Ti­tán

La Hora - - En2minutos - Di­rec­tor de Ga­llos.cl Pa­tri­cio Cor­va­lán

Lo que el Cie­go So­to ha­bía si­do aún es­tá pe­ga­do en las pa­re­des del ca­ma­rín. En esos re­cor­tes ama­ri­llen­tos, que com­prue­ban que hay tiem­pos que no pa­san, se le ve tan fa­mo­so, tan dis­tin­to, po­san­do con su tra­je de lu­cha­dor en los se­ten­ta en Ar­gen­ti­na, cuan­do ser lu­cha­dor en los se­ten­ta en Ar­gen­ti­na era só­lo com­pa­ra­ble con ser Pe­rón o Leonardo Fa­vio. El fút­bol, che, no exis­tía, dé­ja­te de ma­ca­nas, di­ce aho­ra el Cie­go, mien­tras le ma­sa­jea los hom­bros a tien­tas a uno de los bo­xea­do­res que en­tre­na ca­da se­ma­na.

En las fo­tos de las mu­ra­llas, el Cie­go aún veía, aun­que fue­ra por un ojo, lo que ha­bía apro­ve­cha­do pa­ra pro­cla­mar­se como “El Cí­clo­pe”, qui­zás el más fe­roz en el ca­cha­cas­cán de los se­ten­ta en Ar­gen­ti­na.

El Cie­go So­to nun­ca se prestó pa­ra en­ga­ños. Cuan­do se subía al ring, pe­lea­ba de ver­dad, lo que le va­lía el re­to de los pro­mo­to­res. Di­ce que una vez se en­te­ró de que su ar­chi­rri­val, “Mer­ce­na­rio Joe”, pi­dió en­fren­tar­lo sin re­glas. Él acep­tó. En esa pe­lea en el Lu­na Park, el Cí­clo­pe ga­nó por no­caut, pe­ro que­dó cie­go pa­ra siem­pre.

La me­mo­ria nun­ca ha si­do jus­ta con na­die. De sus pe­leas ya no que­dan re­gis­tros y cuan­do in­ten­ta mo­ti­var a sus pu­pi­los –unos fla­cos vi­lle­ros de no más de quin­ce que bus­can en el bo­xeo tal vez la úl­ti­ma op­ción pa­ra en­rie­lar­se– in­tu­ye que ca­da vez lo es­cu­chan me­nos.

Lo que los sa­cu­de, eso sí, es cuan­do el Cie­go se sube al ring pa­ra en­se­ñar­les a mo­ver­se. Allí arri­ba, la me­mo­ria del Cie­go tie­ne sus pro­pios ojos, lan­za pu­ñe­tes al ai­re mien­tras bai­la, mien­tras vue­la, mo­vién­do­se al vien­to de una mú­si­ca que só­lo él es­cu­cha, y ni se ríe cuan­do le gri­tan Al Pa­cino y no se ba­ja has­ta que ha­ce un re­do­ble con los pies, con esos pies de ca­si 80 años, an­tes de gri­tar que la san­gre no se mue­re, bo­lu­do, es­pe­ran­do por las lu­ces y los aplau­sos que, aun­que no lle­gan, ja­más lo de­ja­rán tran­qui­lo.

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