Ju­lie­ta Agui­lar, “La ge­ne­ra­la” de Pi­no­chet

A diez años de la muer­te de Au­gus­to Pi­no­chet, Ju­lie­ta Agui­lar, mi­li­tan­te UDI de Con­cha­lí, apo­da­da “La Ge­ne­ra­la” re­cuer­da su fer­vor por quien di­ce fue “pre­si­den­te”. “En­tre Pi­no­chet y Dios no hay di­fe­ren­cias”, sen­ten­cia.

La Hora - - News - Tex­to: Ig­na­cio To­bar Fo­to­gra­fía: Luis Felipe Quin­ta­na Som­me­lla.

E l 8 de di­ciem­bre de 2006 fue la úl­ti­ma vez que Ju­lie­ta Agui­lar vio con vi­da al ex dic­ta­dor Au­gus­to Pi­no­chet. “Lo vi ese vier­nes an­tes de que fa­lle­cie­ra. Pu­de en­trar al Hos­pi­tal Mi­li­tar por­que ten­go bue­na re­la­ción con sus hi­jos Lucía y con Mar­co An­to­nio. Y en mi re­tén (ubi­ca­do a unas cua­dras de su ca­sa) exis­tía un ca­pi­tán que te­nía un her­mano mé­di­co allá y él hi­zo el ne­xo. An­da­ba con mi nie­to ves­ti­do de mi­li­tar, chi­qui­ti­to. Me acuer­do que ese periodista español, ese Ama­ro (Gó­me­zPa­blos) me di­ce va­ya, acá le ve­mos al nie­to. Y en­tré y lo vi a tra­vés de un ven­ta­nal. Es­ta­ba sen­ta­do y se veía bien, le man­dé un pa­pe­li­to que de­cía que lo es­pe­rá­ba­mos el mar­tes, que era el día que lo da­rían de al­ta, y él me hi­zo un ges­to pa­ra que yo de­ja­ra de fu­mar, no le gus­ta­ba que fu­ma­ra”. Dos días des­pués Pi­no­chet mu­rió en el re­cin­to cas­tren­se, don­de se re­cu­pe­ra­ba de un in­far­to al mio­car­dio que ca­si le cos­tó la vi­da. El mi­li­tar que es­tu­vo 17 años en el po­der de­jó pen­dien­tes pro­ce­sos ju­di­cia­les en su con­tra por se­cues­tros, tor­tu­ras y una se­rie de de­li­tos eco­nó­mi­cos.

Diez años des­pués de ese bre­ve en­cuen­tro, y al­go aje­na a esas cer­te­zas ju­di­cia­les que con­de­nan los crí­me­nes de Pi­no­chet y su dic­ta­du­ra, Ju­lie­ta Agui­lar es­tá sentada fu­man­do en el co­me­dor de su ca­sa en Con­cha­lí. Es­ta ague­rri­da mu­jer “con vo­ca­ción so­cial en la ca­lle” -se­gún de­cla­ra- na­ció en 1963 en el Hos­pi­tal San Jo­sé de Puer­to Va­ras. A los tres días su ma­má bio­ló­gi­ca la ven­dió por 14 es­cu­dos a la familia Agui­lar Santibáñez. Esa his­to­ria la co­no­ció cuan­do a los 14 años abrió un mis­te­rio­so ca­jón que su nue­va ma­dre man­te­nía con lla­ve. Es­tu­vo 6 me­ses sin ha­blar.

Mien­tras cuen­ta par­te de su bio­gra­fía, ca­mi­na ha­cia el fon­do de su ca­sa y vuel­ve con unas pio­chas y cha­pi­tas de Pi­no­chet y en­se­ña un bus­to con la ima­gen del mi­li­tar, que ma­ña­na cum­ple diez años muer­to. Se emo­cio­na al ha­blar del hom­bre que go­ber­nó con mano de hie­rro el país en­tre 1973 y 1990. En las pa­re­des de su vi­vien­da gran­de y mo­des­ta, se des­plie­gan una se­rie de fo­to­gra­fías de Pi­no­chet. En nin­gu­na apa­re­cen jun­tos, aun­que es­ta di­ri­gen­ta co­mu­nal, mi­li­tan­te UDI y apo­da­da “La Ge­ne­ra­la” por el ex al­cal­de de Pro­vi­den­cia Cris­tián Lab­bé, di­ce ha­ber com­par­ti­do mu­chos mo­men­tos con quien con­si­de­ra “un pre­si­den­te, él no fue un dic­ta­dor”.

“La pri­me­ra vez que lo vi fue en los años 80. Vino a al bal­nea­rio de Con­cha­lí por el pro­gra­ma de em­pleos de la épo­ca, ese que se lla­ma­ba el Pem y el Pojh. Y estuve con él, lo sa­lu­dé y le pre­gun­té có­mo se sen­tía. Y me di­jo us­ted es su­re­ña, por su acen­to se le no­ta. Y le di­je sí, mi pre­si­den­te, sí, mi ge­ne­ral. Fue una sen­sa­ción tan ex­tra­ña la que sen­tí en mi cuer­po, co­mo una paz, era tan sua­ve­ci­to. Y buen­mo­zo, con unos ojos in­ten­sos y muy lin­dos. Yo siem­pre he di­cho que en­tre Pi­no­chet y Dios no hay di­fe­ren­cia”. -¿Us­ted se da cuen­ta la in­dig­na­ción que ge­ne­ra de­cir que en­tre Pi­no­chet y Dios no hay di­fe­ren­cias?

-Sí, pe­ro lo he di­cho mu­chas ve­ces. Y yo sé que van a creer que es­toy lo­ca, pe­ro así lo sien­to yo. Yo sé que mu­cha gen­te lo odia, y los en­tien­do. Di­cen que fue el cul­pa­ble de to­do aun­que no lo ha­yan vis­to ha­cien­do na­da. Pe­ro los en­tien­do. Mi­ra, hi­jo, no creo que Pi­no­chet an­du­vie­ra ma­tan­do las 24 ho­ras del día, si ese hom­bre te­nía que dor­mir. Pe­ro te ad­vier­to que soy una pi­no­che­tis­ta re­no­va­da. An­tes es­ta­ba cie­ga, de fa­ná­ti­ca pa­se a mo­de­ra­da. En mi peor épo­ca has­ta a un ami­go le pe­gué con unas bol­sas con pa­pas, cuan­do di­jo se de­be­ría mo­rir el ase­sino de Pi­no­chet. -Si uno re­vi­sa las cau­sas ju­di­cia­les en su con­tra ve que Pi­no­chet en­fren­tó tri­bu­na­les por ge­no­ci­dio,

de­li­tos de le­sa hu­ma­ni­dad, tor­tu­ras y ase­si­na­tos. Eso ade­más de sus mi­llo­na­rias cuen­tas ocul­tas en el Ban­co Riggs por las que se le acu­só de mal­ver­sa­ción de fon­dos pú­bli­cos.

-Si al­guien lo cree, res­pe­to su po­si­ción. Él de­be ha­ber te­ni­do un suel­do al­to por ser pre­si­den­te y por ser ge­ne­ral. Mi­re, hi­jo, él era el je­fe de es­ta­do pe­ro al igual que en una co­mi­sa­ría don­de hay un pa­qui­to ji­ne­tea­do, él no po­día con­tro­lar lo que hi­cie­ran sus sub­al­ter­nos en la ca­lle. Si aga­rran a pa­los a al­guien has­ta que se mue­re, al pri­me­ro que culpan es al que es­tá de­trás del es­cri­to­rio. Yo no nie­go que hu­bo crí­me­nes, pe­ro no los co­me­tió él. -Pe­ro Pi­no­chet di­jo “acá no se mue­ve una ho­ja sin que yo se­pa”. -Esa fue la fra­se más ton­ta que di­jo. Una vez, en Ca­saPie­dra le di­je: dis­cul­pe, mi ge­ne­ral, pe­ro có­mo se le ocu­rrió de­cir eso de que aquí no se mo­vía ni una ho­ja sin que us­ted su­pie­ra. Me mi­ró y me di­jo es ver­dad, fue bien feo. -Us­ted, co­mo cre­yen­te, ¿cree que Pi­no­chet se fue al cie­lo? -Sí, por­que yo creo que el in­fierno es es­te y aquí pa­ga­mos to­do lo ma­lo.

-Cues­ta en­ten­der­la a us­ted, cues­ta en­ten­der que crea de ver­dad que Pi­no­chet no hi­zo na­da. Lo de­fien­de co­mo un Dios.

-Es que te lo de­cía, pa­ra mí en­tre Pi­no­chet y Dios no hay mu­cha di­fe­ren­cia. Cuan­do mu­rió me sen­tí huér­fa­na. -¿Hay al­go que no le gus­ta­ba de Pi­no­chet? -(Lo pien­sa) Que hu­bie­ra si­do tan blan­do. -¿Blan­do? Fue du­rí­si­mo.

-No creo, era una dic­ta­du­ra blan­da. Ima­gí­na­te que aho­ra hay gen­te que pi­de otro Pi­no­chet. Pe­ro nin­gún mi­li­tar ha­rá la ha­za­ña que él hi­zo. -¿Hay al­gún Pi­no­chet hoy? -Mi co­ro­nel Lab­bé era del es­ti­lo de él, pe­ro se can­só. -¿Có­mo se ha­bla­rá en 100 años del dic­ta­dor Pi­no­chet?

-Pre­si­den­te, no dic­ta­dor. No creo que se ol­vi­de. Pe­ro con el tiem­po las co­sas se van a ir cal­man­do por­que ha­brá otros a los que odien y amen más que a él. A ve­ces pien­so que si mi ge­ne­ral es­tu­vie­ra vi­vo ja­más ha­bría en­tra­do tan­to ex­tran­je­ro a mi pa­tria. Yo soy un po­co dis­cri­mi­na­do­ra.

-Con esas res­pues­tas hay gen­te que po­dría til­dar­la de fa­cha po­bre, ¿le ofen­de­ría que le ca­li­fi­quen así?

-No me due­le. Yo no me con­si­de­ro fa­cha ni momia, eso es pa­ra la gen­te de Pla­za Ita­lia pa­ra arri­ba. Yo soy una fiel ad­mi­ra­do­ra de mi ge­ne­ral Pi­no­chet y se me res­pe­ta por eso. A mí me ve el al­cal­de Ja­due y me di­ce ho­la, Ge­ne­ra­la. Él es co­mu­nis­ta pe­ro no an­da con la hoz y el mar­ti­llo en la fren­te. -Us­ted es una mu­jer de es­fuer­zo, ¿hay di­fe­ren­cia en­tre las pi­no­che­tis­tas co­mo us­ted y las ABC1?

-Mu­chas. Aun­que nos to­pá­ba­mos siem­pre. Pe­ro la lu­cha de no­so­tros era can­tar, vo­ci­fe­rar. A mí me ba­ñó el gua­na­co mu­chas ve­ces y ellas no es­ta­ban ahí. Eran más pa­ra la te­le. Al Pal­ta Meléndez le pe­gué una pa­tá en la ra­ja cuan­do se fue a reír de mi ge­ne­ral. Y tam­po­co las vi ahí a las vie­jas cui­cas. Yo fui so­la a de­fen­der la ca­lle 11 de sep­tiem­bre. So­la. -Los pi­no­che­tis­tas se que­da­ron so­los.

-No te­ne­mos nin­gún po­lí­ti­co que nos res­pal­de. Cuan­do mi ge­ne­ral es­tu­vo se­cues­tra­do en Lon­dres, ahí sí es­ta­ban to­dos: Mo­rei­ra, Lon­guei­ra, La­vín, pe­ro to­dos se fueron ya. Son unos trai­do­res. Gra­cias a Pi­no­chet es­tán don­de es­tán, pe­ro re­ne­ga­ron. Yo iba a

ser can­di­da­ta a con­ce­ja­la por Con­cha­lí, mi co­mu­na don­de he he­cho tra­ba­jo so­cial toda la vi­da. Pe­ro la pla­na ma­yor de la UDI me ba­jó por­que, me di­je­ron, que yo es­ta­ba es­tig­ma­ti­za­da con Pi­no­chet. Y les con­tes­té que a mu­cha hon­ra. Y a Jo­vino No­voa le di­je si no fue­ra por mi ge­ne­ral us­ted ya ha­bría pos­tu­la­do a la Fun­da­ción Las Ro­sas, has­ta lue­go. Y al vie­jo la bar­ba le que­dó de chas­qui­lla. -Mu­cha gen­te pue­de creer que us­ted in­ven­ta es­tas his­to­rias con tan­to per­so­na­je co­no­ci­do.

-Pe­ro es la pu­ra ver­dad. Yo eché a Pi­ñe­ra de Con­cha­lí cuan­do era can­di­da­to. Le gri­té que era un trai­dor con mi ge­ne­ral por­que gra­cias a él, que lo de­jó en­trar las tar­je­tas a Chi­le, se hi­zo ri­co. Y des­pués cuan­do era Pre­si­den­te me in­vi­ta­ron a ha­blar del in­dul­to a los mi­li­ta­res y di­je que yo no es­ta­ba de acuer­do, que aun­que es­tu­vie­ran en si­lla de rue­das de­bían pa­gar lo que hi­cie­ron. Y con Ba­che­let estuve dos ve­ces. La pri­me­ra vez ella me di­jo que me que­ría co­no­cer por­que le ha­bían di­cho que yo era la Gladys Ma­rín de la de­re­cha. Y la segunda, a pi­to del ca­so Caval,

le di­je Pre­si­den­ta, que no le pa­se lo mis­mo que le pa­só a mi ta­ti­ta Pi­no­chet, por­que a mi ta­ti­ta se lo ca­gó el Au­gus­ti­to. No de­je que su hi­jo le ha­ga lo mis­mo. Yo no ten­go fil­tro. -Ma­ña­na se cum­plen 10 años de la muer­te del dic­ta­dor. ¿Có­mo vi­vió su muer­te?

-Es­cu­ché a mi ma­má -que fa­lle­ció en sep­tiem­bre de es­te año- que ve la te­le y gri­ta ¡se mu­rió!. Fueron unos pa­qui­tos a dar­me la no­ti­cia y con ellos me fui por La Pi­rá­mi­de rum­bo al Hos­pi­tal Mi­li­tar, con ba­li­za pues­ta. Me sen­tí huér­fa­na. Me in­vi­ta­ron a pa­sar con la familia, pe­ro vi­ví su fu­ne­ral des­de la ca­lle, don­de siem­pre he es­ta­do. Ma­ña­na voy a la ce­re­mo­nia en Los Bol­dos, me in­vi­ta­ron. -Si la tum­ba de Pi­no­chet es­tu­vie­se en un cam­po­san­to pú­bli­co... -La hu­bie­sen pro­fa­na­do. Si pal 11 no res­pe­tan ni la de don Jai­me Guz­mán. Yo le pe­gué dos com­bos al nie­to de Prats cuan­do es­cu­pió el fé­re­tro de mi ge­ne­ral. -Pe­ro si Pi­no­chet le ma­tó a su abue­lo, ¿no en­cuen­tra que es ló­gi­ca una reac­ción así? -No era el con­tex­to. -Sus com­pa­ra­cio­nes no son muy ade­cua­das, ¿no cree?

-Pe­ro si tú tie­nes al­go con­tra al­gún po­lí­ti­co, por qué no vas en vi­da y te le en­fren­tas, con co­jo­nes. Pre­gún­ta­le al se­na­dor Gi­rar­di cuán­tas ve­ces le he gri­ta­do. -¿Qué ha­ce us­ted pa­ra los 11 de sep­tiem­bre?

-A las 12 de la no­che del día 10 pon­go la ban­de­ra y lue­go mar­chas mi­li­ta­res. Los ve­ci­nos sa­ben. Nun­ca he te­ni­do un pro­ble­ma. -¿Cuán­tos pi­no­che­tis­tas que­dan?

-Co­mo yo, nin­gu­na más. Soy la úl­ti­ma. A di­fe­ren­cia de los trai­do­res, yo nun­ca ne­gué a mi ge­ne­ral, co­mo Pe­dro ne­gó a Nues­tro Se­ñor. -¿Qué sin­tió cuan­do mi­les de chi­le­nos ce­le­bra­ron la muer­te de Pi­no­chet con cham­pán?

-Sen­tí pe­na, por­que cuan­do mu­rió Gladys Ma­rín no­so­tros nun­ca ce­le­bra­mos, in­clu­so aho­ra que mu­rió Fi­del Cas­tro. -In­sis­to: cues­ta en­ten­der sus com­pa­ra­cio­nes. -Es­toy acos­tum­bra­da, hi­jo. Has­ta creo que hay un Fa­ce­book don­de lo me­nos que me di­cen es lin­da. -¿Cree que hay al­gún víncu­lo en­tre su tem­pra­na or­fan­dad bio­ló­gi­ca y su fer­vor por Pi­no­chet?

-No sé. Qui­zás. Por­que cuan­do mu­rió me sen­tí huér­fa­na, pe­ro mi pa­pá adop­ti­vo fue un ex­ce­len­te pa­dre. Lo di­ver­ti­do es que él se pa­re­cía mu­cho a Pi­no­chet.

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