A to­da má­qui­na

La Hora - - En 2 Minutos - Di­rec­tor de Ga­llos.cl Patricio Cor­va­lán

Es­ta his­to­ria aún no em­pie­za y ya se cuen­ta, por­que aun­que él ni si­quie­ra le ha ha­bla­do, to­do in­di­ca que es­to ya es amor, hor­mi­gueán­do­le por den­tro, co­mo lo sien­te ca­da vez que ella se sube a la 504 y él, ha­cién­do­se que no la ve vién­do­la tan­to, se afe­rra del ma­nu­brio, le apu­ra un bue­nos días sin vol­tear y por el es­pe­jo la mi­ra, la mi­ra, la mi­ra, con la es­pe­ran­za de que ella al­gu­na vez pu­die­ra re­ga­lar­le una son­ri­sa.

Ella se sube siem­pre en Ma­tu­ca­na, siem­pre a las ocho, y se ba­ja siem­pre en la pla­za Pe­dro de Val­di­via, ca­si siem­pre a las nue­ve. Co­mo no al­can­za a sen­tar­se, se ubi­ca con su bol­so en el pa­si­llo, y él aco­mo­da en se­cre­to los es­pe­jos pa­ra mi­rar­la es­pe­ran­do esa son­ri­sa que ja­más se atre­ve­ría a con­tes­tar. Ha­ce un par de me­ses, ella tam­bién se subió en la no­che, a las ocho, de re­gre­so, y él, de pu­ro asom­bro, ca­si cho­ca y los pa­sa­je­ros, co­mo ma­le­za con­tra el vien­to, se sa­cu­die­ron de la­do a la­do ga­ra­ba­teán­do­lo por la ma­nio­bra des­cui­da­da.

Con los días, él ha apren­di­do a sin­cro­ni­zar los re­co­rri­dos. A las ocho en pun­to, aso­ma con la má­qui­na por Ma­tu­ca­na con el co­ra­zón a to­do lo que da, co­mo si la fue­ra a bus­car en un cor­cel. Por la no­che, lo mis­mo, pun­tua­lí­si­mo, pe­ro a la in­ver­sa. En la ga­ri­ta aún no se acos­tum­bran a tan­ta pre­ci­sión ni a una má­qui­na en tan per­fec­to es­ta­do. Lo que más les sor­pren­de es la cor­ba­ta y la go­mi­na. Y en­ton­ces sos­pe­chan: “Pa­re­ce que el fla­co es­tá enamo­ra­do”. No tie­ne idea de có­mo se­gui­rán las co­sas. A ve­ces pien­sa que si no se apu­ra, ella no vuel­ve o a él lo cam­bian de re­co­rri­do. En otras, le lle­gan es­pe­ran­zas. El otro día no más cho­ca­ron mi­ra­das, una cuan­tas, cuan­do él en su cor­cel la lle­va­ba de re­gre­so. Es­tá se­gu­ro de que esa vez ella le re­ga­ló una son­ri­sa. Él -en una de ésas si an­da de va­lor- le re­ga­la­rá la su­ya y el mun­do y esa lu­na que des­de el es­pe­jo les ilu­mi­na las ca­ras. Qui­zás. Al­gu­na vez. To­tal, es­ta his­to­ria aún no em­pie­za.

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