Ale­xis y Ro­ble­do

La Hora - - En2minutos - Pe­rio­dis­ta Ju­lio Sal­viat

Di­fe­ren­cias: uno es ba­ji­to (1,69), el otro te­nía es­ta­tu­ra nor­mal (1,75). Uno de­fien­de al Ar­se­nal, el otro ju­ga­ba por el New­castle. A uno lo pre­mió el Prín­ci­pe Wi­lliam, al otro lo fe­li­ci­tó Wins­ton Chur­chill. Uno era ha­bi­li­do­so y rá­pi­do, el otro era di­rec­to y con­tun­den­te. Se­me­jan­zas: los dos na­cie­ron en el nor­te, uno en To­co­pi­lla y el otro en Iqui­que. Los dos ano­ta­ron un gol pa­ra cla­si­fi­car cam­peón a su equi­po en la FA Cup, am­bos fue­ron go­lea­do­res en sus clu­bes in­gle­ses y ga­na­ron dos ve­ces el mis­mo tro­feo.

El éxi­to de Ale­xis Sán­chez hi­zo re­cor­dar al ca­si ol­vi­da­do Jor­ge Ro­ble­do. Hi­jo de iqui­que­ño (Arís­ti­des Ro­ble­do) y de in­gle­sa (El­sie Oli­ver), se fue muy ni­ño a In­gla­te­rra con su ma­dre y sin su pa­dre. Allá se hi­zo fut­bo­lis­ta y fue go­lea­dor en el Barns­ley y en el New­castle. Lo qui­sie­ron na­cio­na­li­zar in­glés y no acep­tó. Fue re­pa­tria­do pa­ra par­ti­ci­par en el Mun­dial de 1950 y se vino de­fi­ni­ti­va­men­te, pa­ra de­fen­der a Co­lo Co­lo, en 1953. El “Grin­go”, le de­cían. Y, a pe­sar de que fu­ma­ba en el ca­ma­rín, con­tri­bu­yó enor­me­men­te a que el fut­bo­lis­ta chi­leno ac­tua­ra más pro­fe­sio­nal­men­te: era el pri­me­ro en lle­gar al en­tre­na­mien­to y el úl­ti­mo en ir­se. Aca­ta­ba cie­ga­men­te las ins­truc­cio­nes del en­tre­na­dor, lle­va­ba una vi­da or­de­na­da y es­qui­va­ba las ca­sas de re­mo­lien­da a las que eran tan adic­tos los ju­ga­do­res na­cio­na­les.

En la cancha tam­bién dio lec­cio­nes. Su téc­ni­ca de re­ma­te era ca­si per­fec­ta: nun­ca ele­va­ba sus dis­pa­ros; sal­ta­ba co­mo Za­mo­rano y sus fren­ta­zos eran te­mi­bles. En­se­ñó a los pun­te­ros que era me­jor el cen­tro re­tra­sa­do que el re­ma­te sin án­gu­lo; nun­ca re­cla­mó los co­bros re­fe­ri­les ni se que­jó de las pa­ta­das. Cuan­do hi­zo el gol que le dio el tí­tu­lo al New­castle, un ni­ño de 11 años lo qui­so eter­ni­zar y di­bu­jó la es­ce­na: Ro­ble­do caía des­pués de su fe­no­me­nal sal­to, el za­gue­ro aún no reac­cio­na­ba y el ar­que­ro veía có­mo la pe­lo­ta se le ale­ja­ba des­pués del mag­ní­fi­co ca­be­za­zo. Ese ni­ño era John Len­non, y ocu­pó ese di­bu­jo pa­ra ilus­trar la ca­rá­tu­la de uno de sus dis­cos.

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