Vi­cios de Se­lec­ción

La Hora - - En2minutos - Ju­lio Sal­viat

Eu­ge­nio Me­na lle­va va­rios años ju­gan­do en el ex­tran­je­ro, y tal vez por eso no se en­te­ró de los rie­gos que aflo­ran cuan­do se vul­ne­ra la controvertida Ley Emi­lia. Si lo hu­bie­se sa­bi­do, qui­zás no ha­bría to­ma­do tan­to o no ha­bría aler­ta­do a la au­to­ri­dad del trán­si­to con­du­cien­do su au­to­mó­vil a más de 160 ki­ló­me­tros por ho­ra por la Ru­ta 168.

Los chi­le­nos tie­nen pleno de­re­cho a to­mar un tra­go ¡UN TRA­GO! Con dos, ya es­tán en pe­li­gro. Con tres, ya hay mul­ta y re­ten­ción de li­cen­cia. Con cua­tro, ya lo pue­den lle­var pre­so. Y si hay da­ños gra­ves a ter­ce­ros, le pue­de caer una pena de diez años de cár­cel.

Son mu­chos, to­da­vía, los con­duc­to­res que pien­san -con bas­tan­te ra­zón- que los con­tro­les son mí­ni­mos y que hay que te­ner ma­la suer­te pa­ra que les pi­dan los do­cu­men­tos cuan­do ma­ne­jan con tu­fo en la bo­ca y al­cohol en la san­gre. El ca­so de Me­na es es­pe­cial por un trío de ra­zo­nes: se su­po­ne que es un de­por­tis­ta, y los de­por­tis­tas de ver­dad no se ex­ce­den en el tra­go ni en las dro­gas; otra, es se­lec­cio­na­do na­cio­nal de fút­bol, y por lo tan­to es­tá obli­ga­do a so­me­ter­se a una dis­ci­pli­na es­pe­cial, la del en­tre­na­mien­to in­vi­si­ble; ter­ce­ra, las gran­des fi­gu­ras es­tán sien­do ob­ser­va­das por ni­ños y jó­ve­nes que quie­ren emu­lar­los, y su obli­ga­ción es dar­les buen ejem­plo.

Fa­lló Juan Antonio Piz­zi al jus­ti­fi­car­lo di­cien­do que “si hu­bo fal­ta fue en su tiem­po li­bre”. Con eso se es­tá evi­tan­do un lío, pe­ro a la vez le es­tá di­cien­do al plan­tel que, mien­tras no es­tén en los en­tre­na­mien­tos pue­den ha­cer lo que quie­ran. Los en­tre­na­do­res que se vie­ron en­fren­ta­dos a esa si­tua­ción fue­ron pu­si­lá­ni­mes, con una ex­cep­ción: Clau­dio Borg­hi echó a los cin­co del “Bau­ti­za­zo” que lle­ga­ron a la con­cen­tra­ción “en un es­ta­do no ade­cua­do en no­viem­bre de 2011. Al en­tre­na­dor lo des­pi­die­ron po­co des­pués. Los bo­rra­chi­nes, en cam­bio, si­guen “vi­vi­tos” en la Se­lec­ción.

En eso se tie­ne que ha­ber fi­ja­do Piz­zi. Y no sa­be el mal que es­tá cau­san­do.

Pe­rio­dis­ta

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