Tus dio­ses

La Hora - - En 2 minutos - Di­rec­tor de Ga­llos.cl Pa­tri­cio Cor­va­lán

Ave­ces tus dio­ses in­sis­ten en de­jar­te so­lo. Se re­go­ci­jan cuan­do el miedo te aco­rra­la en el su­pues­to des­am­pa­ro, cuan­do sien­tes que se en­quis­ta y te pe­na aso­mán­do­se en pe­sa­di­llas o de im­pro­vi­so en al­gún mo­men­to del día, de la na­da, y te ga­ti­lla la ur­gen­cia de una res­pues­ta a ése que crees un gran pro­ble­ma al que de­bes en­con­trar­le la sa­li­da. A ve­ces tus dio­ses in­sis­ten en en­se­ñar­te a gol­pes. Co­mo sue­len ser bru­tos, no se com­pli­can con en­ros­trar­te lo im­por­tan­te, lo que eres, con ejem­plos ma­ca­bros. Ha­ce unos cuan­tos días na­da más, te con­ta­ron lo im­po­si­ble: un pa­seo de cur­so, que de­bía ser una fies­ta, ter­mi­nó con la tra­ge­dia de una ni­ña de cin­co años en el fon­do de la pis­ci­na. Cuan­do eso su­ce­de, cuan­do eso te lo cuen­tan, tus dio­ses te sacuden de los hom­bros pa­ra que des­pier­tes –una vez más– y te mi­res y te veas así, im­bé­cil, preo­cu­pa­do por tus es­tú­pi­dos do­lo­res cuan­do en otras par­tes, tan cer­ca, hay he­ri­das que nun­ca ja­más van a ce­rrar. A ve­ces tus dio­ses no tie­nen otra ma­ne­ra y ne­ce­si­tan re­me­cer­te con esas ma­las his­to­rias ca­pa­ces de de­te­ner el tiem­po. Por eso esas he­ri­das ja­más se sa­nan, por­que nun­ca se­rán ol­vi­do. Só­lo en­ton­ces te acuer­das de ellos, de tus dio­ses, y vién­do­te así co­mo si es­tu­vie­ras afue­ra de ti mis­mo, pe­que­ño y frá­gil, les agra­de­ces. Por lo que eres, por tu fa­mi­lia, tus pa­dres, tus ami­gos, por­que es­ta vez el ver­da­de­ro do­lor no pa­só cer­ca. Afor­tu­na­do tú, ben­di­to con to­do lo que te han da­do. Es un mo­men­to úni­co, pe­ro ya ve­rás que se te ol­vi­da. Se te aca­ba­rá el día sin ha­blar con tus hi­jos. Pro­me­te­rás que ma­ña­na sí lla­ma­rás a tu vie­ja, pe­ro ma­ña­na ya es­ta­rás de nue­vo en tu rum­bo tan per­di­do, con tu miedo en­quis­ta­do. Cuan­do eso su­ce­da, si si­gues con suer­te, tus dio­ses se com­pa­de­ce­rán una vez más. Y te mos­tra­rán otra his­to­ria, oja­lá nun­ca tan cer­ca, pa­ra que qui­zás en­ton­ces sí apren­das a vi­vir co­mo es de­bi­do.

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