­to vi el Festival de Vi­ña y es­cu­ché que el pú­bli­co gri­ta­ba sin

cen­su­ra, y me emo­cio­né. Por­que lo sen­tí mío. Me lo atri­buí pe­ro no por so­ber­bio.

A me­dia­dos de año, Are­nas su­frió un in­far­to, lo que lo obli­gó a sus­pen­der fun­cio­nes y shows. Hoy, ya re­cu­pe­ra­do, si­gue fu­man­do. “Es un vi­cio”, re­co­no­ce y en­cien­de un Kent tras otro en el jar­dín del edi­fi­cio don­de vi­ve en Amé­ri­co Ves­pu­cio Nor­te. Mien­tras ha­bla va al­ter­nan­do sus co­no­ci­mien­tos de cien­cias, bio­lo­gía, quí­mi­ca y un sin­fín de da­tos, con el

hueón pa’ arri­ba y hueón pa aba­jo. Así ha­bla el Pro­fe­sor, un con­ta­dor de chis­tes na­to.

“El ori­gen del Sin Cen­su­ra fue en una en­tre­vis­ta. Eduar­do Fuen­tes me in­vi­tó a re­cor­dar mi ju­ven­tud al Men­ti­ras ver­da­de­ras. Y me

Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca Re­yes.

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