San Fe­li­pe, 37 gra­dos a la som­bra

¿Có­mo se las arre­glan en las co­mu­nas más ca­lu­ro­sas del país?

La Hora - - Portada - Na­ta­lia Heus­ser H.

Asus 83 años Mar­ga­ri­ta Pe­rei­ra no lo­gra acos­tum­brar­se a las al­tas tem­pe­ra­tu­ras de Llay Llay. Con­di­ción que, se­gún ella, se ha vuel­to in­so­por­ta­ble en los úl­ti­mos años.

Para re­fres­car­se tie­ne al­gu­nas téc­ni­cas. Pa­sa to­das las tar­des sen­ta­da en un si­llón ro­jo que se en­cuen­tra al la­do de la en­tra­da prin­ci­pal de su ca­sa y abre la puer­ta de ca­lle para for­mar un po­co de co­rrien­te. “Ade­más, para no so­fo­car­me, uso fal­da, me mo­jo la ca­ra a ca­da ra­to y me ti­ro ai­re con una revista. Ha­ce unos me­ses tu­ve un prein­far­to, así que el ca­lor es muy per­ju­di­cial para mi sa­lud. De he­cho el lu­nes pa­sa­do me caí en el pa­tio, y yo creo que es por­que el sol me aton­tó”, se­ña­la.

Ha­ce dos años que es­ta mu­jer en­viu­dó des­pués de 62 años de ma­tri­mo­nio. Si bien di­ce ha­ber ama­do a su “vie­jo”, re­co­no­ce que lle­va­ban va­rios años dur­mien­do en ca­mas se­pa­ra­das por cul­pa de las no­ches cá­li­das. “Era im­po­si­ble con­ci­liar el sueño con al­guien al la­do”, in­di­ca.

Llay Llay y San Fe­li­pe, ubi­ca­das en la Re­gión de Val­pa­raí­so, son dos lo­ca­li­da­des de la zo­na cen­tral que con­cen­tran las tem­pe­ra­tu­ras más al­tas en pe­rio­do es­ti­val. “Es­te fe­nó­meno se da por una si­tua­ción lo­cal, ya que am­bas co­mu­nas es­tán en­ca­jo­na­das en­tre ce­rros. Es­to pro­vo­ca que las la­de­ras se ca­lien­ten y cir­cu­le un ai­re cá­li­do”, acla­ra Raúl Fuen­tes, cli­ma­tó­lo­go de Me­teo­ro­lo­gía de Chi­le.

En lo que va de es­te año, Llay Llay ha su­pe­ra­do en dos opor­tu­ni­da­des su um­bral de even­to ex­tre­mo, que co­rres­pon­de a 38°. El pa­sa­do 13 de enero lle­gó a los 39,4° y el 17 a los 39°. San Fe­li­pe, en tan­to, so­bre­pa­só su má­xi­ma de 37° el 17 de enero, al­can­zan­do los 37,2° y los 37,5° el miér­co­les 18 de enero, día en que La Ho­ra re­co­rrió es­tos sec­to­res para com­pro­bar in si­tu có­mo con­vi­ven sus ha­bi­tan­tes con el ca­lor.

En Llay Llay, por ejem­plo, en­tre las 14 y las 17 horas ca­si no hay pea­to­nes en las ca­lles, con­di­ción que se re­pi­te a dia­rio, se­gún los llai­llaí­nos. La ma­yo­ría de los lo­ca­les lu­cen ce­rra­dos en­tre ese lap­so y las pocas som­bras de los ár­bo­les son ocu­pa­das por pe­rros que duer­men al rit­mo de una res­pi­ra­ción agi­ta­da.

Los úni­cos va­lien­tes son aque­llos que es­tán obli­ga­dos a desem­pe­ñar­se al ai­re li­bre, co­mo es el ca­so de Mi­chael Abar­ca (33), quien es par­quí­me­tro y tra­ba­ja de 10 de la ma­ña­na has­ta las 20 horas.

“Si pu­die­ra tra­ba­jar con cha­las lo ha­ría, pe­ro no nos de­jan. Mi je­fe pa­sa ca­da dos horas re­par­tien­do blo­quea­dor y to­mo mu­cha agua por­que del pa­vi­men­to ema­na mu­cho ca­lor. Hay com­pa­ñe­ros que se po­nen po­le­ras man­ga lar­ga para no que­mar­se los bra­zos, al­go a lo que no me pue­do acos­tum­brar. Dor­mir en las no­ches también es di­fí­cil, así que con mi fa­mi­lia op­ta­mos por ins­ta­lar ven­ti­la­do­res en las pie­zas”, re­ve­la.

Luis Machuca (47) es otro que su­fre du­ran­te las jor­na­das la­bo­ra­les ca­lu­ro­sas. Ha­ce 18 años que es ope­ra­rio vial y ase­gu­ra que ape­nas vuel­ve a su ca­sa, a eso de las 17 horas, lo pri­me­ro que ha­ce es sa­car­se los za­pa­tos y to­mar una bue­na du­cha.

“Para pro­te­ger­me del sol uso to­das las me­di­da de se­gu­ri­dad, co­mo un cas­co con pro­tec­tor tér­mi­co para el cue­llo y ro­pa man­ga lar­ga. Aun­que me acos­tum­bre a es­to, el cuer­po pier­de mu­cha agua por el ca­lor, por eso pue­do to­mar has­ta cua­tro li­tros de lí­qui­do al día”, di­ce.

A 34 ki­ló­me­tros de Llay Llay el sol tam­po­co da tre­gua. En San Fe­li­pe el pa­no­ra­ma es si­mi­lar, con la sal­ve­dad de que en sus ca­lles se ve más gen­te.

A las 16 horas del miér­co­les la pla­za de Ar­mas con­gre­ga­ba a al­gu­nos ciu­da­da­nos que bus­ca­ban som­bra. En­tre ellos es­ta­ba Glo­ria Vi­lla­te (45), quien pa­sea­ba jun­to a sus dos hijos.

“Dor­mir en las no­ches también es di­fí­cil, así que con mi fa­mi­lia op­ta­mos por ins­ta­lar ven­ti­la­do­res en las pie­zas”. Mi­chael Abar­ca, par­quí­me­tro.

“Nun­ca sa­li­mos a es­ta ho­ra y so­lo lo hi­ci­mos para ir de­jar a nues­tra pe­rri­ta al ve­te­ri­na­rio. Re­cién fui­mos a com­prar he­la­dos a una cua­dra de aquí y ya se nos de­rri­tie­ron. El pro­ble­ma es que el ca­lor no so­lo afec­ta de día, también es in­so­por­ta­ble de no­che por­que no de­ja dor­mir. La úni­ca op­ción que te­ne­mos es abrir las ven­ta­nas ce­rra­das, pe­ro co­rre­mos el ries­go de que en­tren bi­chos y los ga­tos de los ve­ci­nos. El otro día sa­ca­mos a uno de la pie­za de mi hi­jo a las 3 de la ma­ña­na. La si­tua­ción es tan caó­ti­ca que es­ta­mos pen­san­do en ir­nos a vi­vir a una zo­na cos­te­ra”, pre­ci­sa Vi­lla­te.

Otra que lo pa­sa mal es Er­me­lin­da Ta­pia (46), quien des­de 1993 atien­de un quios­co que se en­cuen­tra en ca­lle Coimas, en pleno cen­tro de la ciu­dad.

“Para vi­vir y tra­ba­jar en San Fe­li­pe hay que te­ner har­to aguan­te. Co­mo pue­de ver, ten­go un ven­ti­la­dor que me apun­ta di­rec­ta- Vie­ne de men­te y una bo­te­lla de agua que voy lle­nan­do ca­da ho­ra. Es­te lu­gar es co­mo un horno por­que es­tá he­cho de la­ta y con­cen­tra el ca­lor. A ve­ces me ma­reo y me da sueño, pe­ro lo so­por­to”, ase­ve­ra.

Por su par­te, Manuel Maldini (32) tra­ba­ja ha­ce cin­co años en la co­ci­na de “Sand­wich y po­llos GUS”, un lo­cal que se con­vier­te en un in­fierno cuan­do las tem­pe­ra­tu­ras se dis­pa­ran.

“Te­ne­mos unas má­qui­nas a gas con una ca­pa­ci­dad para asar 24 po­llos al mis­mo tiem­po. A pe­sar de la ven­ti­la­ción que exi­ge la au­to­ri­dad sa­ni­ta­ria, el ca­lor es in­su­fri­ble, por eso to­mo mu­chí­si­ma agua, me mo­jo la ca­ra y sal­go a la ca­lle para ven­ti­lar­me. Es la úni­ca for­ma de so­por­tar los cer­ca de 60 gra­dos que hay en la co­ci­na”, di­ce mien­tras co­rre una go­ta de su­dor por su me­ji­lla.

A to­do sol rea­li­zan sus la­bo­res los tra­ba­ja­do­res via­les de Llay Llay. Usan im­ple­men­tos de se­gu­ri­dad que son ca­lu­ro­sos.

Para so­por­tar el ca­lor Mar­ga­ri­ta Pe­rei­ra (83) de­ja abier­ta la puer­ta prin­ci­pal de su ca­sa, para que se for­me co­rrien­te.

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