El cho­que

La Hora - - En 2 Minutos - Di­rec­tor de Ga­llos.cl Pa­tri­cio Cor­va­lán

Aho­ra que es­tán dis­cu­tien­do se mi­ran con esa ex­tra­ñe­za de los que ja­más se han co­no­ci­do del to­do o más bien, de­bi­do a la pe­lea, como si re­cién se es­tu­vie­sen co­no­cien­do. Son ami­gos, ha­ce mu­cho, pe­ro esa con­di­ción tam­ba­lea es­ta ma­ña­na en el ca­fé de­bi­do a las cir­cuns­tan­cias –lo re­cal­ca uno, como que­ja– por ha­ber­se de­ci­di­do a tra­ba­jar jun­tos en un pro­yec­to que ha­bía fa­lla­do. Le en­ros­tra la fal­ta de pro­fe­sio­na­lis­mo en va­ya a sa­ber uno qué pro­ce­so del pa­pe­leo, aun­que el otro só­lo ati­na a res­pon­der con ata­ques de vuel­ta, uno tras otro, como esas olas len­tas que re­vien­tan jus­to al al­can­zar la ori­lla.

A me­di­da que el ca­fé se va en­frian­do, los re­pro­ches in­va­den lo que, pro­te­gi­do por la amis­tad, per­ma­ne­cía atrin­che­ra­do. El uno le ven­ti­la al­go so­bre un prés­ta­mo. El otro lo en­fren­ta in­vo­can­do a una her­ma­na. Por un mo­men­to, las vo­ces dis­traen, in­co­mo­dan, es­ca­lan, y los co­men­sa­les se re­fu­gian tras el des­plie­gue de un dia­rio o se in­crus­tan en la pan­ta­lla del ce­lu­lar como si na­da ocu­rrie­ra. La co­sa pin­ta pa­ra mal, por­que el otro pu­ñe­tea la me­sa en­ro­je­ci­do y el uno se re­plie­ga con una son­ri­sa que due­le tan­to como un cas­ti­go.

Los dos, per­di­dos, suben la apues­ta pa­ra da­ñar­se mu­tua­men­te al pun­to que ya no se es­cu­chan. Só­lo se hie­ren.

En un mo­men­to, la se­ño­ra de uno lo lla­ma. Con­tes­ta con un aló en­fu­re­ci­do, pe­ro cam­bia de rojo a blan­co, de gri­to a si­len­cio, en un se­gun­do. La cho­ca­ron, es­tá en la clí­ni­ca, bien, pe­ro con le­sio­nes. Él se blo­quea. El otro, como si las olas hu­bie­ran pa­sa­do, lo in­te­rro­ga con la mi­ra­da y, como tan­tas ve­ces, apo­ya su mano so­bre el bra­zo que co­mien­za a ti­ri­tar.

El uno cor­ta y le ex­pli­ca al­go que nadie en el ca­fé lo­gra es­cu­char. El otro pa­ga, lo abra­za, lo acom­pa­ña. Sa­len, sin li­mar aún tan­tos do­lo­res, ha­cia otro de esos mo­men­tos que han mar­ca­do sus vidas antes de que, por una pe­lea, se en­re­da­ran los ca­mi­nos.

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