“Una opor­tu­ni­dad pue­de ha­cer la di­fe­ren­cia”

A po­co más de un mes de la pro­mul­ga­ción de la Ley de In­clu­sión La­bo­ral, Matías Bra­vo, hoy je­fe en un su­per­mer­ca­do de La Flo­ri­da, cuen­ta lo que tu­vo que su­frir pa­ra en­con­trar un tra­ba­jo es­ta­ble an­tes de que hu­bie­ra una nor­ma­ti­va.

La Hora - - Portada - Tex­to: Ar­tu­ro Fi­gue­roa B. Fo­to­gra­fía: Fer­nan­do Cam­pos

Per­se­ve­ran­te y pi­co­ta. Se de­fi­ne así, por­que an­te un no, Matías Bra­vo (28) ha­ce to­do, pe­ro to­do, pa­ra re­ver­tir­lo y ob­te­ner un sí. Sin una Ley de In­clu­sión La­bo­ral, bus­có y re­bus­có has­ta que, ha­ce unos seis años, con­si­guió un tra­ba­jo es­ta­ble.

Des­de el 8 de ju­nio de es­te año, Chi­le tie­ne una le­gis­la­ción que exi­ge a to­das las empresas pri­va­das y organismos pú­bli­cos con más de 100 tra­ba­ja­do­res que al me­nos el uno por cien­to sean per­so­nas en si­tua­ción de dis­ca­pa­ci­dad. “Es tre­men­da­men­te po­si­ti­va la ley, pe­ro hay que avan­zar mu­cho más”, di­ce él.

Bra­vo na­ció con ar­tro­gli­po­sis múl­ti­ple, es de­cir, con pro­ble­mas se­ve­ros en to­das sus ex­tre­mi­da­des. “Des­de que ten­go uso de razón he ido a la Te­le­tón”, sub­ra­ya quien, tras años de ba­ta­llar, su­peró el bull­ying, sa­có el co­le­gio, en­tró a la educación su­pe­rior, con­si­guió pe­ga y for­mó una fa­mi­lia. Si la in­clu­sión ne­ce­si­ta­ra de un ros­tro sím­bo­lo, él se­ría un ex­ce­len­te can­di­da­to.

-¿Qué tan difícil fue en­con­trar pe­ga?

-Me cos­tó bas­tan­te. Fui a mu­chas en­tre­vis­tas de tra­ba­jo a lu­ga­res don­de cum­plía con to­das las ap­ti­tu­des pe­ro en los que siem­pre me de­cían co­sas co­mo que la in­fra­es­truc­tu­ra no es­ta­ba acor­de con­mi­go. Re­cuer­do que fui a una en­tre­vis­ta en la To­rre Ti­ta­nium y me de­cían que có­mo lo iban a ha­cer con­mi­go si ha­bía una eva­cua­ción de emer­gen­cia.

-Co­mo que te es­ta­ban ha­cien­do un fa­vor al no con­tra­tar­te.

-Cla­ro, al­go sú­per ra­ro si yo, de he­cho, lle­gué a la en­tre­vis­ta por mis pro­pios me­dios y po­día su­bir y ba­jar es­ca­le­ras so­lo. Aho­ra, yo en el cu­rrí­cu­lum nun­ca pu­se que te­nía una dis­ca­pa­ci­dad por­que me co­noz­co y ja­más pos­tu­la­ría a un tra­ba­jo que evi­den­te­men­te no po­dría ha­cer. Pe­ro no­ta­ba que yo lle­ga­ba y me mi­ra­ban con una ca­ra de qué ha­go con él, lo en­tre­vis­to y le di­go gra­cias por ve­nir.

-Así es­tu­vis­te por años.

-Du­ran­te un tiem­po só­lo pu­de con­se­guir tra­ba­jos es­po­rá­di­cos. Me cos­tó ge­ne­rar es­ta­bi­li­dad. No­ta­ba que no me da­ban el pa­se, en el fon­do, por la dis­ca­pa­ci­dad y pun­to.

-¿Y có­mo lle­gas­te a Wall­mart?

-A tra­vés de la uni­dad la­bo­ral de la Te­le­tón hi­ce cur­sos de con­ta­bi­li­dad y otros por el es­ti­lo y un día me lla­ma­ron pa­ra pre­gun­tar­me en qué área me in­tere­sa­ba pos­tu­lar, por­que ha­bía va­rias va­can­tes en Wall­mart. En ese mo­men­to no sa­bía na­da de ellos ni de su cul­tu­ra in­ter­na­cio­nal de in­clu­sión, la ver­dad. Co­no­cía los Lí­der, no­más. Les gus­té, hi­ce una in­duc­ción y me con­tra­ta­ron. Lo me­jor es que nun­ca he te­ni­do un tra­to dis­tin­to o es­pe­cial acá.

-Hay empresas que ha­cen cier­tas co­sas pa­ra me­jo­rar su ima­gen cor­po­ra­ti­va o por me­ra ca­ri­dad. En tu caso, has po­di­do ha­cer una ca­rre­ra de va­rios años aquí.

-Llevo ca­si seis. Lle­gué co­mo eje­cu­ti­vo y aho­ra soy je­fe de su­cur­sal. Ima­gí­na­te lo que se pue­de lo­grar con só­lo una opor­tu­ni­dad. Una. An­tes vivía con mi vie­ja y mi her­mano, pa­sa­ba en la ca­sa. Aho­ra ten­go a ocho per­so­nas a car­go aquí, ten­go una fa­mi­lia y la pue­do sa­car ade­lan­te.

-¿Có­mo lo di­ces? ¿Per­so­nas con ca­pa­ci­da­des dis­tin­tas, en si­tua­ción de dis­ca­pa­ci­dad o dis­ca­pa­ci­ta­dos a se­cas?

-Pa­ra mí es lo mis­mo, tra­tan de que sue­ne más bo­ni­to no más. Más que en­re­dar­se en los con­cep­tos, lo que im­por­ta es que ha­ya res­pe­to. A mí me to­có una ni­ñez sú­per du­ra, por­que los niños pue­den ser sú­per crue­les. En­ton­ces, pa­ra lo que tu­ve que es­cu­char...

-¿Qué te pa­só?

-Me mo­les­ta­ban mu­cho por las ma­nos. Hoy mis ami­gos, sú­per en bue­na y en con­fian­za, me di­cen que soy co­mo Pi­ñe­ra: que ten­go los bra­zos cor­tas pe­ro igual aga­rro har­to. Con eso me río, pe­ro en se­gun­do, ter­ce­ro bá­si­co, con los ca­bros de El Mon­te ju­gá­ba­mos a los va­que­ros y me pu­sie­ron pis­to­la chue­ca, por­que no po­día apun­tar con el de­do co­mo to­dos. Llo­ra­ba, me da­ba mu­cha la­ta. Más gran­de, cuan­do vi­vi­mos en Cau­que­nes, me pa­sa­ba otra co­sa: me enamo­ra­ba y las chi­qui­llas ob­via­men­te no me pes­ca­ban.

-Te to­ma­ban co­mo el ami­go.

-Cla­ro, el ami­go bue­na on­da. ¿Te cuen­to al­go? En Cau­que­nes, con mis pri­mos ju­gá­ba­mos fút­bol to­dos los días y al cho­que; me tra­ta­ban co­mo uno más del lo­te. Eso me gus­ta­ba y me ayu­dó en mi desa­rro­llo. En cam­bio, co­mo a los do­ce me ins­cri­bí en un club ama­teur de fút­bol. Ter­mi­nó el torneo y nun­ca ju­gué; siem­pre iba a en­trar y al fi­nal no en­tra­ba a la can­cha. Me iban a dar una me­da­lla por la par­ti­ci­pa­ción y no la re­ci­bí: me dio im­po­ten­cia.

-Nun­ca qui­sis­te ser un po­bre­ci­to.

-Es así. De to­das for­mas de­bo de­cir que soy uno de mu­chos que le de­be­mos to­do a la Te­le­tón. Lo di­go por mí y tam­bién por mi fa­mi­lia. Los pro­fe­sio­na­les brin­dan apo­yo si­co­ló­gi­co a los pa­pás y eso hi­zo que mi ma­dre pu­die­ra so­bre­lle­var to­do. Tu­vie­ron que con­te­ner­la, por-

“Ima­gí­na­te lo que se pue­de lo­grar con só­lo una opor­tu­ni­dad. Una. Aho­ra ten­go a ocho per­so­nas a car­go en el tra­ba­jo, ten­go una fa­mi­lia y la pue­do sa­car ade­lan­te”.

que ella llo­ra­ba a ma­res cuan­do me veía de pe­que­ño. Aho­ra no lo ves, pe­ro ade­más na­cí con los dos pies ha­cia aden­tro, ten­go co­mo ocho ope­ra­cio­nes, que las pier­nas, la ca­de­ra, las ma­nos. Ima­gí­na­te a mi ma­má en esos años so­la, por­que mi pa­pá se asus­tó y se ale­jó un tiem­po. En­ton­ces ella ba­ta­lla­ba so­la con­mi­go. La ayu­da­ron a es­tar más tran­qui­la.

-Ya no es­tás en Te­le­tón.

-Me die­ron de al­ta al­re­de­dor del 2012, con ce­re­mo­nia y to­do. Yo ha­go prác­ti­ca­men­te to­do so­lo hoy: me ba­ño, me vis­to, me tras­la­do, con ayu­da de al­gu­nas pró­te­sis pe­ro ten­go in­de­pen­den­cia. Lo úl­ti­mo que vi­mos fue la po­si­bi­li­dad de ha­cer­me una ope­ra­ción a las ma­nos, pe­ro esa ci­ru­gía, que me las iba a de­jar es­té­ti­ca­men­te nor­ma­les, po­día de­jar­me cier­ta in­mo­vi­li­dad. De­ci­dí que no me las iba a ope­rar, por­que ya sé usar­las así.

-¿Có­mo co­no­cis­te a Nancy, tu mu­jer?

-Por in­ter­net.

-¿En se­rio?

-Con Ba­doo. Re­cién ha­bía en­tra­do a Wall­mart y en mis ra­tos libros usa­ba la apli­ca­ción por recomendación de un ami­go. Con­ver­sá­ba­mos por ahí has­ta que un día nos jun­ta­mos. Ella tie­ne cin­co años más que yo y dos hi­jos que los quiero co­mo si fue­ran míos. Vi­ven con no­so­tros. No sé si lla­mar­lo suer­te, pe­ro con ella soy una per­so­na fe­liz.

-Has lo­gra­do sur­gir. Hay mu­chos que no.

-Por­ta­zos uno va a re­ci­bir siem­pre. Soy per­se­ve­ran­te y pi­co­ta, pe­ro creo que el apo­yo de la fa­mi­lia es fun­da­men­tal. Si una per­so­na sin dis­ca­pa­ci­dad se des­mo­ti­va cuan­do bus­ca tra­ba­jo y no en­cuen­tra, ima­gí­na­te lo que pue­de ser pa­ra uno. Hay que apren­der a per­se­ve­rar.

-¿Qué le fal­ta a la Ley de In­clu­sión La­bo­ral que se aca­ba de pro­mul­gar?

-Pri­me­ro, creo que el me­ro he­cho de que una ley co­mo es­ta se ha­ya pro­mul­ga­do es tre­men­da­men­te po­si­ti­vo. Hay co­sas que me­jo­rar ob­via­men­te: creo que hay mu­chí­si­mas más per­so­nas con ca­pa­ci­da­des dis­tin­tas que pue­den apor­tar que ese uno por cien­to que exi­ge la nor­ma. Ade­más, cuan­do tú le das un tra­ba­jo a una per­so­na con una dis­ca­pa­ci­dad va a te­ner un com­pro­mi­so y un sen­ti­do de res­pon­sa­bi­li­dad su­pe­rior con esa em­pre­sa.

-¿Y qué le fal­ta a la ciu­dad?

-Res­pec­to de in­fra­es­truc­tu­ra en­cuen­tro que fal­ta har­to. Al­go tan bá­si­co co­mo el es­ta­do de las ve­re­das es sú­per im­por­tan­te que se arre­gle, no só­lo por el te­ma de las si­llas de rue­das: yo de re­pen­te me tro­pie­zo en una ve­re­da cuan­do es­tá dis­pa­re­ja y me ima­gino a la gen­te con una dis­ca­pa­ci­dad vi­sual. Ahí, en­ton­ces, hay un rol del Es­ta­do que tie­ne que ejer­cer­se.

-Sí de­bo de­cir que pa­ra per­so­nas co­mo yo, el Tran­san­tia­go ha sido un apor­te. Ima­gí­na­te te­ner que pa­gar con mo­ne­das, que có­mo me afir­mo, que el vuel­to, que tie­nes un pie pues­to en la mi­cro y el cho­fer par­te...

-En Chi­le hoy te­ne­mos per­so­nas con dis­ca­pa­ci­dad que bri­llan en dis­tin­tas áreas, co­mo el de­por­te por ejem­plo. ¿Có­mo lo ves?

-Al igual que ellos, no ten­go lí­mi­tes ni me los pon­go. Ten­go ob­je­ti­vos, no lí­mi­tes. Quiero se­guir cre­cien­do, asu­mir cargos más im­por­tan­tes y po­der dar­le to­do a mi hi­ja, te­ner mi ca­sa pro­pia, me­jo­rar nues­tra ca­li­dad de vida. Y, ter­mi­nar en el ins­ti­tu­to mis es­tu­dios de Téc­ni­co en Ad­mi­nis­tra­ción de Empresas, que op­té por con­ge­lar­los pa­ra pri­vi­le­giar los tiem­pos con mi hi­ja. Me iba bien, no me eché nin­gún ra­mo pe­ro me pa­re­ció lo co­rrec­to. Más ade­lan­te me gus­ta­ría con­va­li­dar pa­ra sa­car una in­ge­nie­ría, quiero pro­fe­sio­na­li­zar­me. Uno cuan­do chi­co sue­ña co­sas y yo que­ría ser fut­bo­lis­ta y pre­si­den­te. Lue­go, la vida te va dan­do ma­ti­ces, guías pa­ra dón­de ir.

-Bueno, en Ecua­dor es­te año ga­nó las elec­cio­nes pre­si­den­cia­les Le­nín Mo­reno, que es pa­ra­plé­ji­co y an­da en si­lla de rue­das.

-¿Vis­te? Voy a es­tu­diar lo de mi can­di­da­tu­ra en­ton­ces.

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