Lo que no pa­sa de mo­da

La Pe­lu­que­ría Fran­ce­sa, pa­tri­mo­nio del Ba­rrio Yun­gay, es un res­to­rán al que se pue­de vol­ver y re­des­cu­brir una y mil ve­ces, con de­li­cias co­mo el fi­le­te con pa­pas a la cre­ma. Y, ob­vio, re­caer con un crè­me brû­lée.

La Hora - - Tiempo Libre - Ignacio To­bar

Co­mo los bue­nos dis­cos, los res­to­ra­nes clá­si­cos no pa­san de mo­da. Y no de­ben des­apa­re­cer. La Pe­lu­que­ría Fran­ce­sa, en­cla­va­da en pleno Ba­rrio Yun­gay, es un ejem­plo de es­ta es­tir­pe de lo­ca­les a los que se pue­de vol­ver y nun­ca ago­tan: por su co­ci­na y por su in­me­jo­ra­ble pro­pues­ta de di­se­ño.

Na­die va a des­cu­brir hoy es­te em­ble­ma cu­ya his­to­ria se re­mon­ta al si­glo die­ci­nue­ve, pe­ro sí se pue­de mi­rar con nue­vos ojos y re­en­can­tar­se con su am­plia car­ta.

Pri­me­ro, co­mer acá es co­mo ha­cer­lo en un mu­seo. Las me­sas, las si­llas, los fo­to­gra­fías, los es­quíes vin­ta­ge, to­do, to­do ayu­da a que la vi­si­ta sea una ge­nial ex­pe­rien­cia es­té­ti­ca. En­tran­do, el sa­lón de la iz­quier­da es un jo­ya. Pe­ro el se­gun­do pi­so tam­bién. Re­co­rra, mi­re y eli­ja su me­sa. Y a co­mer.

Ade­más del qui­che del día, del pa­to a la naranja, el coq au vin y otros clá­si­cos fran­chu­tes, por dios que les que­da bien el fi­le­te. Y aun­que es­ta car­ne ma­gra no es de di­fí­cil pre­pa­ra­ción, es muy fá­cil tam­bién es­tro­pear­la. En es­te ca­so no, y ha­bla­mos de un fi­le­te con sal y na­da más. Pí­da­lo con coc­ción tres cuar­tos. Y acom­pá­ñe­lo con pa­pas a la cre­ma, que aun­que no fi­gu­ra­ban en la car­ta, se le pi­den al mo­zo.

La car­ne es un me­da­llón que­ma­di­to por fue­ra y con el co­ra­zón cru­do. Ju­go­sa y blan­dí­si­ma, es­ta vez só­lo pe­có el chef en una le­ve fal­ta de sal. Las pa­pas, ex­qui­si­tas con ese sa­bor par­me­sano que le pe­ga tan bien al ju­go de la car­ne.

¿Pa­ra to­mar? Ade­más de una co­pa de vino, la li­mo­na­da men­ta jengibre es re­fres­can­te, aun­que re­quie­re una se­gun­da re­car­ga de hie­lo frap­pé. Y lis­to. Co­mer no es mu­cho más, lo que im­por­ta es que la coc­ción sea la ade­cua­da. Y acá son años de ex­per­ti­se.

¡Ah! Y el pos­tre. Tie­ne que ser el crè­me brû­lée. Es, por usar un tér­mino ochen­te­ro, mor­tal. La cu­bier­ta grue­sa y cru­jien­te de ca­ra­me­lo re­ve­la la bue­na mano del pas­te­le­ro usan­do el so­ple­te. Aba­jo, la cre­ma no se car­ga a la le­che y en el pa­la­dar pri­ma el sa­bor a vai­ni­lla.

En es­te ca­so el pre­cio ex­ce­de las diez lu­cas, pe­ro lo va­le. Ca­da pe­so.

Pe­lu­que­ría Fran­ce­sa Com­pa­ñía de Je­sús 2789, es­qui­na Li­ber­tad. St­go. Cen­tro.

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