El nue­vo com­ba­te de Leo Rey

Lue­go de un par de años ma­los, el can­tan­te lo de­jó to­do. Cam­bió de look, se vino a vi­vir a San­tia­go y co­men­zó a tra­ba­jar en un nue­vo dis­co en so­li­ta­rio. Acá la his­to­ria de su in­ten­to por pa­sar, co­mo él mis­mo di­ce, “de La No­che al día”.

La Hora - - News - Tex­tos Ig­na­cio Sil­va. Fotografía Luis Fe­li­pe Quin­ta­na s.

Tras una épo­ca os­cu­ra, el can­tan­te re­no­vó su look y pre­pa­ra el lan­za­mien­to de su ter­cer dis­co so­lis­ta. “Que­ría des­li­gar­me de ese per­so­na­je”, di­ce.

Ce­cil Lei­va (37) to­có fon­do. La fa­ma que al­can­zó ha­ce diez años cuan­do se unió al gru­po La No­che y se hi­zo co­no­ci­do en to­do Chi­le co­mo Leo Rey le tra­jo con­se­cuen­cias, aun­que, di­ce, to­do eso es par­te del pa­sa­do.

“Yo creo me pa­só por apro­ve­char las opor­tu­ni­da­des co­mo cual­quie­ra al que de la no­che a la ma­ña­na le lle­ga to­do de ma­ne­ra tan ma­ra­vi­llo­sa; ad­mi­ra­ción, fa­ma, in­vi­ta­cio­nes, co­pe­te, chi­cas lindas. Yo no te­nía bue­na suer­te cuan­do iba al co­le­gio y de pron­to que tan­ta mu­jer lin­da te ti­re pi­ro­pos te ma­rea un po­co. Me vol­ví lo­co”, re­fle­xio­na aho­ra el can­tan­te, sen­ta­do en el li­ving de su nue­va ca­sa ubi­ca­da en un ex­clu­si­vo sec­tor de Chi­cu­reo.

Ahí vi­ve ha­ce dos me­ses jun­to a su pa­re­ja, el me­nor de sus hi­jos y sus tres pe­rras: una gran da­nés, una pug y una chihuahua. Una ga­vio­ta de oro, dos de pla­ta, cua­tro an­tor­chas y va­rios tro­feos ador­nan el lu­gar, don­de tam­bién se ven cua­dros de Luis Mi­guel y Luis Jara, un Wur­lit­zer ori­gi­nal y una co­lec­ción de an­ti­güe­da­des.

El cam­bio de do­mi­ci­lio no fue ca­sual: fue la es­tra­te­gia que en­con­tró Lei­va pa­ra re­sol­ver su úl­ti­ma gran cri­sis. “Vi­vía en Quil­pué, más que na­da por un te­ma nos­tál­gi­co por­que yo era de allá. Pe­ro du­ran­te el tiem­po que vi­ví ahí tu­ve una se­quía de crea­ción; du­ran­te esos tres años no sa­qué nin­gún dis­co. Es­ta­ba co­mo blo­quea­do. Me em­pe­cé a in­co­mo­dar por la si­tua­ción y ahí to­mé la de­ter­mi­na­ción de ve­nir­me a San­tia­go”, re­su­me. Las co­sas han cam­bia­do y aho­ra pre­pa­ra el lan­za­mien­to de Vol­ver a em­pe­zar, su ter­cer dis­co so­lis­ta. La de­ci­sión, ade­más, mo­ti­vó otros ajus­tes que em­pe­za­ron por su look: a di­fe­ren­cia del as­pec­to con el que era re­co­no­ci­do –y que in­cluía pe­lo suel­to, ves­ti­men­ta os­cu­ra y len­tes de sol-, aho­ra la voz de Quie­ro ser li­bre lu­ce el pe­lo to­ma­do, cha­que­ta ver­de y la ca­ra des­pe­ja­da. “Me fui dan­do cuen­ta con el tiem­po que ese per­so­na­je ya es­ta­ba muy mar­ca­do, to­do el mun­do lo re­co­no­cía. Que­ría des­li­gar­me de eso, de ese pa­sa­do, y por eso tam­bién vino un cam­bio de ban­da, de má­na­ger, de ilu­mi­na­do­res, téc­ni­cos. Fue un re­na­cer”.

-La pri­me­ra vez que se te vio de es­ta for­ma fue en la Te­le­tón. El look cau­só im­pac­to.

-Sí, y eso es lo que que­ría­mos lo­grar en reali­dad. Que­ría­mos no pa­sar inad­ver­ti­dos y si lle­ga­ba co­mo el per­so­na­je Leo Rey de siem­pre, di­ga­mos “el clá­si­co”, iba a pa­sar des­aper­ci­bi­do. De­ci­dí sa­lir con ro­pa y len­tes cla­ros, to­do de blan­co, co­mo de­jan­do La No­che atrás. Era co­mo de La No­che al día.

-¿Pe­ro có­mo re­cuer­das aho­ra esa eta­pa de La No­che?

-Pa­sa que yo siem­pre fui de ori­gen hu­mil­de. Me acuer­do cuan­do chi­co, can­ta­ba en ba­res con la gui­ta­rra y pa­sa­ba la mano pa­ra pe­dir pla­ta por lo que ha­cía. Y des­de esa eta­pa re­cuer­do que iba por la ca­lle, veía pa­sar un au­to lin­do y so­ña­ba con te­ner­lo, co­mo cual­quier per­so­na que no tie­ne ac­ce­so a ese ti­po de co­sas lo sue­ña. Y cuan­do lle­gó es­to de la fa­ma, La No­che, lle­ga­ron tam­bién to­das las co­sas que vie­nen de la mano: los cré­di­tos, los ban­cos, los che­ques y to­das las fa­ci­li­da­des pa­ra que uno se en­deu­de. En­ton­ces, cum­plí mi sue­ño, me vol­ví lo­co, fui mu­je­rie­go, sa­lía de pa­rran­da, pubs, me en­ca­li­lla­ba con mu­cha pla­ta, pe­ro que­ría pa­sar­lo bien, que­ría dis­fru­tar to­do eso que al­gu­na vez ha­bía ima­gi­na­do y so­ña­do. Co­mo los au­tos: me com­pré va­rios lu­jo­sos.

-¿Cuán­tos lle­gas­te a te­ner?

-No lle­gué a te­ner tan­tos en can­ti­dad, pe­ro sí los cam­bia­ba bien se­gui­do. Te­nía un ami­go de una au­to­mo­to­ra, así que ocu­pa­ba los au­tos, pon­te tú un Ca­ma­ro, un mes o dos me­ses, y des­pués ya que­ría otro. Tu­ve har­tos au­tos así, cam­bián­do­los. Era fanático de los gran­des de mo­tor, rá­pi­dos, de­por­ti­vos. Des­pués, con el tiem­po, me pu­se kitsch.

-¿Có­mo así?

-Es que co­men­cé a pen­sar en las co­sas

“Cuan­do sa­lió Mor­tal Kom­bat fue una sen­sa­ción. De he­cho, co­men­cé a can­tar en los ba­res y a pe­dir mo­ne­das por­que no te­nía pla­ta pa­ra ju­gar. Des­pués me di cuen­ta que te­nía ta­len­to”

que real­men­te me gustaban. En­ton­ces re­cor­dé que mi pa­pá te­nía un Fiat 600 y que yo apren­dí a ma­ne­jar en uno. Ahí di­je: ¿por qué no ten­go un Fiat 600? O sea, po­día comprarme uno y de­jar­lo co­mo nue­vo, res­tau­ra­do, y me em­pe­zó a pi­car el bi­cho por esas co­sas. Bueno, me com­pré uno de esos y una ci­tro­ne­ta del 67, un es­ca­ra­ba­jo, un par de mo­tos del año 77. Y lo hi­ce co­mo una ma­ne­ra de co­nec­tar­me con mis raí­ces. Em­pe­cé a per­der el in­te­rés por lo que hay en abun­dan­cia, co­mo un au­to de­por­ti­vo que si tie­nes pla­ta te lo pue­des com­prar, pe­ro al­go an­ti­guo que ha­ya mar­ca­do una eta­pa de tu vi­da es dis­tin­to. Me fui por ese la­do. -¿Co­lec­cio­nas más co­sas?

-Me vol­ví lo­co por los vi­ni­los. Tam­bién ten­go co­lec­ción de cas­set­tes y de disc­man por­que cuan­do yo era chi­co y can­ta­ba an­da­ba con un disc­man. En­ton­ces bus­qué y bus­qué has­ta que en­con­tré uno y ahí lo ten­go, co­mo de re­li­quia. Esas co­sas me em­pe­za­ron a gus­tar. -¿Pen­sas­te en qué fue lo que mo­ti­vó la ne­ce­si­dad de re­vi­vir ese pa­sa­do? -No sé. Es que es­ta­ba así co­mo que me com­pra­ba lo que que­ría. Que­ría ju­gar ping pong y me com­pra­ba una me­sa de ping pong; un Pla­yS­ta­tion, com­pra­ba un Pla­yS­ta­tion. Y de re­pen­te me di cuen­ta que ha­bían co­sas an­ti­guas que yo tu­ve y que me gus­ta­ría vol­ver a te­ner. Por ahí en­tró la co­sa. Y lo pri­me­ro fue el Mor­tal

Kom­bat, la má­qui­na.

MOR­TAL KUMBIA

A me­dia­dos de 2013 Leo Rey sor­pren­dió con una fa­ce­ta que has­ta en­ton­ces era des­co­no­ci­da: la de ga­mer.

El can­tan­te, de he­cho, ga­nó un tor­neo na­cio­nal de Mor­tal Kom­bat, su jue­go fa­vo­ri­to y al que lue­go le de­di­có una can­ción, Mor­tal Kumbia. -¿Có­mo fue que te co­nec­tas­te de nue­vo con ese jue­go? -Cuan­do chi­co era fanático y un día con mi hi­jo es­tá­ba­mos ju­gan­do Mor­tal Kom­bat 9 en la Pla­yS­ta­tion. Él no lo co­no­cía y yo le hi­ce el fa­ta­lity al mono. Mi hi­jo que­dó así con los ojos abier­tos y me di­ce: ¿có­mo hi­cis­te eso, pa­pá?. Es el fa­ta­lity, le di­je. ¿Y có­mo sa­bís?, pre­gun­tó. Shh, si a es­ta hueá yo jue­go des­de el uno po, des­de el año 92, le con­tes­té. Ahí le mos­tré cuál era el Mor­tal Kom­bat 1. Bus­qué en Goo­gle y sa­lía la fo­to de la má­qui­na y to­do. Y él vie­ne y me di­ce: ¿por qué no te com­prai una Mor­tal Kom­bat 1? -¿Ibas a los ar­ca­de cuan­do chi­co? -Sí po. Lo que pa­sa es que mi pa­pá te­nía un par­que de di­ver­sio­nes am­bu­lan­te y yo cre­cí con él ahí. Cuan­do sa­lie­ron los vi­deo­jue­gos me vol­ví lo­co. Pa­só que la pri­me­ra vez que los vi, pa­ra mí fue co­mo un shock. No en­ten­día tan­ta tec­no­lo­gía que no te­nía na­da que ver con el ta­ca ta­ca, que era una hueá a la que le pe­ga­bas no más y que­da­bas con los de­dos lle­nos de gra­sa. En­ton­ces me enamo­ré de las má­qui­nas y me pu­se adic­to, me gas­ta­ba la pla­ta del pan pa­ra ir a ju­gar. Y cuan­do sa­lió

Mor­tal Kom­bat fue una sen­sa­ción; era co­mo que sa­lie­ra un dis­co de los Beatles. To­dos es­tá­ba­mos en­vi­cia­dos. De he­cho, co­men­cé a can­tar en los ba­res y a pe­dir mo­ne­das por­que no te­nía pla­ta pa­ra ju­gar. Des­pués me di cuen­ta que te­nía ta­len­to. -¿Y có­mo lle­gas­te a la cum­bia? ¿Siem­pre te gus­tó?

-No es que me gus­ta­ra; de he­cho, has­ta hoy no es­cu­cho cum­bias, só­lo las mías. Lo que pa­só fue que cuan­do can­ta­ba en res­tau­ran­tes nun­ca me de­jé lle­var por mis gus­tos mu­si­ca­les, siem­pre can­té pa­ra la gen­te, adap­ta­ba mi re­per­to­rio. En­ton­ces cuan­do co­men­zó la on­da sound, yo te­nía 17 años y to­da­vía can­ta­ba en pubs. Y em­pe­cé a ca­char que no era di­fí­cil en­trar, y era ahí don­de es­ta­ba la pla­ta por­que to­do

el mun­do con­tra­ta­ba gru­pos de cum­bia. Así em­pe­cé, can­tan­do mis pri­me­ras cum­bias con una ban­da de allá de Ca­bil­do. -¿Eso con el pa­sa­do, pe­ro có­mo se ve Leo Rey en 10 años más?

-Me pro­yec­to con unos bue­nos dis­cos de acá en ade­lan­te, sien­do un ar­tis­ta ya mu­cho más pro­fe­sio­nal, ten­go mu­cho que cre­cer to­da­vía y lo sé. Me gus­ta­ría es­tar de nue­vo en Vi­ña, con una bue­na pre­sen­ta­ción, y de ahí a con­quis­tar La­ti­noa­mé­ri­ca y a ga­nar el Grammy. Ese es mi ob­je­ti­vo y lo quie­ro lo­grar. O sea, con eso ya da­ría por con­clui­da mi ca­rre­ra y lue­go a se­guir el pa­so de mis hi­jos que los es­toy in­cen­ti­van­do pa­ra que sean mú­si­cos. Es­toy en una eta­pa ya tran­qui­lo, pen­san­do en con­so­li­dar mi vi­da afec­ti­va, tra­tar de tras­pa­sar­le to­da mi ex­pe­rien­cia mu­si­cal a mis hi­jos, pa­ra lle­var­los por el ca­mino co­rrec­to y pro­te­ger­los de es­te am­bien­te.

-Se han he­cho pú­bli­co al­gu­nos pro­ble­mas que tu­vis­te con an­ti­guas pa­re­jas y tus hi­jos. ¿Có­mo te los to­mas?

-Es que co­mo Leo Rey fui lo­co, mu­je­rie­go. Tu­ve tiem­pos ma­los, pe­ro mi hi­jo pe­que­ño lle­gó en una eta­pa más con­so­li­da­da y más ma­du­ra. He me­jo­ra­do.

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