El nue­vo es­ce­na­rio de Re­né de la Vega

Con 39 años, Re­né de la Vega se abre paso en un nue­vo es­ce­na­rio, el de la po­lí­ti­ca. ¿Co­mo es que el in­tér­pre­te de Chi­ca ri­ca ter­mi­na sen­ta­do en el si­llón al­cal­di­cio de Con­cha­lí? Acá, en­sa­ya una ex­pli­ca­ción.

La Hora - - Portada - Tex­tos Ar­tu­ro Fi­gue­roa B. Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca R.

El in­tér­pre­te de Chi­ca ri­ca cuen­ta có­mo han si­do los pri­me­ros cua­tro me­ses de ges­tión co­mo al­cal­de de Con­cha­lí.“To­do es dis­tin­to, he te­ni­do que adap­tar­me”, ad­mi­te.

Se vis­tió de El­vis y de Vie­jo Pas­cue­ro pa­ra ga­nar unos pe­sos. Iba di­rec­to a ser ki­ne­sió­lo­go, pe­ro en­tre me­dio y de la na­da se creó una ca­rre­ra de can­tan­te que lo con­vir­tió en un ícono del pop kitsch. Des­pués fue cons­truc­tor ci­vil y es­tu­dió ar­qui­tec­tu­ra; le­van­tó un edi­fi­cio al que no le pa­só na­da pa­ra el 27F. Re­cien­te­men­te, se in­tere­só por el de­re­cho. Y ha­ce cua­tro me­ses se vis­te de al­cal­de: postuló por Con­cha­lí y, pe­se a que las en­cues­tas no le da­ban chan­ce, lo­gró im­po­ner­se en las ur­nas.

Las trans­for­ma­cio­nes de Re­né de la Vega han si­do va­rias y abrup­tas. Y la ex­pli­ca­ción, di­ce él, es bas­tan­te sim­ple: “Tra­ba­jo des­de los ocho años”. -¿Có­mo es re­con­ver­tir­se? A ve­ces es di­fí­cil en­ten­der­lo. Lo úl­ti­mo, en­tien­do, es que es­tu­dia­bas de­re­cho. -Eso es­tá con­ge­la­do aho­ra, en­ten­de­rás. -¿Có­mo se pue­de lle­var una vi­da así, apos­tan­do to­do el tiem­po?

-Tie­ne que ver con có­mo me for­mé. Cuan­do chi­co, mi vi­da en Con­cha­lí era en una vi­vien­da de seis por seis me­tros don­de vi­vía­mos, en­ton­ces, cua­tro her­ma­nos más mi pa­dre y mi ma­dre, en un sec­tor com­pli­ca­do, al la­do de una po­bla­ción don­de uno veía dro­ga­dic­ción, de­lin­cuen­cia. Des­pués nos cam­bia­mos a la ca­sa de los abue­los, to­dos en una pie­za.

-Mi pa­dre, que tie­ne cuar­to me­dio, siem­pre bus­ca­ba ma­ne­ras crea­ti­vas de en­con­trar­nos un me­jor pa­sar. Cre­cí vien­do eso y em­pe­cé a tra­ba­jar des­de los ocho años jus­ta­men­te pa­ra apo­yar a mi fa­mi­lia, en una em­pre­sa de even­tos don­de él es­ta­ba y que des­pués pa­só a ser de él. Ani­ma­ba cum­plea­ños, me ves­tía de pa­ya­si­to, de Vie­ji­to Pas­cue­ro, de mo­ni­tos de Disney. -De ni­ñez, po­co.

-Es­tar ex­pues­to a to­dos es­tos es­fuer­zos to­dos los días... ni­ñez no tu­ve, ju­ven­tud muy po­ca. Me for­mé co­mo un vie­jo chi­co. Y creo que eso me abrió un mun­do di­fe­ren­te. Me di cuen­ta de que en la vi­da hay que ser muy prác­ti­co y bus­car to­das las op­cio­nes pa­ra surgir. Aun­que a ve­ces las co­sas no ha­yan fun­cio­na­do co­mo uno que­ría, to­do lo que he em­pren­di­do me ha he­cho cre­cer. -Co­mo la ca­rre­ra de can­tan­te.

-La fa­mi­lia no te­nía re­cur­sos pa­ra pa­gar­me una ca­rre­ra. Di­je a tra­ba­jar se ha di­cho y co­mo ya me ha­bía atre­vi­do, en la pro­duc­to­ra, a ha­cer do­bla­jes de El­vis Pres­ley, Ca­mi­lo Ses­to o An­to­nio Ban­de­ras... Fue mi pa­pá el que me di­jo que te­nía bue­na voz. Por qué no es­tu­diai un po­co de can­to. Pa­gué cla­ses unos tres años y cuan­do con­si­de­ré que es­ta­ba lis­to pa­ra grabar un dis­co lo hi­ce. No obs­tan­te, en for­ma pa­ra­le­la, se­guí tra­ba­jan­do. El aho­rro de ese di­ne­ro me per­mi­tió grabar mi pri­me­ra pro­duc­ción (la de Chi­ca ri­ca y Chi­ca co­le­gia­la, edi­ta­da en 1999). -¿En esa épo­ca apa­re­ce tu clá­si­co au­to en­chu­la­do?

-An­tes de ser can­tan­te te­nía ese au­to ca-

rac­te­rís­ti­co. Lo usé du­ran­te cua­tro años pa­ra, por ejem­plo, pa­sar por las ca­sas ves­ti­do de Vie­ji­to Pas­cue­ro. Lle­ga­ba jo jo jo y les de­cía a los ni­ños que el au­to era mi sú­per tri­neo, que po­día vo­lar. Ya no lo ten­go. -¿Có­mo te di­vier­tes en es­te con­tex­to tan li­ga­do al tra­ba­jo des­de chi­co?

-Lle­vo tan­tos años in­ser­to en lo la­bo­ral que de­bo re­co­no­cer que soy tra­ba­jó­li­co. Pe­ro, ojo, de ver­dad me lle­na. Co­mo siem­pre he si­do un em­pren­de­dor y he he­cho co­sas bien di­fe­ren­tes, es en­tre­te­ni­do. Aho­ra, ¿quién pa­ga el pa­to? Mi fa­mi­lia (tie­ne pa­re­ja y dos hi­jos), por­que a lo me­jor po­dría ir­me una ho­ra an­tes pe­ro di­go me­jor me que­do avan­zan­do un po­qui­to más. Re­co­noz­co que me ha fal­ta­do un po­co de ocio en mi vi­da. Y en es­te rol de al­cal­de es más di­fí­cil por­que la co­mu­ni­dad te pi­de que es­tés ahí siem­pre. -¿Cuán­tas ho­ras tra­ba­jas al día?

-No sé. Uno nun­ca se des­co­nec­ta. Pe­ro es­toy acos­tum­bra­do: co­mo mi­cro­em­pre­sa­rio in­de­pen­dien­te uno tra­ba­ja­ba y dor­mía pen­san­do en el mo­do de ge­ne­rar las lu­cas pa­ra el otro día. -¿Y duer­mes?

-Me duer­mo a las dos y me le­van­to a las sie­te. No me afec­ta, cuan­do era ar­qui­tec­to tra­ba­ja­ba has­ta las diez de la no­che. -De to­do lo que has he­cho, ¿qué es lo que más te ha gus­ta­do ha­cer? ¿Can­tar?

-Cuan­do par­tí es­tu­dian­do cons­truc­ción no sa­bía si la ca­rre­ra me gus­ta­ba. Pe­ro aho­ra pue­do de­cir que cuan­do cons­truí mi edi­fi­cio me en­can­tó: aga­rrar la pa­la, la ca­rre­ti­lla, en­su­ciar­me las ma­nos pa­ra ha­cer al­go. De he­cho, me cues­ta no es­tar ha­cién­do­lo aho­ra.

-Al día si­guien­te de asu­mir co­mo al­cal­de, por una llu­via ines­pe­ra­da ha­bía cier­to sec­tor de la co­mu­na inun­da­do. Par­tí a ayu-

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