Ro­lan­do Sa­las y sus 35 años co­mo sal­va­vi­das

Ha­ce 35 años que Ro­lan­do Sa­las pa­sa tres me­ses del año cui­dan­do una de las pla­yas más fa­mo­sas de la Re­gión de Val­pa­raí­so. Es bravo pa­ra el bloqueador, una vez que­dó des­nu­do fren­te a un mar de tu­ris­tas y no le gus­ta ha­cer res­pi­ra­ción bo­ca a bo­ca.

La Hora - - Portada - Natalia Heus­ser H. Ga­briel Ga­ti­ca R.

Ha­cer res­pi­ra­ción bo­ca a bo­ca es la peor par­te de su ru­ti­na. “Nor­mal­men­te cuan­do la gen­te tra­ga agua sa­la­da de­vuel­ve to­do lo que ha co­mi­do”, di­ce.

Ro­lan­do Sa­las (52) apren­dió a na­dar a los 10 años, edad en la que to­da­vía no me­día el pe­li­gro. Era ca­paz de pa­sar va­rias ho­ras me­ti­do en el mar y se aden­tra­ba tan­to, que su fa­mi­lia lo iba a bus­car en bo­te. Des­pués ve­nía la peor par­te, el re­to de la ma­má.

Ha­ber na­ci­do en Ca­le­ta Abar­ca, en Vi­ña del Mar, mar­có el des­tino del “Lo­lo”, co­mo le di­cen sus ami­gos. A los 17 años ya te­nía cla­ra la pe­lí­cu­la y gracias a la in­vi­ta­ción de su her­mano, quien era sal­va­vi­das, fue a la Go­ber­na­ción Ma­rí­ti­ma pa­ra en­tre­nar­se y se­guir sus pasos. De eso ya han pa­sa­do 35 años, lo que lo con­vier­te en uno de los ve­te­ra­nos en es­ta área.

Hoy tra­ba­ja en el sec­tor cin­co de Re­ña­ca, el mis­mo lugar don­de de­bu­tó en 1982. Lu­ce un bron­cea­do fas­ci­nan­te, que con­tras­ta con su tra­je de ba­ño ama­ri­llo fos­fo­res­cen­te, tono que con­si­gue a pe­sar de po- ner­se bloqueador fac­tor 50 ca­da una ho­ra.

Ro­lan­do es un ga­lán por na­tu­ra­le­za, aun­que no quiera ad­mi­tir­lo. Es muy co­no­ci­do en­tre los tu­ris­tas, so­bre to­do en­tre las mu­je­res, quie­nes mu­chas ve­ces le pi­den que les pon­ga bron­cea­dor. Se pa­sea gran par­te del día por la pla­ya, acom­pa­ña­do por su sil­ba­to, el que to­ca ca­da diez mi­nu­tos pa­ra ad­ver­tir­le a los ba­ñis­tas en si­tua­cio­nes de ries­go. “La pre­ven­ción es lo más im­por­tan­te”, acla­ra.

Es­te hom­bre no re­cuer­da la úl­ti­ma vez que ve­ra­neó, pues de­be es­tar al pie del ca­ñón en­tre el 15 de di­ciem­bre y el 15 de mar­zo. Si bien su es­ta­do de aler­ta es cons­tan­te, en­tre las 16 y las 19 ho­ras ne­ce­si­ta con­cen­tra­ción má­xi­ma, por­que en ese lap­so se pre­sen­ta la ma­yor can­ti­dad de emer­gen­cias. Por eso mis­mo es­te guar­dián de la bahía re­co­mien­da que nun­ca hay que fiar­se del mar, que ade­más de atra­par con sus co­rrien­tes, tam­bién pue­de ex­pul­sar a gen­te com­ple­ta­men­te des­nu­da, al­go que a él le ha pa­sa­do.

Su la­bor es gra­ti­fi­can­te, no hay du­da. Has­ta aho­ra ha lo­gra­do in­nu­me­ra­bles res­ca­tes y no ha te­ni­do que la­men­tar nin­gún de­ce­so. Pe­ro pa­ra Ro­lan­do, ser sal­va­vi­das tam­bién tie­ne su la­do amar­go y que es ne­ce­sa­rio pa­ra evi­tar una muer­te. La res­pi­ra­ción bo­ca a bo­ca, un ac­to que en pe­lí­cu­las y co­mer­cia­les se mues­tra de una ma­ne­ra ama­ble, en la prác­ti­ca es des­agra­da­ble y en es­ta entrevista ex­pli­ca por qué.

- ¿La gen­te es osa­da en Re­ña­ca?

- Sí. Es­ta pla­ya no es ap­ta pa­ra el ba­ño, es pe­li­gro­sa por­que ba­jo el mar hay mu­chos ho­yos y co­rrien­tes. Va­rios no co­no­cen bien la zo­na y se en­cuen­tran con es­ta ma­la mez­cla, que­dan atra­pa­dos y se de­ses­pe­ran.

- ¿Se pre­sen­tan mu­chas emer­gen­cias dia­rias?

- Yo soy an­ti­guo, conozco có­mo es el mar y por eso sé que es me­jor prevenir que cu­rar. Es di­fí­cil con­tro­lar a to­da la can­ti­dad de gen­te que vie­ne, so­bre to­dos los fi­nes de se­ma­na. Por eso to­co har­to el sil­ba­to, pa­ra que na­die se con­fíe. Si no fué­ra­mos tan pre­ca­vi­dos, nos es­ta­ría­mos ti­ran­do al mar a ca­da ra­to. Pe­ro co­mo nos preo­cu­pa­mos, po­de­mos lle­gar a una o dos emer­gen­cias por día o una ca­da se­ma­na.

- ¿Quié­nes son los más im­pru­den­tes?

- Los lo­los en­tre 15 y 17 años. A ve­ces quie­ren de­mos­trar­le a sus po­lo­la que son ba­ca­nes y no les re­sul­ta.

- ¿Có­mo se por­tan los tu­ris­tas?

- Los ar­gen­ti­nos son obe­dien­tes, más que los chi­le­nos. Les di­cen que no se ba­ñen en un lugar pe­li­gro­so y ha­cen ca­so. Son bien res­pon­sa­bles, na­da que de­cir.

- ¿Re­cuer­da al­gu­na emer­gen­cia que le ha­ya im­pac­ta­do?

- Me acuer­do que un 24 de di­ciem­bre se es­ta­ba aho­gan­do un chi­qui­ti­to, un ar­gen­tino que era hi­jo úni­co. En­tre los tres sal­va­vi­das que es­tá­ba­mos nos cos­tó un mun­do sa­car­lo del agua por­que la co­rrien­te es­ta­ba muy fuer­te. Su ma­dre que­dó tan agra­de­ci­da que to­dos los años, an­tes de Na­vi­dad, ve­nía de Ar­gen­ti­na con re­ga­los.

Años des­pués la se­ño­ra mu­rió y apa­re­ció su hi­jo, ya gran­de, con un ni­ñi­to de la mano. Me mi­ró y le di­jo a su hi­jo si no fue­ra

por él, tú no es­ta­rías acá. Él me sal­vó. Fue emo­cio­nan­te. En otra opor­tu­ni­dad sa­qué a una jo­ven muy bue­na­mo­za que des­pués me per­si­guió to­do el ve­rano. Creo que se enamo­ró de mí. Es­te es mi sal­va­dor, de­cía, y me se­guía pa­ra to­das par­tes. In­clu­so me cui­da­ba las co­sas cuan­do me ti­ra­ba al agua pa­ra res­ca­tar a al­guien.

- ¿Las mu­je­res se le in­si­núan?

- Me ha pa­sa­do va­rias ve­ces, pe­ro lo evi­to. Yo en­tré muy jo­ven a tra­ba­jar aquí. Lo pa­sé sú­per bien, chan­cho, hi­ce lo que qui­se y aho­ra es­toy tran­qui­lo con mi mu­jer. Me sien­to bien con­mi­go mis­mo por­que pa­ra mí sal­var una vi­da es im­pa­ga­ble.

- Pe­ro más de al­gu­na le ha­brá pe­di­do que le pon­ga bloqueador.

- No es tan co­mún, pe­ro no fal­tan. Yo creo que por es­te te­ma mis co­no­ci­dos di­cen la suer­te tu­ya. Una vez una jo­ven me pi­dió que le pu­sie­ra bloqueador en la es­pal­da y me es­ta­ban gra­ban­do.

- ¿Cuál es más bo­ni­ta, la ar­gen­ti­na o la chi­le­na?

- La chi­le­na es me­jor, se man­tie­ne más. La ar­gen­ti­na es bo­ni­ta, pe­ro cuan­do jo­ven. Ese es mi gus­to. En enero hay ar­gen­ti­nas es­pec­ta­cu­la­res, que lla­man la aten­ción. Pe­ro en febrero lle­ga bue­na mer­ca­de­ría de San­tia­go, lo­las bien bo­ni­tas y sim­pá­ti­cas.

- To­man­do en cuen­ta su tra­ba­jo, ¿se preo­cu­pa de con­ser­var su fi­gu­ra?

- Co­rro y na­do un poquito, na­da más. Es­tar to­do el día ca­mi­nan­do en la are­na es co­mo un en­tre­na­mien­to, es el me­jor ejer­ci­cio que pue­de ha­ber. Ade­más, no soy muy bueno pa­ra co­mer y eso ayu­da.

- ¿Le han he­cho bro­mas de fal­sos aho­ga­dos?

- Va­rias. Una vez nos le­van­ta­ron la mano unos ami­gos que su­pues­ta­men­te se es­ta­ban aho­gan­do. Fui­mos los tres sal­va­vi­das pa­ra ayu­dar­los y cuan­do lle­ga­mos al lugar se es­ta­ban rien­do. Por suer­te los aga­rra­mos an­tes de que arran­ca­ran y los tra­ji­mos has­ta la ori­lla por aba­jo del agua. Aho­ra aguan­ten. No­so­tros no es­ta­mos pa­ra bro­mas, mien­tras nos ha­cen per­der el tiem­po al­guien pue­de es­tar aho­gán­do­se de ver­dad y ustedes van a ser los res­pon­sa­bles, les di­ji­mos.

- ¿Ha es­ta­do en pe­li­gro?

- Sí y me pa­só por ex­ce­so de con­fian­za. Na­dé has­ta una ro­ca que es­tá fren­te al sec­tor 5 de Re­ña­ca. Ese día, en vez de pa­sar por atrás de la ro­ca, pa­sé muy cer­ca de ella y me chu­pó dos ve­ces, igual co­mo si me hu­bie­ran pes­ca­do de los pies. Por suer­te me aga­rré de un co­cha­yu­yo.

- ¿To­ma mu­chos ma­tes en el mar?

- Sí y es te­rri­ble. Pa­sa mu­cho, en es­pe­cial cuan­do el res­ca­te es acom­pa­ña­do por un he­li­cóp­te­ro. El vien­to de la hé­li­ce te ha­ce tra­gar agua.

- ¿Es co­mún ha­cer res­pi­ra­ción bo­ca a bo­ca?

- Es co­mún ha­cer RCP (rea­ni­ma­ción car­dio­pul­mo­nar) y es des­agra­da­ble. Nor­mal­men­te cuan­do la gen­te tra­ga agua sa­la­da y ho­ras an­tes ha co­mi­do, de­vuel­ve to­do al mo­men­to de la RCP. Sa­len fuer­tes eruc­tos con co­mi­da y hay que me­ter el de­do en la bo­ca pa­ra sa­car los res­tos de ali­men­tos. Una vez es­ta­ba ha­cién­do­le RCP a un ca­ba­lle­ro que ha­bía co­mi­do po­ro­tos y ha­bía to­ma­do vino tin­to. Era una he­dion­dez ho­rri­ble.

- ¿Ha vi­vi­do al­go ver­gon­zo­so?

- Una vez una ola me sa­có el tra­je de ba­ño y se per­dió. Des­de el agua le avi­sé a un com­pa­ñe­ro y no me que­ría lle­var uno de re­pues­to. Pe­ro lo que más re­cuer­do fue cuan­do lle­gué atra­sa­do a la to­rre y me pu­se rá­pi­do el pan­ta­lón y se me ol­vi­dó po­ner­me el tra­je de ba­ño de­ba­jo. Jus­to la pla­ya es­ta­ba lle­na y un chi­co se es­ta­ba aho­gan­do. Rá­pi­da­men­te me sa­qué el pan­ta­lón y que­dé a po­to pe­la­do. La gen­te no pa­ra­ba de reír por­que el con­tras­te era muy gran­de. Yo es­ta­ba muy ne­gro y mi tra­se­ro muy blan­co.

- ¿Ha en­con­tra­do al­go de va­lor en la pla­ya? ¿Di­ne­ro, co­sas?

- En el 2001 com­pré un de­tec­tor de me­ta­les. To­dos los días en la mañana pa­so la má­qui­na por la pla­ya jun­to a mi her­mano, es nues­tra en­tre­ten­ción. He­mos en­con­tra­do un mon­tón de mo­ne­das, ani­llos de pla­ta y oro. Ima­gí­na­te que la pa­tro­na ya no tie­ne dón­de po­ner­se más ani­llos.

- ¿Veía Guar­dia­nes de la Bahía?

- Me gus­ta­ba la se­rie. Y ten­go fotos con al­gu­nos de ellos, cuan­do vi­nie­ron a Chi­le y es­tu­vie­ron en un pro­gra­ma de ve­rano que gra­ba­ban en la pla­ya. Lle­ga­ron unas grin­gas ru­bias que te­nían la es­co­ba, eran muy lin­das. Pe­ro no es­ta­ban Pa­me­la An­der­son ni Da­vid Has­sel­hoff.

- ¿Qué ha­ce cuan­do se ter­mi­na el ve­rano?

- Bu­ceo con un her­mano, sa­ca­mos con­grio co­lo­ra­do a 25 me­tros de pro­fun­di­dad. Cuan­do es­tá ma­lo el bu­ceo ha­go gas­fi­te­ría.

- ¿Es­ta ca­sa­do?

- No, pe­ro lle­vo 25 años con mi mu­jer. Te­ne­mos un hi­jo de 10 años.

- ¿Ya le en­se­ñó a na­dar a su hi­jo?

- Co­mo a los seis años me di­jo que no sa­bía na­dar, así que lo lle­vé a una pis­ci­na y lo ti­ré a la par­te más hon­da. Em­pe­zó a mo­ver las manos de­ses­pe­ra­do, así que lo aga­rré y los sa­qué. Des­pués aga­rró con­fian­za, pe­ro le di­je que nun­ca se ti­ra­ra al agua sin mí, has­ta que su­pie­ra na­dar bien. Lle­gó a la ca­sa a acu­sar­me con la ma­má

mi pa­pá me ti­ró en lo pro­fun­do. Pe­ro es­ta­ba yo, así que no le po­día pa­sar na­da.

“Com­pré un de­tec­tor de me­ta­les. To­dos los días en la mañana pa­so la má­qui­na por la pla­ya”.

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