El hai­tiano ima­gi­na­rio

Jean Jac­ques Pie­rre-Paul es mé­di­co y el pri­mer hai­tiano co­no­ci­do por es­cri­bir poe­sía en es­pa­ñol. En su is­la na­tal tra­zó via­jes fic­ti­cios, que lue­go to­ma­ron for­ma real en Cu­ba, Chi­loé y Las Cru­ces, don­de re­si­de ha­ce cua­tro años.

La Hora - - Entrevista - Tex­to Luis Va­len­zue­la Ola­ve Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca Re­yes

Has­ta las seis de la tar­de, to­dos los jue­ves y al­gu­nos vier­nes, Jean Jac­ques Pie­rre-Paul tra­ba­ja co­mo mé­di­co en un box de un hospital de Es­ta­ción Cen­tral. Sus pa­cien­tes en su ma­yo­ría son chi­le­nos, pe­ro de vez en cuan­do se en­cuen­tra con hai­tia­nos. Sus com­pa­trio­tas en es­ta épo­ca tie­nen una com­pli­ca­ción fre­cuen­te: los sa­ba­ño­nes.

“El frío de San­tia­go se sien­te en los hue­sos. El do­lor de la hin­cha­zón es in­aguan­ta­ble y eso le ha pa­sa­do a mu­chos hai­tia­nos. Ha­ce fal­ta más de un in­vierno en Chi­le pa­ra adap­tar­se”, di­ce.

Cuan­do aca­be la char­la, su­birá a su ca­mio­ne­ta y to­ma­rá la Ru­ta 78 con di­rec­ción a Las Cru­ces. Sin la ba­ta mé­di­ca, apa­re­ce el poe­ta que ha pu­bli­ca­do cua­tro li­bros, los dos úl­ti­mos con ver­sos con­ce­bi­dos en es­pa­ñol. Su ca­sa es­tá a cin­co mi­nu­tos a pie de don­de duer­me Ni­ca­nor Pa­rra, aun­que no lo ha vi­si­ta­do.

“Al lle­gar a Las Cru­ces, ha­ce cua­tro años, Pa­rra ya no sa­lía ca­si na­da. No al­can­cé a ver al poe­ta que ca­mi­na­ba, que iba a Car­ta­ge­na a com­prar el dia­rio. Aho­ra es di­fí­cil, hay que ser ami­go de la fa­mi­lia pa­ra ver­lo. Tal vez si voy me re­ci­ben, quién sa­be”, aña­de.

Pie­rre-Paul na­ció ha­ce 38 años en Jac­mel, po­lo crea­ti­vo del Ca­ri­be ubi­ca­do a 90 ki­ló­me­tros de la ca­pi­tal de Hai­tí, Puerto Prín­ci­pe. Hi­jo de cam­pe­si­nos y con nue­ve her­ma­nos en di­fe­ren­tes pun­tos del con­ti­nen­te, fue for­ma­do en es­cue­las pú­bli­cas. La is­la la de­jó pa­ra con­ti­nuar sus es­tu­dios de me­di­ci­na co­mo be­ca­do en Cu­ba. Fue en San­tia­go de Cu­ba que el poe­ta de ese país Rey­nal­do Gar­cía Blan­co (Pre­mio Ca­sa de las Amé­ri­cas 2017) le en­se­ñó a es­cri­bir poe­sía en es­pa­ñol.

“Me ayu­dó bas­tan­te a sen­tir las emo­cio­nes en es­pa­ñol. Yo ve­nía es­cri­bien­do en créo­le y en fran­cés. Si pien­so en fran­cés y lo es­cri­bo en es­pa­ñol, eso es una tra­duc­ción. Es­cri­bir poe­sía en es­pa­ñol me to­mó diez años, no es lo mis­mo que es­cri­bir una ficha mé­di­ca”, di­ce.

A Chi­le lo tra­jo un ma­gis­ter en sa­lud pú­bli­ca, que cur­só en la Uni­ver­si­dad de Val­pa­raí­so. Sa­bía de la dic­ta­du­ra, Iván Za­mo­rano y Pa­blo Ne­ru­da, de quien tra­du­jo a su idio­ma na­tal Ar­te de Pá­ja­ros.

“Ve­nir fue una de­ci­sión que con mi es­po­sa to­ma­mos brus­ca­men­te, es­tá­ba­mos a pun­to de ir a Es­pa­ña”, aco­ta Pie­rre-Paul, pa­dre de dos hi­jos.

De eso han pa­sa­do ocho años. Vi­vie­ron los dos pri­me­ros en Es­ta­ción Cen­tral y uno en Que­llón, Chi­loé, an­tes de ra­di­car­se en Las Cru­ces. “En San­tia­go per­dí la sen­sa­ción de que el mun­do era mi ca­sa, te­nía que adap­tar­me mu­cho a to­do. Un ami­go me re­co­men­dó el litoral cen­tral y me pa­só las lla­ves de su ca­sa, en El Ta­bo. Al tiem­po me com­pré la ca­sa en Las Cru­ces, pues en­con­tré el en­can­ta­mien­to que bus­co”. -¿Sabías del Litoral de los Poe­tas?

-No sa­bía. Cuan­do em­pe­cé a ir a la bi­blio­te­ca co­no­cí otros poe­tas. Son cer­ca de vein­te que dan vuel­ta por el litoral, en­tre quie­nes vi­ven es­ta­ble­men­te y los que no. En to­do ca­so, pa­ra mí el úni­co sen­ti­do del Litoral de los Poe­tas es por los poe­tas vi­vos, no en­cuen­tro nin­gu­na gra­cia lla­mar­lo así por los poe­tas que no es­tán. La poe­sía de­be es­tar vi­va, no muer­ta. -¿Có­mo con­vi­ve su tra­ba­jo co­mo mé­di­co con la poe­sía?

-No siem­pre ha si­do un complemento, al prin­ci­pio tu­ve que apren­der a ma­ne­jar es­tos dos mun­dos, a con­ci­liar. Co­mo mé­di­co ha­blo de te­mas que en­tien­do y co­mo poe­ta ha­blo por­que no en­tien­do la vi­da. Vi­vir poé­ti­ca­men­te no lo to­mo co­mo vi­vir en un mun­do idea­li­za­do, en la uto­pía. Es vi­vir aquí con los pies so­bre la tie­rra, el lu­gar del poe­ta es­tá en­tre los hu­ma­nos, sin los de­más no exis­te. El mun­do no hay que en­fren­tar­lo, hay que ilu­mi­nar­lo. No exis­to sin los de­más, to­dos so­mos abis­mos has­ta que la be­lle­za nos sal­va. Por lo tan­to las dos ex­pe­rien­cias, me­di­ci­na y poe­sía, ra­ti­fi­can es­ta ne­ce­si­dad de va­lo­rar al otro.

-¿Qué te su­ce­de cuan­do vas a San­tia­go y apre­cias la mag­ni­tud del fe­nó­meno de la in­mi­gra­ción en las ca­lles? -La in­mi­gra­ción cam­bia la his­to­ria de cual­quier país. San­tia­go de Chi­le se es­tá ha­cien­do cos­mo­po­li­ta.

Al mis­mo tiem­po, eso es un cos­mo­po­li­tis­mo no desea­do, por­que la gen­te se sien­te in­va­di­da. Cre­ci­mos con es­te mie­do, de que el otro es un pe­li­gro pa­ra no­so­tros. Trans­for­mar­se a una ciu­dad cos­mo­po­li­ta ge­ne­ra un cho­que, al­gu­nos lo ven co­mo al­go nor­mal y po­si­ti­vo, y otros po­nen re­sis­ten­cia. -¿Cuá­les son la re­sis­ten­cias que en­fren­tan tus com­pa­trio­tas?

- La so­cie­dad chi­le­na no es­tá preparada pa­ra es­te ti­po de mi­gran­tes. Yo tu­ve la opor­tu­ni­dad, por­que ve­nía de otro ca­mino. Yo mi­ro mis com­pa­trio­tas y veo una frus­tra­ción enor­me. ¿Qué fu­tu­ro tie­ne un pro­fe­sor hai­tiano que lle­ga Chi­le y no ha­bla es­pa­ñol? Tie­ne que ol­vi­dar­se que es pro­fe­sor y eso ge­ne­ra una frus­tra­ción eter­na. Ese es el error que co­me­te el mi­gran­te hai­tiano. Al­gu­nos de­ja­ron la uni­ver­si­dad, con la idea de tra­ba­jar y es­tu­diar en Chi­le. ¿Pe­ro si es­tás tra­ba­jan­do con el suel­do mí­ni­mo có­mo vas a es­tu­diar y tra­ba­jar? Pue­den es­tu­diar y tra­ba­jar si tie­nen al­guien que los ayu­de, si vi­ven con sus pa­dres por ejem­plo, pe­ro có­mo vas a tra­ba­jar y es­tu­diar vi­vien­do so­lo. -¿Có­mo es el ra­cis­mo de la so­cie­dad chi­le­na? ¿Cuál es su me­di­da?

-He vis­to que el chi­leno es más ra­cis­ta por imi­ta­ción que por ne­ce­si­dad. ¿Qué ne­ce­si­dad tie­ne una per­so­na que nun­ca ha vis­to per­so­nas de mi

co­lor de reac­cio­nar mal? Bra­sil es uno de los lu­ga­res del mun­do con más con­flic­tos ra­cia­les, por­que ha si­do par­te de su his­to­ria. Pe­ro en Chi­le, el que me ve, reac­cio­na por imi­ta­ción, por lo que ha vis­to o es­cu­cha­do. -¿En qué se pa­re­cen Chi­le y Hai­tí?

-So­mos so­cie­da­des cons­trui­das so­bre un fe­nó­meno de­vas­ta­dor, que es la ex­plo­ta­ción del hom­bre por el hom­bre, ba­sa­da en la teo­ría de una do­mi­na­ción for­za­da. El co­lo­nia­lis­mo nun­ca ter­mi­na, nin­gu­na do­mi­na­ción bru­tal ter­mi­na real­men­te por­que de­ja se­cue­las eter­nas. Es un do­lor hu­mano inol­vi­da­ble. Lo que que­da son so­cie­da­des cons­trui­das so­bre pre­jui­cios y mie­do al otro. Des­pués, hay di­fe­ren­cias en cuan­to al ti­po de go­bierno, unos con más dic­ta­do­res que otros, pe­ro to­dos de­be­ría­mos ser ca­za­do­res de dic­ta­do­res por­que he­mos te­ni­do una his­to­ria pa­re­ci­da de dic­ta­do­res, ma­los go­bier­nos y co­rrup­ción.

-¿Va a cam­biar el ima­gi­na­rio de Chi­le con la poe­sía y na­rra­ti­va que ge­ne­ren los su­je­tos mi­gran­tes?

-Yo creo que va a exis­tir una poe­sía de en­cuen­tro, de los múl­ti­ples mun­dos que se es­tán jun­ta­do en Chi­le. Eso se­rá en­ri­que­ce­dor pa­ra la cul­tu­ra chi­le­na. Los fa­ná­ti­cos creen que la iden­ti­dad es inal­te­ra­ble y eso es un error, por­que na­da es inal­te­ra­ble en es­te mun­do: no exis­te la des­truc­ción

de la iden­ti­dad, to­da cul­tu­ra de­be pa­sar por es­tos fe­nó­me­nos. -Jean Beau­se­jour sim­bo­li­za bien es­tos en­cuen­tros.

-Él es un ejem­plo de un in­ter­cam­bio de tres mun­dos, en­tre su ori­gen ma­pu­che, hai­tiano y chi­leno. Beau­se­jour no es un ser sin iden­ti­dad, pe­ro den­tro de su iden­ti­dad chi­le­na ha si­do un pun­to de en­cuen­tro. Y eso es lo que no en­tien­den los fa­ná­ti­cos de la iden­ti­dad. Va­mos a em­pe­zar a te­ner hi­jos de in­mi­gran­tes en la Se­lec­ción y es­to se va a no­tar más. Es­to se de­be ir no­tan­do en las de­más áreas, en la edu­ca­ción y la cien­cia, pa­ra ge­ne­rar un cam­bio en la men­ta­li­dad. El fútbol mue­ve ma­sas y, cla­ro, se va a ha­cer más vi­si­ble cuan­do lle­gue al­guien co­mo mi hi­jo a la Se­lec­ción Chi­le­na.

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