¿Por qué el in­glés que gra­bó a los Sto­nes se vino a Chi­le?

El bri­tá­ni­co Barry Sa­ge vi­ve en Chi­le ha­ce cua­tro años y tra­ba­ja co­mo in­ge­nie­ro y pro­duc­tor mu­si­cal. De am­plio cu­rrí­cu­lum, en 1981 gra­bó con los Ro­lling Sto­nes una de sus can­cio­nes em­ble­ma: Start me up. Los aplau­sos que se es­cu­chan en el co­ro son de él. T

La Hora - - En 2 Minutos - Tex­tos Ar­tu­ro Fi­gue­roa B. Fo­to­gra­fía Ga­briel Ga­ti­ca R.

En una fría no­che de in­vierno de 1981, el can­tan­te de los Ro­lling Sto­nes, Mick Jag­ger, le pi­de al in­ge­nie­ro de so­ni­do de turno, su com­pa­trio­ta Barry Sa­ge, que lo ayu­de a gra­bar unos aplau­sos para un te­ma. Él, obe­dien­te, co­rre y lo ha­ce.

La can­ción en cues­tión era Start me up, has­ta hoy un em­ble­ma má­xi­mo del re­per­to­rio de los roc­ke­ros in­gle­ses. Só­lo por esos

clap clap en un re­gis­tro tan exi­to­so, Sa­ge cal­cu­la que le han pa­ga­do re­ga­lías por unos 15 mi­llo­nes de pe­sos. Aplau­sos.

Sa­ge (62 años) es un in­mi­gran­te. To­mó la de­ci­sión de ve­nir­se a vi­vir a Chi­le a co­mien­zos de es­ta dé­ca­da. ¿Por qué des­pués de tra­ba­jar en la pri­me­ra di­vi­sión de la mú­si­ca mun­dial, con ar­tis­tas co­mo Pet Shop Boys, Mad­ness, Boy Geor­ge y New Or­der, de­ci­dió mi­grar al sur del mun­do? “Acá hay un me­jor ba­lan­ce en­tre tra­ba­jo y vi­da. Yo no soy un sú­per am­bi­cio­so”, res­pon­de. -¿Era muy com­pli­ca­do re­la­cio­nar­se con los Ro­lling Sto­nes en esa épo­ca?

-Cla­ro. Es­ta­bas tres días en­te­ros, día y no­che, sin pa­rar ni para com­prar al­go para co­mer. Ha­bía dro­gas, ob­via­men­te. Y, cla­ro, to­do te­nía ese la­do co­mo ro­mán­ti­co de es­tar con íco­nos pe­ro tam­bién era tu tra­ba­jo y te­nías que es­tar siem­pre aler­ta y dis-

pues­to para ellos. -Gra­bas­te Start me up, que hoy es su ma­yor himno jun­to con Sa­tis­fac­tion.

-Creo que es el te­ma más ven­de­dor en la his­to­ria del gru­po. Pien­sa que tam­bién se ha usa­do mu­cho para pu­bli­ci­dad, in­clu­so Win­dows lo hi­zo. Yo tra­ba­jé con ellos en dos oca­sio­nes, co­mo asis­ten­te de Ch­ris Kim­sey, el in­ge­nie­ro: para So­me girls (1978) y para

Tat­too you (1981), que es un dis­co ra­ro por­que es una co­lec­ción de out­ta­kes, te­mas que se gra­ba­ron an­tes pe­ro no se ha­bían in­clui­do en nin­gún dis­co. To­ma­ron esas gra­ba­cio­nes y le agre­ga­mos otras co­sas: gui­ta­rras, per­cu­sio­nes, vo­ces. Esa no­che es­tá­ba­mos tra­ba­jan­do Mick Jag­ger y yo so­los y me di­ce ne­ce­si­to unas pal­mas aquí, ayú­da­me por fa­vor. Re­bo­bino la cin­ta, pon­go Rec, co­rro al lu­gar don­de es­ta­ba él y em­pie­zo a aplau­dir.

-Un tiem­po des­pués, Kim­sey me di­ce pue­de que por esas pal­mas ten­gas di­ne­ro por ro­yal­ties. Y, sí, ha­bía. Calcu­lo que he re­ci­bi­do unos $15 mi­llo­nes.

-¿Có­mo fue­ron los co­mien­zos de tu ca­rre­ra co­mo gra­ba­dor?

-Em­pe­cé co­mo un tea boy en los es­tu­dios Tri­dent en el Soho, Lon­dres, cuan­do Queen es­ta­ba gra­ban­do Se­ven seas of rh­ye.

En esa épo­ca, en ese lu­gar gra­bó mu­cha gen­te co­no­ci­da co­mo David Bo­wie, El­ton John, Su­per­tramp. Bá­si­ca­men­te, yo ha­cía el té y el ca­fé. Así se par­tía en esa épo­ca.

-Des­pués de los Ro­lling Sto­nes gra­bas­te otro mega éxi­to: Blue mon­day de New Or­der. -Tra­ba­ja­ba free lan­ce en esa épo­ca. Re­ci­bí un lla­ma­do y ter­mi­né co­mo in­ge­nie­ro asis­ten­te con ellos en el dis­co Po­wer, co­rrup­tion

and lies y el sin­gle Blue mon­day. Ber­nard Sum­ner in­ven­tó la le­tra mien­tras la can­ta­ba. Su­pues­ta­men­te, se to­mó una sus­tan­cia alu­ci­nó­ge­na an­tes para ayu­dar­se con la com­po­si­ción. A di­fe­ren­cia de los Ro­lling, ellos eran más tran­qui­los para tra­ba­jar. Pa­sé un muy buen tiem­po ahí. -¿Qué otro mú­si­co te ha de­ja­do una bue­na im­pre­sión?

“Es­tá­ba­mos so­los con Mick Jag­ger esa no­che y me di­ce ayú­da­me. Re­bo­bino la cin­ta, pon­go Rec, co­rro ha­cia él y em­pie­zo a aplau­dir”.

-Prin­ce. Tra­ba­jé con él para la ban­da so­no­ra de una pe­lí­cu­la que se lla­ma Un­der the cherry moon (1986). Era muy exi­gen­te con sus mú­si­cos, bus­can­do la in­ter­pre­ta­ción per­fec­ta. Co­mo Ja­mes Brown, creo.

-¿Qué te can­só co­mo para ra­di­car­te en un país tan ale­ja­do co­mo és­te?

-Los gran­des ar­tis­tas no gra­ban mu­cho y vi­ven de lo que re­gis­tra­ron ha­ce dé­ca­das. El ne­go­cio se mo­vió a los shows en vi­vo y tam­bién a co­sas co­mo X Fac­tor o The Voi­ce, que son pro­duc­tos po­co in­tere­san­tes. Me atrae más lo sub­te­rrá­neo, que por lo ge­ne­ral tie­ne más ho­nes­ti­dad y on­da. Al­go más cer­cano al es­pí­ri­tu que te­nían los Ro­lling cuan­do em­pe­za­ron. -Es un po­co ra­ro que al­guien del pri­mer mun­do quie­ra vi­vir acá.

-Allá hay un cier­to es­tán­dar de vi­da, pe­ro hay mo­men­tos en que tam­po­co ha si­do tan así. Y siem­pre que vi­ne a Chi­le me sen­tí muy fe­liz. Por la gen­te, pe­ro tam­bién por co­sas que para otro pue­den ser tan sim­ples co­mo la na­tu­ra­le­za, la luz y la cor­di­lle­ra. -En Lon­dres siem­pre es­tá nu­bla­do.

-Sí, te­rri­ble. El sol aso­ma po­co, ha­ce frío. Y en In­gla­te­rra la gen­te es así: más fría y gris, en el sen­ti­do de que no hay mu­cha co­mu­ni­ca­ción,

y son ob­se­si­vos con el tra­ba­jo o con la fa­mi­lia. Con una co­sa o con la otra. -Tu re­la­ción con Chi­le par­tió de a po­co.

-La pri­me­ra vez que vi­ne fue en 1996 para la com­pa­ñía BMG -con la que ya ha­bía tra­ba­ja­do des­de Ma­drid para el dis­co Es­pe­ran­do na­da de Ni­co­le- para gra­bar Play del gru­po So­lar, que es de los tra­ba­jos con los que he que­da­do más con­ten­to en mi vi­da. El 2010, por una in­vi­ta­ción del Duoc para dar una char­la, vol­ví. An­tes de de­ci­dir vi­vir en San­tia­go es­tu­ve en Es­pa­ña y, en un mo­men­to, allá se pu­so di­fí­cil el te­ma la­bo­ral.

A tra­vés del Duoc co­no­cí a la due­ña de es­te es­tu­dio (Stu­dios Mas­ter, su ac­tual cen­tro de ope­ra­cio­nes); ade­más, le­van­ta­mos Ma­pa Re­cords y otra com­pa­ñía que ha­ce trai­ning en so­ni­do y que se lla­ma Proau­dio­tec. -¿Quie­res ins­ta­lar tu pro­pio es­tu­dio?

-Ha­bía com­pra­do un te­rreno en Is­la Ne­gra pe­ro lo ven­dí para re­sol­ver unos te­mas pen­dien­tes en In­gla­te­rra. Aho­ra pien­so para eso en un lu­gar co­mo To­to­ral o el Ca­jón del Mai­po, un po­co más cer­ca de San­tia­go. Es una de­ci­sión que la con­ver­so con An­ge­la Acu­ña, que es mi es­po­sa (y una des­ta­ca­da ce­llis­ta chi­le­na).

-¿Te gus­ta­ría na­cio­na­li­zar­te?

-Por su­pues­to. Es­toy ca­sa­do por amor con una chi­le­na y quie­ro ar­mar bien mi vi­da aquí. Ya ten­go la re­si­den­cia per­ma­nen­te y un RUT. Aquí sin RUT no ha­ces na­da.

-Lo que sí, en fe­bre­ro tu­ve un ac­ci­den­te en la ca­lle y me frac­tu­ré la ti­bia. ¡Y aquí la sa­lud es muy ca­ra! Eso me ge­ne­ra mie­dos so­bre el fu­tu­ro; es lo úni­co que no me gus­ta de Chi­le y es lo que ex­tra­ño de In­gla­te­rra, don­de hay un sis­te­ma pú­bli­co de ca­li­dad. ¿Qué ha­go si ten­go un pro­ble­ma gra­ve de sa­lud acá? ¿Có­mo lo pa­go? No ten­go la se­gu­ri­dad del que ha te­ni­do tra­ba­jos es­ta­bles to­da la vi­da. Mi ca­rre­ra ha si­do gi­ta­na. -¿Ex­tra­ñas al­go más de In­gla­te­rra?

-Acá hay de to­do, in­clu­so en Ñu­ñoa cer­ca

de don­de vi­vo hay un lo­cal de fish &

chips, con un pes­ca­do muy fres­co, que me en­can­ta. Tam­bién pa­go unas cin­co lu­cas to­dos los me­ses para te­ner ac­ce­so a ver te­le­vi­sión in­gle­sa. Co­sas de la BBC y otras. -Por úl­ti­mo, ¿es cier­to que hi­cis­te al­go para Los ex­pe­dien­tes se­cre­tos X?

-Can­sa­do de la in­dus­tria mu­si­cal des­pués de una pé­si­ma ex­pe­rien­cia con Sony Mu­sic en Es­pa­ña, tra­ba­jé cin­co años en Fox, en In­gla­te­rra. Allí veía los au­dios para las edi­cio­nes DVD en box set, con so­ni­do 5.1 y adap­ta­dos para dis­tin­tos idio­mas y paí­ses. No gra­ba­ba na­da: era to­mar co­sas y mez­clar­las, adap­tar­las y res­tau­rar­las.

-Y, sí, hi­ce eso para los X-Fi­les y has­ta para

Buffy la ca­za­vam­pi­ros, ja­ja­já.

“En In­gla­te­rra la gen­te es co­mo el cli­ma: más fría y gris, no tie­ne mu­cha co­mu­ni­ca­ción. De Chi­le me gus­ta la gen­te y co­sas tan sim­ples co­mo la luz, la na­tu­ra­le­za y la cor­di­lle­ra”.

Un jo­ven Sa­ge (al me­dio) com­par­te con el gui­ta­rris­ta de los Ro­lling Sto­nes Ron Wood y el téc­ni­co del ar­tis­ta.

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