Pucky

La Hora - - En2minutos - Di­rec­tor de Ga­llos.cl Pa­tri­cio Cor­va­lán

Hay ma­ña­nas en que Pucky ya no pue­de le­van­tar­se. Sus pe­que­ñas pa­tas nau­fra­gan en­tre el so­bre­pe­so y los quin­ce años a cues­tas, per­di­das de­ba­jo del lomo, es­con­dién­do­se en el can­san­cio que qui­sie­ra gri­tar­le a su due­ña cuan­do no le bas­ta con esa mi­ra­da que tie­nen los sal­chi­cha –en­tre me­lan­có­li­ca y por­fia­da– con la que con­si­guen lo que les da la gana. Esas ma­ña­nas se han vuel­to ca­da vez más fre­cuen­tes. An­tes si no lo­gra­ba aguan­tar la vuel­ta por la cua­dra, al me­nos in­ten­ta­ba dar unos pa­sos sa­lien­do del edi­fi­cio. Pe­ro des­de ha­ce se­ma­nas, Pucky ya no pue­de. Pa­ra su due­ña ha si­do un re­gre­so, una vuel­ta a esos tiem­pos en que, aún no re­cu­pe­ra­da con la par­ti­da de su úni­co hi­jo a Europa, se en­con­tró en la puer­ta con una ca­nas­ta y un pe­rro he­cho ovi­llo que só­lo chi­lla­ba. Ella lo to­mó co­mo una se­ñal, la ma­ne­ra en que al­gún san­to es­cu­chó sus rue­gos pa­ra su­pe­rar el te­dio in­cu­ra­ble de los so­li­ta­rios, y no tar­dó en tra­tar­lo co­mo a un hi­jo mal­cria­do. Pucky no era par­te de la fa­mi­lia. Era la fa­mi­lia. Si la in­vi­ta­ban a al­gún la­do, ahí par­tía ella con el pe­rro. Po­bre que al­guien mi­ra­ra feo. La ofen­sa era ra­zón po­de­ro­sa pa­ra per­der amis­ta­des. Los años han he­cho su tra­ba­jo. Más que fi­de­li­dad, en­tre la due­ña y Pucky cua­jó una exis­ten­cia cóm­pli­ce, co­mo la vez en que los au­lli­dos aler­ta­ron a un ve­cino cuan­do a ella la ata­ca­ba una trom­bo­sis. Se­ría in­jus­to pen­sar en se­pa­rar­los. In­jus­to y cruel. La due­ña ya no es­tá en edad de re­em­pla­zos, ni me­nos se per­mi­ti­ría ex­tra­ñar de nue­vo. Pe­ro la ve­jez no en­tien­de de amo­res ni de rue­gos. La gen­te del ba­rrio lo in­tu­ye: mu­cho más tem­prano, al­guno de los dos de­be­rá dar­se por ren­di­do. Pe­ro ella no co­no­ce ra­zo­nes. Si la muer­te se me­te con él, se me­te con­mi­go, di­ce, ba­ján­do­lo en bra­zos ca­da ma­ña­na por tres pi­sos pa­ra in­ten­tar que ca­mi­ne un po­co y que pue­da ale­jar­se de lo que vie­ne.

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