Don Héc­tor Faúndez, maes­tro de bar­be­ros

El pre­si­den­te del Co­le­gio de Pe­lu­que­ros re­pa­sa sus seis dé­ca­das de ofi­cio.

La Hora - - En2minutos - Tex­tos Ig­na­cio Sil­va Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca Reyes

Por es­tos días, Héc­tor Faúndez sa­lu­da con la mano iz­quier­da a cual­quie­ra de los clien­tes que lle­gan a la pe­lu­que­ría que tie­ne ha­ce dé­ca­das en una ga­le­ría de la ca­lle Huér­fa­nos. “Me ope­ra­ron ha­ce po­co la mano. Te­nía de­do en ga­ti­llo”, se ex­cu­sa el pe­lu­que­ro, que de sus 74 años ha pa­sa­do se­sen­ta en ese ofi­cio.

Pe­se a la re­cien­te ci­ru­gía y a otros va­rios ma­les­ta­res cau­sa­dos por los años de tra­ba­jo (“me han ope­ra­do los dos hom­bros, ten­go pro­ble­mas a la es­pal­da y me de­bo ha­ber he­cho cerca de 200 cor­tes con na­va­ja”, pre­ci­sa), Faúndez di­ce que no pien­sa col­gar las ti­je­ras ni me­nos de­jar de ir a su pe­lu­que­ría, en la que ade­más de sa­lo­nes tie­ne ofi­ci­nas, un la­bo­ra­to­rio y una aca­de­mia en la que for­ma nue­vos pe­lu­que­ros to­do el año. En sus sa­lo­nes tam­bién es­cri­bió Bar­be­ría, un li­bro que edi­tó ha­ce al­gu­nos me­ses y en el que re­co­pi­la his­to­rias, téc­ni­cas e ins­truc­cio­nes so­bre el ofi­cio.

“Voy a se­guir de to­das ma­ne­ras. No pue­do des­ha­cer es­te com­pro­mi­so: yo es­toy ca­sa­do con la pe­lu­que­ría”, pro­cla­ma el hom­bre que hoy pre­si­de el Co­le­gio de Pe­lu­que­ros de Chi­le y que en el pa­sa­do li­de­ró la pri­me­ra huelga de bar­be­ros en el mun­do.

-¿Có­mo re­cuer­da las pri­me­ras ex­pe­rien­cias con las ti­je­ras en las ma­nos?

-Puf, fue un cri­men. Era, co­mo se di­ce, un mono con na­va­ja. Mi pri­me­ra afei­ta­da me que­dó bien, pe­ro yo no con­tro­la­ba bien la na­va­ja, en­ton­ces cuan­do afei­ta­ba con la colita le es­ta­ba cor­tan­do la na­riz al clien­te. Cor­té na­ri­ces, ce­jas, ore­jas, de to­do. Bueno, ahí es don­de uno se da cuen­ta de que es­te tra­ba­jo es de­li­ca­do.

-¿Y có­mo se in­vo­lu­cró con la bar­be­ría?

-Yo na­cí en Mo­li­na, pe­ro por la vi­da que te­nía pa­sé mu­chas ne­ce­si­da­des. En­ton­ces un día me vi­ne a San­tia­go. Acá me gus­tó una ni­ña de por ahí, del ba­rrio. Es­ta­ba con­ver­san­do con ella y apa­re­ce el pa­pá. Él era bar­be­ro. Usa­ba za­pa­tos de cha­rol blan­co y ne­gro y puños y cue­llos al­mi­do­na­dos; ele- gan­te ele­gan­te. Él me di­jo: hi­jo, te­nís que ser pe­lu­que­ro. ¿Sa­bís cuál es la ra­zón? Cuan­do tú eres pe­lu­que­ro an­das siem­pre lim­pio, te tra­tan bien, te dan pro­pi­na, tra­ba­jas me­nos y ca­da per­so­na que va a tu sa­lón te de­ja una sa­bi­du­ría, una fra­se, por­que son to­das dis­tin­tas. En­ton­ces tra­ba­jas po­co, ga­nas diez ve­ces lo que es­ta­bas ga­nan­do aho­ra y, co­mo se tra­ba­ja po­co, es un tra­ba­jo pa­ra flo­jos. O sea, voh es­tai pin­tao pa es­to. Te es­pe­ro el lu­nes.

-¿Cuán­tos años te­nía us­ted?

-Ca­tor­ce. Era un ni­ño, pe­ro ahí yo ya me creía un hom­bre vie­jo.

-¿Có­mo si­guió su ex­pe­rien­cia co­mo bar­be­ro?

-Lle­gué a la Ga­le­ría Im­pe­rio, que era el más top de to­dos los malls. Des­pués me hi­ce pe­lu­que­ro de la fa­rán­du­la. Tra­ba­jé en la ma­yo­ría de los canales, pei­na­ba al Bim Bam Bum, a la gen­te de Mú­si­ca Li­bre, al Co­co Le­grand, a Ger­va­sio.

-¿Re­cuer­da al­gu­na anéc­do­ta de esos días?

-Hay una anéc­do­ta que re­cuer­do. Pa­ra arran­car­me a la ho­ra de al­muer­zo y no tra­ba­jar yo te­nía dos co­sas pa­ra ha­cer: ir a los ba­ños tur­cos o al ci­ne. Me fui al ci­ne y vi Ju­lio co­mien­za en ju­lio. Que­dé enamo­ra­do del des­nu­do que se pre­sen­ta en la

“El pe­lu­que­ro chi­leno tie­ne la pi­car­día del la­tino. Es ar­tís­ti­co, es téc­ni­co y tie­ne ini­cia­ti­va pro­pia; tie­ne una vi­sión pro­pia pa­ra to­das las co­sas”.

“Fui al ci­ne y vi Ju­lio co­mien­za en ju­lio. Que­dé enamo­ra­do del des­nu­do. Lle­go a la pe­lu­que­ría y la per­so­na que te­nía que aten­der era ella, Sh­lo­mit Bay­tel­man. Ca­si me mo­rí

pe­lí­cu­la. Lle­go a la pe­lu­que­ría y la per­so­na que te­nía que aten­der era ella, la Sh­lo­mit Bay­tel­man. Ca­si me mo­rí. Le di­je: ¡Te

co­no­cí en pe­lo­ta! Des­pués se lo co­men­té bien y ella se reía.

CAM­PEÓN MUN­DIAL

En 1974, Faúndez via­jó a Pa­rís. “Co­mo yo era di­ri­gen­te de los pe­lu­que­ros, pa­ra pre­miar mi la­bor los co­le­gas hi­cie­ron una reunión y de­ci­die­ron man­dar­me a Fran­cia a com­pe­tir al fes­ti­val mun­dial de bar­be­ros. Me fui sin ha­blar fran­cés, sin ro­pa, sin na­da. De ahí en ade­lan­te fue­ron pu­ras anéc­do­tas”, re­cuer­da so­bre el even­to en el que se pro­cla­mó cam­peón mun­dial de la dis­ci­pli­na.

“Par­ti­ci­pé en la ca­te­go­ría es­cul­pi­do con na­va­ja mas­cu­lino y ga­nó la se­lec­ción de Chi­le”.

-Que era us­ted so­lo, ¿no?

-Cla­ro. Fui al es­ce­na­rio y no me de­ja­ban su­bir por­que era el equi­po de Chi­le el que te­nía que su­bir, y no me creían que era só­lo yo. Pe­ro bueno, ahí me en­tre­ga­ron la me­da­lla, la co­pa, me die­ron una tar­je­ta pa­ra que fue­ra al Mou­lin Rou­ge a to­mar cham­pag­ne con to­dos los que es­ta­ban con­mi­go. Y fui con­mi­go.

-¿Qué en­se­ñan­za le de­jó ese tí­tu­lo?

-Mu­chas, pe­ro creo que la más im­por­tan­te es que me di cuen­ta que de­bía en­se­ñar lo que sé. Por eso me de­ci­dí por la do­cen­cia, por­que sé que hay mu­chos jó­ve­nes des­orien­ta­dos. He­mos he­cho es­cue­las gra­tui­tas en po­bla­cio­nes. ¿Pa­ra qué? Pa­ra los que es­tán chu­tean­do pie­dras. En el peor es­ce­na­rio, una per­so­na que es­tu­dia pe­lu­que­ría con­si­gue in­de­pen­den­cia, ga­na pla­ta y lo­gra su li­be­ra­ción personal.

-En sus años de ca­rre­ra ha si­do tes­ti­go de mu­chos avan­ces y cam­bios. ¿Cuál es el que más lo im­pac­tó?

-Hu­bo mu­chos tec­no­ló­gi­cos, co­mo la má­qui­na eléctrica, pe­ro pa­ra mí el más im­por­tan­te fue otro: al que ha­bla se le ocu­rrió la bri­llan­te idea de ha­cer la pe­lu­que­ría pa­ra hom­bre y mu­jer, y na­ció la pe­lu­que­ría unisex. Las mu­je­res pe­lu­que­ras me odia­ron a muer­te y los hom­bres tam­bién, pe­ro yo lo veía gre­mial­men­te por­que si no te­nían tra­ba­jo en hom­bres, ha­gan mu­je­res poh.

-¿Se pro­du­jo un cho­que al co­men­zar a aten­der hom­bres y mu­je­res?

-Sí, pe­ro lo más ex­tra­ño que pa­só cuan­do abri­mos las pe­lu­que­rías unisex fue en la épo­ca de la Gue­rra de las Mal­vi­nas. Yo es­ta­ba aten­dien­do a la hi­ja del em­ba­ja­dor in­glés en Chi­le, y es­ta­ba ha­blan­do pes­tes con­tra los ca­be­zas ne­gras de los ar­gen­ti­nos. No­so­tros subía­mos el vo­lu­men de la ra­dio y ha­blá­ba­mos más fuer­te por­que al otro la­do ¡es­ta­ba el em­ba­ja­dor de Ar­gen­ti­na! Se nos jun­ta­ron los dos bandos. Ellos ni ca­cha­ron, pe­ro no­so­tros es­tá­ba­mos to­dos com­pli­ca­dos.

-¿Y en la po­lí­ti­ca? ¿Tam­bién es im­por­tan­te el cor­te de pe­lo?

-To­tal­men­te. Yo creo que el que co­rre con ven­ta­ja pa­ra ser pre­si­den­te de Chi­le es uno que tie­ne bar­ba. No es por mis idea­les, yo no soy de nin­gún par­ti­do, sino que só­lo lo veo por el pe­lo. Por­que pa­ra los jó­ve­nes si­co­ló­gi­ca­men­te es re­le­van­te. En el que ya fue pre­si­den­te ven a un com­pa­dre que es­ta me­dio de­caí­do, que ya no es­tá tan ju­ga­do y es­tá me­dio gas­ta­do.

-¿Us­ted le re­co­men­da­ría a Pi­ñe­ra echar­se una ma­ni­to de gato?

-Ab­so­lu­ta­men­te. Él no tie­ne ase­so­ría de ima­gen. Él aho­ra es­tá en pleno desa­rro­llo de la ve­jez de su ima­gen. Se ve de­te­rio­ra­do. Yo le re­co­men­da­ría que se de­ja­ra el pe­lo un po­co más lar­go pa­ra que ten­ga mo­vi­mien­to, por­que se ve muy es­truc­tu­ra­do, muy du­ro y eso re­fle­ja po­co con­tac­to ciu­da­dano. El ca­be­llo es la co­ro­na que a ti te dis­tin­gue, es tu ves­tua­rio.

-¿Có­mo de­fi­ni­ría al pe­lu­que­ro chi­leno?

-El pe­lu­que­ro fran­cés es un maes­tro; clá­si­co y ele­gan­te. El ita­liano es un ca­so apar­te; ellos son la au­da­cia mis­ma, son di­fe­ren­tes. El ale­mán es es­truc­tu­ra­do y téc­ni­co. El chi­leno, en cam­bio, tie­ne la pi­car­día del la­tino. El chi­leno es ar­tís­ti­co, es téc­ni­co y tie­ne ini­cia­ti­va pro­pia, tie­ne una ver­sión pro­pia pa­ra to­das las co­sas.

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