En­ce­rra­dos

La Hora - - En 2 Minutos - Pa­tri­cio Cor­va­lán

Es so­bre to­do en los ve­ra­nos cuan­do al des­tino le da por ju­gar a los mis­te­rios. Con los mo­chi­le­ros pa­sa siem­pre. Se co­no­cen se­can­do cal­ce­ti­nes en un gal­pón y se vuel­ven a ver ki­ló­me­tros más le­jos, sin ha­ber­lo acor­da­do, acam­pan­do en la mon­ta­ña. Cris­tián ha­bía vis­to a In­ger ha­ce tres se­ma­nas, sin sa­ber aún que se lla­ma­ba In­ger, que era hún­ga­ra y que tam­bién lo ha­bía mi­ra­do. Se ha­bían en­con­tra­do en el lobby de un ho­tel a ori­llas del Ti­tica­ca, mien­tras él re­co­rría un ma­pa con sus dedos y ella, car­gan­do una mo­chi­la in­men­sa tras sus ojos azu­les, se re­gis­tra­ba en la re­cep­ción. En esas tres se­ma­nas, se to­pa­ron tan­tas ve­ces y en tan­tas ca­lles que ya se sa­lu­da­ban. In­clu­so, una vez Cris­tián ca­si se ani­ma a in­vi­tar­la a una cer­ve­za, pe­ro cuan­do la bus­có ella ya se ha­bía mar­cha­do. Qui­so el an­to­jo del des­tino que am­bos coin­ci­die­ran al fi­nal del via­je en el mis­mo ho­tel en el que se ha­bían co­no­ci­do. El lo­cal se jac­ta­ba de te­ner el as­cen­sor más al­to del mun­do y qui­zás tam­bién el más es­tre­cho. Cris­tián ba­ja­ba en él con su mo­chi­la cuan­do en el cuar­to se abrió la puer­ta y ella en­tró. Que­da­ron pe­ga­dos, des­pués de esos in­có­mo­dos mo­vi­mien­tos por ga­nar es­pa­cio don­de no lo hay. Tal vez por el ex­ce­so de equi­pa­je o por la car­ga de sen­sa­cio­nes que se cor­ta­ba en la al­tu­ra, el as­cen­sor se ce­rró, pe­ro se ne­gó a ba­jar. Mien­tras es­pe­ra­ban por el res­ca­te, a Cris­tián le dio por ha­blar de pu­ro ner­vio. En un par de mi­nu­tos ya le ha­bía da­do los ti­tu­la­res de su vi­da vein­tea­ñe­ra y ella no tar­dó de­ma­sia­do en con­tar so­bre la su­ya. Fue ra­ro, por­que aun­que ape­nas un ra­to des­pués ya es­ta­ban en el lobby, los dos –quin­ce años más tar­de– con­fe­sa­rían que se sin­tie­ron tan li­bres, el uno con el otro, allí en­ce­rra­dos. Tan­to que des­de ese día acor­da­ron via­jar jun­tos y lo hi­cie­ron, y lo han he­cho has­ta aho­ra en que In­ger y Cris­tián re­co­rren el mun­do co­mo mu­jer y ma­ri­do ca­da vez que pue­den pa­ra ver qué les ofre­ce el des­tino.

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