El hom­bre de­trás del show pi­ro­téc­ni­co

Ha­ce más de 25 años que Héc­tor Acu­ña y su equi­po se en­car­gan del show pi­ro­téc­ni­co de la To­rre En­tel pa­ra re­ci­bir el nue­vo año. Ya tie­ne to­do lis­to pa­ra el sá­ba­do.

La Hora - - Portada - Tex­tos Clau­dia Mal­do­na­do C. Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca Reyes

Des­de ha­ce más de un cuar­to de si­glo que Héc­tor Acu­ña en­cien­de, a las cero ho­ras de ca­da Año Nue­vo, los fue­gos ar­ti­fi­cia­les de la To­rre En­tel. Ya tie­ne to­do lis­to.

Apo­cas ho­ras de que ter­mi­na­ra el año 2012 y cuan­do le que­da­ban so­lo al­gu­nas ho­ras de vi­da, Adria­na Lat­ta­piat le man­dó a de­cir a su hi­jo, Héc­tor Acu­ña, que pa­sa­ra lo que pa­sa­ra, ese 31 de di­ciem­bre él de­bía es­tar en su lu­gar. Y él le hizo ca­so. Acu­ña es­ta­ba en la To­rre En­tel, ha­cien­do las úl­ti­mas coor­di­na­cio­nes del show de los fue­gos ar­ti­fi­cia­les que me­dia ho­ra más tar­de ten­dría que en­cen­der, cuan­do le avi­sa­ron que su ma­dre ha­bía muer­to. Acu­ña de­ci­dió seguir con su la­bor, la mis­ma que rea­li­za des­de ha­ce más de un cuar­to de si­glo y la mis­ma que eje­cu­ta­rá la me­dia­no­che de es­te sá­ba­do, pa­ra dar la bien­ve­ni­da a 2017. “Subí a la to­rre y le con­té a mi equi­po. Les pe­dí que es­tu­vie­ran aler­tas por­que yo no sa­bía cuál iba a ser mi reac­ción por­que era muy fuer­te lo que es­ta­ba pa­san­do, y si me cor­ta­ba que ellos si­guie­ran. Pe­ro lo hi­ce in­creí­ble­men­te tran­qui­lo. Des­pués que ter­mi­nó to­do ba­jé a la Ala­me­da, me sen­té en el sue­lo, en el ban­de­jón cen­tral, llo­ré to­do lo que te­nía que llo­rar y cuan­do se des­pe­jó la ca­lle par­tí a la clí­ni­ca”. Pro­ba­ble­men­te Lat­ta­piat ha­bría es­ta­do or­gu­llo­sa y no ha­bría que­ri­do que por ella su hi­jo fal­ta­ra a uno de los com­pro­mi­sos más im­por­tan­tes del ne­go­cio fa­mi­liar: la em­pre­sa más antigua de fue­gos ar­ti­fi­cia­les en Chi­le. Ella se ha­bía in­vo­lu­cra­do cien por cien­to en el ne­go­cio, jun­to a su ma­ri­do, quien a su vez lo ha­bía he­re­da­do de su pa­dre, quien apren­dió el ofi­cio de un ita­liano que se vino a Chi­le hu­yen­do de la Segunda Gue­rra Mun­dial. -¿Có­mo par­tió el ne­go­cio? -To­do par­tió muy ar­te­sa­nal. Mi abue­lo ins­ta­ló una fá­bri­ca en San­tia­go y al poco tiem­po se la lle­vó a Ren­go, apro­ve­chan­do un pro­yec­to de in­dus­tria­li­za­ción en esa ciu­dad. Él mu­rió jo­ven y se hi­cie­ron car­go mi abue­la y mi pa­dre. Fa­bri­ca­ban fue­gos chi­cos, que se ven­dían al pú­bli­co. Pe­ro mi pa­dre te­nía un ami­go, Rodolfo Soto quien jun­to a Ger­mán Bec­ker fue­ron di­rec­to­res de los clá­si­cos uni­ver­si­ta­rios-, y a él se le ocu­rrió que los fue­gos ar­ti­fi­cia­les fue­ran par­te de la es­ce­no­gra­fía. Co­mo mi pa­dre era un gran di­bu­jan­te, él di­bu­ja­ba lo que iban a pre­sen­tar con los fue­gos. A mi pa­pá le gus­tó más esa lí­nea y for­mó su pro­pia fá­bri­ca, de­di­ca­da a ven­der el es­pec­tácu­lo en­cen­di­do. Cuan­do vino la ley que se ter­mi­na­ba la ven­ta al pú­bli­co, el año 2000, fui­mos la úni­ca fá­bri­ca que que­dó. -¿Có­mo apren­dió el ofi­cio? -Des­de muy chi­co fui apren­dien­do to­do. Mi pa­pá me man­da­ba a ha­cer co­sas que na­die que­ría ha­cer y yo le pre­gun­ta­ba por qué te­nía que ha­cer­las y él me de­cía si no

apren­des nun­ca vas a po­der man­dar. Es­to de los fue­gos ar­ti­fi­cia­les co­mo que lo traía in­yec­ta­do en el ADN. Siem­pre tu­ve cla­ro que me iba a de­di­car a es­to. De pro­fe­sión soy Li­cen­cia­do en Ar­te. Tam­bién in­fluen­cia­do por mi pa­dre, que di­bu­ja­ba y pin­ta­ba. En la ca­sa teníamos un ta­ller donde ha­bía atri­les, óleos. Creo que tu­ve pri­me­ro pin­ce­les que una pe­lo­ta. Mi pa­dre me apo­yó en la de­ci­sión y me hizo ver que co­mo Li­cen­cia­do en Ar­te po­día ha­cer mu­chí­si­mas co­sas y así fue. Hi­ce cla­ses a gru­pos de adul­tos du­ran­te mu­chos años. Tu­ve un gru­po de alum­nas du­ran­te 18 años y les de­cía que iba a con­tra­tar un abo­ga­do pa­ra echar­las... En San­ta Cruz -donde vi­vo- me cons­truí un ta­ller y lle­gué a ha­cer­me un nom­bre. Pa­san­do fin de año voy a di­se­ñar una vi­ña pa­ra tu­ris­mo. Tra­ba­jé en Es­ta­dos Uni­dos de­co­ran­do unos res­to­ra­nes. Allá me ofre­cie­ron que­dar­me, era una ofer­ta muy atrac­ti­va, pe­ro yo te­nía cla­ro que te­nía que vol­ver a ha­cer­me car­go de la fá­bri­ca, ni lo pen­sé. -¿Cuán­do se hizo car­go de la fá­bri­ca? -En 2006 mi pa­pá se en­fer­mó y ahí me hi­ce car­go, con mi ma­dre, que es­ta­ba muy me­ti­da en la fa­bri­ca­ción, en las pre­pa­ra­cio­nes de las mez­clas, en la ad­mi­nis­tra­ción, im­por­ta­cio­nes, to­do. Pe­ro en 2010, que era un año muy es­pe­cial, por el Bi­cen­te­na­rio, en sep­tiem­bre mi ma­má me di­jo que ellos lle­ga­ban has­ta ahí con el ne­go­cio y en­ton­ces hi­ci­mos to­dos los trá­mi­tes le­ga­les pa­ra que yo me hi­cie­ra car­go. Ahí vi que ha­bía co­sas de­ma­sia­do artesa-

“Co­mo diez pa­ra las do­ce uno es­cu­cha los gri­tos de la gen­te y se sien­te una co­sa en el pe­cho, es un mo­men­to muy fuer­te, muy es­pe­cial”.

“Es­to de los fue­gos ar­ti­fi­cia­les co­mo que lo traía in­yec­ta­do en el ADN. Siem­pre tu­ve cla­ro que me iba a de­di­car a es­to”.

na­les, vi que ha­bía que ajus­tar­se a los tiem­pos, usar más tec­no­lo­gía, ver la cer­ti­fi­ca­ción 9001, en el di­se­ño del es­pec­tácu­lo, en el mon­ta­je y fá­bri­ca. Via­jé por pri­me­ra vez a Chi­na -cu­na de los fue­gos ar­ti­fi­cia­les- y em­pe­za­mos a im­por­tar. Des­de en­ton­ces to­dos los años voy a com­prar a Chi­na, co­mo en mar­zo, con un com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo, Ben­ja­mín Fuen­tes, que es co­mo mi her­mano chi­co, por­que lle­va 33 años en la em­pre­sa y mi pa­pá lo for­mó. Va­mos a Liu­yang, una ciu­dad donde hay co­mo mil fá­bri­cas de fue­gos ar­ti­fi­cia­les. La pri­me­ra vez no pu­de dor­mir por­que de re­pen­te la ven­ta­na se ilu­mi­na­ba por­que es­ta­ban ha­cien­do prue­bas. Allí tie­nen un espacio co­mo el Club Hí­pi­co, donde ha­cen las de­mos­tra­cio­nes, y le dicen es­te sec­tor es pa­ra ti, pe­ro uno no pue­de de­jar de ver el de al la­do. -¿Ha cam­bia­do mu­cho el ne­go­cio? -Sí. Por ejem­plo acá en la To­rre En­tel, has­ta el año 2000 to­do lo que se dis­pa­ra­ba lo fa­bri­cá­ba­mos no­so­tros. El 2012 de­ja­mos de fa­bri­car y aho­ra im­por­ta­mos. Los primeros años aquí se pren­día to­do to­do a mano, to­do con fue­go. Yo par­tía en­cen­dien­do, la pri­me­ra se­rie, y des­pués se­guían otros. En 2010 em­pe­za­mos a cam­biar al sis­te­ma eléc­tri­co y aho­ra es to­do más con­tro­la­do. An­tes éra­mos 15 per­so­nas y aho­ra so­lo nos que­da­mos cin­co per­so­nas en la to­rre la no­che del 31. -¿Có­mo es pa­sar acá to­dos los 31 de di­ciem­bre?, ¿lo acom­pa­ña su fa­mi­lia? -Mis hi­jas me han acom­pa­ña­do a otros es­pec­tácu­los, y aho­ra ellas es­tán a car­go, una en Pi­chi­le­mu y otra en el She­ra­ton, que es muy es­pe­cial por­que fue mi pri­mer tra­ba­jo a car­go. Mi es­po­sa no me pue­de acom­pa­ñar por­que es­tá con su ma­má, que es an­cia­na y de­li­ca­da de sa­lud. Lo que ha­ce­mos es ce­le­brar el pri­me­ro de enero, con un al­muer­zo fa­mi­lia. Con mis com­pa­ñe­ros una vez que ter­mi­na el show y re­vi­sa­mos to­do, ahí nos da­mos los abra­zos. An­tes yo me iba esa mis­ma no­che a San­ta Cruz, pe­ro un año me dor­mí al vo­lan­te y des­per­té ca­si en la ba­rre­ra de la ca­rre­te­ra. Des­de en­ton­ces me que­do en San­tia­go. -¿Han te­ni­do al­gún ac­ci­den­te? -No. So­lo co­sas den­tro de lo nor­mal. So­mos muy muy es­tric­tos con eso. Te­ne­mos muy bue­na re­la­ción con el equi­po, ellos son mis ami­gos más que mis em­plea­dos, el gru­po de tra­ba­jo es ca­si fa­mi­liar, pe­ro lo que es se­gu­ri­dad no se tran­sa. Lo que nos ha pa­sa­do aquí es que, co­mo las bom­bas es­tán muy cer­ca, el fue­go de una en­cien­de el de otra que to­da­vía no es­tá pro­gra­ma­da, en­ton­ces uno se preo­cu­pa. Una vez que sa­lie­ron va­rias jun­tas des­pués me de­cían qué ma­ra­vi­lla ese

mo­men­to; pa­ra to­dos fue es­pec­ta­cu­lar pe­ro pa­ra mí fue trau­má­ti­co. -¿Có­mo se sien­ten los fue­gos acá arri­ba? -La úl­ti­ma me­dia ho­ra es la ho­ra más lar­ga del año, des­de las on­ce y me­dia a las do­ce no pa­sa nun­ca. Co­mo diez pa­ra las do­ce se es­cu­cha a la gen­te y se sien­te una co­sa en el pe­cho, es un mo­men­to muy fuer­te, muy es­pe­cial. No­so­tros es­ta­mos un pi­so aba­jo de las bom­bas y no ve­mos los fue­gos, pe­ro es­cu­cha­mos los gri­tos de la gen­te. Es im­pre­sio­nan­te y eso nos va dan­do la pau­ta de có­mo va la co­sa. Pa­ra el rui­do usa­mos pro­tec­to­res, pe­ro acá se mue­ve har­to, co­mo si es­tu­vie­ra tem­blan­do. -¿Qué tie­ne de es­pe­cial el show de la To­rre En­tel? -Es úni­co, por­que es en altura y el espacio pa­ra co­lo­car los fue­gos es mí­ni­mo. En to­do el mun­do hay so­lo diez es­pec­tácu­los pi­ro­téc­ni­cos de altura por­que es mu­cho más com­pli­ca­do. Con los años he­mos ido apro­ve­chan­do has­ta los más mí­ni­mos es­pa­cios, por to­dos los ani­llos de la to­rre ha­cia afue­ra con fue­gos chi­cos. Acá los efec­tos son los im­por­tan­tes y el desafío es el espacio, no po­de­mos mo­ver las an­te­nas ni los fo­cos. Ade­más es­ta­mos en el cen­tro cí­vi­co, te­ne­mos La Mo­ne­da al la­do, no pue­de caer na­da, y a la vez que es un es­pec­tácu­lo de una res­pon­sa­bi­li­dad gran­de por­que es un es­pec­tácu­lo muy ma­si­vo. -¿Apli­ca los co­no­ci­mien­tos ar­tís­ti­cos en los es­pec­tácu­los? -Cla­ro, un poco en la mez­cla de co­lo­res o de efec­tos. En otros lu­ga­res ha­ce­mos di­se­ños, grá­fi­ca, por ejem­plo aho­ra ten­go unos fue­gos en Vi­lla O’Hig­gins, la úl­ti­ma ciu­dad de la ca­rre­te­ra aus­tral, y ahí es to­do ver­de, muy lin­do, y ahí hi­ci­mos un Fe­liz Año to­do ro­dea­do de pu­ras flo­res pa­ra dar otro co­lo­ri­do. Una vez hi­ci­mos unas ca­rre­tas en la que las rue­das gi­ra­ban y el co­che­ro mo­vía la fus­ta. -¿Qué es lo que más le gus­ta de su tra­ba­jo? -Me gus­ta que la gen­te es­tá ale­gre, es­tá de fies­ta. Aun­que ha­ya pro­ble­mas, siem­pre hay buen áni­mo. Tu­ve la suer­te de te­ner unos pa­dres muy es­pe­cia­les. La gran herencia fue el le­ga­do de pres­ti­gio y la re­la­ción con la gen­te con la que tra­ba­jo. Pa­ra ellos eran la ma­mi y el pa­pi. Mu­chos de ellos, es­tén donde es­tén a pun­to de ini­ciar un show pi­ro­téc­ni­co, en­cien­den una ve­li­ta a la ho­ra que mu­rió mi ma­dre.

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