Ser­gio Fritz, el in­ves­ti­ga­dor de la co­fra­día de bru­jos que re­me­ció la is­la de Chi­loé

El es­cri­tor Ser­gio Fritz su­ma ocho años in­ves­ti­gan­do a la Rec­ta Pro­vin­cia, una co­fra­día de bru­jos que sur­gió en Chi­loé du­ran­te la Co­lo­nia y que le va­lió a la is­la su ha­lo de mis­te­rio. ¿Có­mo es que sa­be­mos tan po­co sobre una de las his­to­rias más fas­ci­nan­te

La Hora - - Portada - Tex­to Cristian González Far­fán Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca Re­yes

Ser­gio Fritz Roa se en­te­ró del te­rre­mo­to que sa­cu­dió a Chi­loé al día si­guien­te. Pe­se al re­me­zón, la ru­ti­na del is­le­ño co­mún y co­rrien­te no su­frió al­te­ra­cio­nes, y só­lo una par­te de la ca­rre­te­ra que une Chon­chi con Que­llón, re­cien­te­men­te re­mo­za­da, co­lap­só. Las igle­sias de ma­de­ra, en cam­bio, re­sis­tie­ron el im­pac­to es­toi­ca­men­te. “To­do lo que vie­ne de afue­ra ca­yó; lo más au­tóc­tono y na­ti­vo per­ma­ne­ce. El chi­lo­te tie­ne esa co­ne­xión con la na­tu­ra­le­za que el san­tia­guino per­dió ha­ce dé­ca­das. Mien­tras es­té vi­vo ese es­pí­ri­tu, la na­tu­ra­le­za res­pon­de­rá. Creo que lo que he­mos que­ri­do ins­tau­rar des­de San­tia­go, co­mo el puen­te, el mall, ese ti­po de mo­der­ni­dad aje­na a la is­la, re­per­cu­te en ese en­torno y el chi­lo­te lo re­pe­le”, di­ce él. Es­tu­dio­so de la me­ta­fí­si­ca y el ar­te fan­tás­ti­co, es­cri­tor y fun­da­dor de la edi­to­rial Ba­jo los Hie­los, Fritz ofre­ce una in­ter­pre­ta­ción eso­té­ri­ca de la his­to­ria más ocul­ta de la is­la: aque­lla que ha­bla de una so­cie­dad se­cre­ta de bru­jos lla­ma­da la Ma­yo­ría, que re­nom­bró a Chi­loé co­mo la Rec­ta Pro­vin­cia, y es­ta­ble­ció sus pro­pias je­rar­quías y nor­mas. Tal lle­gó a ser su in­fluen­cia, que el go­ber­na­dor de la épo­ca, Mar­ti­niano Rodríguez, lle­vó a jui­cio en 1880 a la or­ga­ni­za­ción, por cons­ti­tuir un po­der pa­ra­le­lo a la ad­mi­nis­tra­ción cen­tral. De es­ta agru­pa­ción, sobre la cual aún se te­je un man­to de du­das, ha­bla es­ta en­tre­vis­ta. Fritz aca­ba de pu­bli­car la cuar­ta edi­ción de su li­bro

La Rec­ta Pro­vin­cia: una co­fra­día de bru­jos en el sur de Chi­le.

-¿Có­mo lle­gas­te a la Rec­ta Pro­vin­cia?

-En mi ni­ñez mi pa­pá me lle­va­ba al sur y siem­pre me lla­mó la aten­ción esa ima­gen en­dul­za­da de los per­so­na­jes mi­to­ló­gi­cos. El Trau­co era un per­so­na­je me­dio sim­pá­ti­co; la Pin­co­ya, una si­re­na. Pe­ro yo ya sa­bía que se ha­bla­ba de bru­je­ría. Ha­ce cin­co años me me­tí más. To­dos mi­ran a Europa y acá la Rec­ta Pro­vin­cia fue la so­cie­dad her­mé­ti­ca más in­tere­san­te que ha ha­bi­do en Chi­le. Es al­go úni­co a ni­vel mun­dial. Lo más pa­re­ci­do es la ma­so­ne­ría, pe­ro acá se al­te­ró la geo­gra­fía, se cam­bia­ron los nom­bres de las ciu­da­des. Hu­bo car­gos je­rár­qui­cos, ele­men­tos má­gi­cos, un ti­po de ini­cia­ción muy cla­ro. Ha­bía ven­gan­zas, en­ve­ne­na­mien­tos. Creo que lo más pro­pia­men­te na­cio­nal se­ría la Rec­ta Pro­vin­cia.

-Di­jis­te en una char­la que no ha­bía nada más chi­leno que la Rec­ta Pro­vin­cia.

-Así lo sien­to. Cier­tos his­to­ria­do­res di­cen que es al­go ne­ta­men­te in­dí­ge­na, pe­ro también hay ele­men­tos de ma­gia ga­lle­ga. No to­do era in­dí­ge­na. Es­tá la lla­ve de la “al­qui­mia” para abrir la cue­va de Qui­ca­ví, don­de su­pues­ta­men­te se jun­ta­ban los bru­jos. En un dia­rio se ha­bla de unos ri­tos don­de se men­cio­na a Ba­co y Pla­tón. To­do eso es eu­ro­peo. Es­ta fu­sión que­da cla­ra con el due­lo en Te­naún en­tre la bru­ja chi­lo­ta Chil­pi­lla y el ex­plo­ra­dor es­pa­ñol Jo­sé de Mo­ra­le­da, que se­ría el ori­gen de la Rec­ta Pro­vin­cia. La bru­ja de­ja en se­co el bar­co de Mo­ra­le­da, tras lo cual él le re­ga­la un li­bro de he­chi­ce­ría del que se des­co­no­ce su pa­ra­de­ro.

-¿Cuán­to se sa­be de la Rec­ta Pro­vin­cia?

-La­men­ta­ble­men­te, los ar­chi­vos del jui­cio a los bru­jos de An­cud se que­ma­ron. Que­da­ron revistas fol­cló­ri­cas y dia­rios que to­ma­ron par­te del pro­ce­so. Y la tra­di­ción oral. La bru­je­ría era al­go que es­ta­ba en el ai­re, pe­ro has­ta el jui­cio no se sa­bía lo bien or­ga­ni­za­da que es­ta­ba la Rec­ta Pro­vin­cia.

-¿Por qué se de­ci­de en­jui­ciar­la?

-El go­ber­na­dor to­mó co­mo cau­sa pro­pia el he­cho. La Rec­ta Pro­vin­cia era un es­ta­do den­tro de otro es­ta­do, que es­ta­ba in­ter­vi­nien­do en te­mas de sa­lud, de jus­ti­cia. Se ha­bla­ba de los re­yes de la tie­rra, re­yes ba­jo la tie­rra, re­yes de las Es­pa­ñas. En los dia­rios apa­re­ce una rei­na o prin­ce­sa. Eso es otra co­sa cu­rio­sa: en Europa la bru­je­ría es­tá re­pre­sen­ta­da por mu­je­res, se ha­bla de los aque­la­rres; en cam­bio, en Chi­loé son bru­jos, es un mun­do mas­cu­lino. Eso lo ha­ce muy dis­tin­to de otras or­ga­ni­za­cio­nes má­gi-

“Cuan­do ves que uno de los ri­tos de es­ta co­fra­día de bru­jos era ma­tar al ser más que­ri­do, em­pie­zas a des­creer la ima­gen Dis­ney de la mi­to­lo­gía chi­lo­ta”.

cas clá­si­cas. -¿Es cier­to que es­ta or­ga­ni­za­ción de­ri­vó en una es­pe­cie de ma­fia ita­lia­na? -Hay au­to­res que así lo creen. Ini­cial­men­te era una es­pe­cie de coo­pe­ra­ti­va de so­co­rros mu­tuos en­tre in­dí­ge­nas y mes­ti­zos. Co­mo ha­bía des­con­fian­za con la gen­te que no era de la is­la, ellos mis­mos ad­mi­nis­tra­ban la jus­ti­cia. Sin em­bar­go, el te­ma se des­ta­pa por la muer­te de un bru­jo im­por­tan­te que es acu­sa­do por otro bru­jo. O sea, ya no re­cu­rren a su pro­pia jus­ti­cia, sino que van a los tri­bu­na­les chi­le­nos, y eso le ha­ce per­der su na­tu­ra­le­za ori­gi­nal has­ta de­bi­li­tar­la. Se di­ce que la Rec­ta Pro­vin­cia si­gue vi­va, que su cen­tro se tras­la­dó a otra re­gión. -¿Có­mo se apli­ca­ba esa jus­ti­cia? -Ha­bía de­man­das o li­be­los. Una se­ño­ra, por ejem­plo, po­día acu­dir por­que otra per­so­na le hi­zo un mal de ojo a su hi­jo, y que­ría una re­tri­bu­ción o ven­gan­za. El se­cre­ta­rio to­ma­ba ac­ta y lo lle­va­ba a un su­pe­rior je­rár­qui­co para sa­ber la san­ción. De ahí sur­ge al­go muy cu­rio­so, que exis­te en al­gu­nos la­dos de Chi­loé: pó­li­zas de se­gu­ro para pro­te­ger­te de la bru­je­ría. -¿Có­mo es eso? -Hay da­tos. Se men­cio­na que una for­ma de que no te to­quen los bru­jos en Chi­loé es con­tra­tar una pó­li­za de se­gu­ro para ve­lar por tu se­gu­ri­dad y tú pa­gas para que los bru­jos no te ha­gan nada. Eso sa­le en el pa­pel. Es­tán has­ta con es­tam­pi­lla. -¿Hay lu­ga­res más car­ga­dos que otros en Chi­loé? -Qui­ca­ví, el su­pues­to pun­to de reunión de los bru­jos. Aho­ra cuan­do via­je de nue­vo quie­ro ir en bus­ca de la fa­mo­sa cue­va. Yo du­do que es­té en Qui­ca­ví. En un jui­cio, ellos no iban a ser tan tor­pes para de­la­tar su lu­gar prin­ci­pal de reunión. Sin du­da en Qui­ca­ví ha­bía un po­der, pe­ro con la cue­va pu­die­ron dar una fal­sa pis­ta. Amigos me di­cen que la cue­va es­tá más al sur. Te­naún también es una zo­na car­ga­da. -Has se­ña­la­do que en Chi­le ha­bría un reino sub­te­rrá­neo uni­do por cue­vas.

-Cla­ro. Sos­ten­go que Chi­le es­tá in­ter­co­nec­ta­do por las cue­vas. Los ma­pu­che te­nían las re­nu. Y en to­da la geo­gra­fía na­cio­nal hay cue­vas de bru­jos: Sa­la­man­ca, Ta­la­gan­te, Me­li­pi­lla. Se­ría ma­ra­vi­llo­so ima­gi­nar que de­ba­jo de es­te sue­lo es­tán ocu­rrien­do ri­tos. Hay es­pe­cu­la­cio­nes sobre có­mo los li­ber­ta­do­res chi­le­nos via­ja­ban tan rá­pi­do. Se­ría a tra­vés de cue­vas. -Ha­bía va­rios ri­tos de ini­cia­ción co­mo el “an­ti­bau­tis­mo”: pasar por una cas­ca­da de agua has­ta eli­mi­nar el bau­tis­mo ca­tó­li­co. ¿Có­mo era el res­to? -Ese es el más sua­ve­ci­to. Cuan­do ves que uno de los ri­tos era ma­tar al ser más que­ri­do o que se ha­cían ma­le­fi­cios a dis­tan­cia, em­pie­zas a des­creer esa ima­gen me­dio Dis­ney de la mi­to­lo­gía chi­lo­ta y a sa­ber que exis­te también ese la­do más os­cu­ro.

-Se di­ce que los bru­jos vo­la­ban. -La del bru­jo Zapata es una de las gran­des his­to­rias. A él lo en­tie­rran y vuel­ve a sa­lir­se, y por eso le po­nen una ro­ca en el ce­men­te­rio de Qui­ca­ví. Ahí hay otros sí­mi­les: mien­tras en Europa la es­co­ba le sir­ve a las bru­jas para vo­lar, en Chi­loé el ma­cuñ, un cha­le­co he­cho con ca­dá­ver hu­mano, cum­plía la mis­ma fun­ción. El ma­cuñ te­nía cier­ta lu­mi­no­si­dad y por eso mu­chos chi­lo­tes creen que hay un bru­jo vo­lan­do cuan­do ven en la no­che una luz ver­de. -En Chi­loé pa­re­cie­ra que la gen­te es si­gi­lo­sa para re­fe­rir­se a los bru­jos. -Cla­ro, hay dos ac­tua­res: unos que ri­di­cu­li­zan el te­ma, o que lo atri­bu­yen a co­sas pa­sa­das, pe­ro los más vie­ji­tos te di­cen con más con­fian­za que sí exis­ten. -O sea, hay que ga­nar­se la con­fian­za. -Los is­le­ños son así, no te re­ve­la­rán sus lu­ga­res más sa­gra­dos a la pri­me­ra. Una per­so­na muy de fiar, en una pla­ya pun­tual de Chi­loé, fue a es­cu­char mú­si­ca con un ami­go cuan­do sin­tió un rui­do ra­ro. Se mo­vió la are­na, y sa­lió un ser ver­do­so, me­dio an­tro­po­mor­fo, que los mi­ró con un ojo ne­gro, y sal­tó des­de la pla­ya has­ta un is­lo­te. Para él és­te era un bru­jo. Otro chi­lo­te que vi­ve en San­tia­go, muy des­creí­do, me di­jo que al cru­zar el ca­nal de Cha­cao sen­tía que ha­bía pá­ja­ros que lo ata­ca­ban, y él in­ter­pre­ta­ba que eran bru­jos. Los más escépticos en Chi­loé tie­nen en su in­cons­cien­te es­te ima­gi­na­rio. -Des­pués de es­ta en­tre­vis­ta a la gen­te no le van a que­dar ga­nas de ir a Chi­loé. -Chi­loé es un uni­ver­so, y ahí en­cuen­tras luz y som­bra. La luz es­tá en los pai­sa­jes, en las igle­sias, lo cual nos ha­ce pen­sar que su cons­truc­ción se­ría para con­tra­rres­tar el po­der os­cu­ro de los bru­jos. -¿Co­exis­te la ma­gia y la bru­je­ría ahí? -Esa es una dis­cu­sión gran­de, si ma­gia y bru­je­ría no son la mis­ma co­sa y que só­lo cam­bia la di­rec­ción, la éti­ca tras el ac­to. -¿Co­rre pe­li­gro el que se me­te con los bru­jos? -Sin du­da, a to­dos los que han es­cri­to al­go sobre el te­ma les pa­sa al­go. A mí se me ca­yó el compu­tador y me bo­rró el ar­chi­vo de la pri­me­ra edi­ción del li­bro. No lo per­dí por­que una ho­ra an­tes me lo ha­bía man­da­do al mail. La vi­da se te ace­le­ra más, las co­sas que te pa­sa­ban en cin­co años, te pa­san en menos tiem­po. Pe­ro si uno lo abor­da con res­pe­to, no hay pro­ble­ma.

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