JAIMITO, LAS SE­CUE­LAS DE UNA VI­DA MAR­CA­DA POR EL DO­PA­JE

El ex fut­bo­lis­ta de Unión Es­pa­ño­la abrió la ca­ja de pan­do­ra del do­pa­je en el ba­lom­pié chi­leno. Pri­me­ro co­mo es­pec­ta­dor de­nun­cian­te, lue­go co­mo con­su­mi­dor. Re­ci­be a el­de­por­ti­vo en la tien­da de lu­bri­can­tes que re­gen­ta; en Re­co­le­ta, don­de so­bre­vi­ve. Ha­bla Ja

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De­cir que de no ha­ber si­do fut­bo­lis­ta no ha­bría lle­ga­do nun­ca a ser dro­ga­dic­to, se­ría sin du­da una afir­ma­ción arries­ga­da. Pe­ro ase­gu­rar que el fút­bol no tu­vo na­da que ver con la es­pi­ral de adic­cio­nes en la que se vio en­vuel­to, con su caí­da al abis­mo, re­sul­ta­ría igual­men­te ses­ga­do. Por­que por más que cues­te creer­lo, por di­fí­cil que re­sul­te de en­ten­der, fue en can­cha de ba­lom­pié pro­fe­sio­nal don­de Jai­me Ra­mí­rez (50) des­cu­brió la co­caí­na.

A la una y me­dia de la tar­de, la Ave­ni­da El Sal­to de Re­co­le­ta re­gis­tra un trán­si­to in­ten­so. El cie­lo lu­ce nu­bla­do, com­po­nien­do so­bre el de­gra­da­do as­fal­to un pai­sa­je de lu­ces y som­bres. És­ta es la pa­tria de Jaimito, el es­ce­na­rio urbano que vio na­cer, mo­rir y re­su­ci­tar al jugador que es­ta­ba lla­ma­do a mar­car una épo­ca glo­rio­sa en el fút­bol chi­leno de fi­nes de los 80, pe­ro que hoy, 20 años des­pués de su re­ti­ro, re­gen­ta un ne­go­cio de ven­ta de lu­bri­can­tes en su ba­rrio de siem­pre. El Lu­bri­cen­tro Jai­me Ra­mí­rez.

“Ha­ce al­gu­nos años que ten­go es­te ne­go­cio con mi her­mano, que es mi ayu­da, mi so­por­te, el que me ha­ce en­ten­der el sen­ti­do de la vi­da y el que me ha lle­va­do siem­pre por el buen ca­mino. In­clu­so vi­vo acá, con él”, co­mien­za a ex­pli­car, de for­ma in­tro­duc­to­ria, Jai­me Ra­mí­rez, al tiempo que se­ña­la con el de­do la vi­vien­da que se adi­vi­na en la par­te tra­se­ra del ta­ller. Y Leo­nel, su her­mano, son­ríe mien­tras tan­to des­de la dis­tan­cia, sin de­jar de re­vi­sar los al­ba­ra­nes api­la­dos so­bre la me­sa.

Na­ci­do el 3 de mar­zo de 1967 en el po­pu­lar y po­pu­lo­so ba­rrio El Sal­to, si­tua­do en el sec­tor nor­te de San­tia­go, Jai­me Ra­mí­rez reali­zó to­da su for­ma­ción co­mo fut­bo­lis­ta en las fi­las de Unión Es­pa­ño­la. Fue en el equi­po de San­ta Lau­ra don­de de­bu­tó en Pri­me­ra Di­vi­sión, en 1985, con sólo 18 años, lla­man­do rá­pi­da­men­te la aten­ción de im­por­ta­tes clu­bes del con­ti­nen­te. “El Amé­ri­ca me vino a bus­car cuan­do yo te­nía 19 años, y el Amé­ri­ca no com­pra ju­ga­do­res en esa edad, com­pra ju­ga­do­res ya con­sa­gra­dos o que sean me­jo­res que Car­los Rei­no­so. Les di­je que no por­que era muy chi­co”, se apre­su­ra a re­me­mo­rar el ex vo­lan­te, quien se per­dió el Mun­dial Sub 20 de 1987 “por al­gu­nos me­ses”, pe­ro quien un año más tar­de fi­gu­ra­ba ya en las nó­mi­nas de la Ro­ja adul­ta. Fue pre­ci­sa­men­te en­ton­ces, cuan­do co­men­za­ban a lan­gui­de­cer los años 80 y cuan­do Jaimito (nom­bre con el que to­dos lo co­no­cen en el mundo del fút­bol) se en­con­tra­ba en el me­jor mo­men­to de su ca­rre­ra, que las co­sas em­pe­za­ron a po­ner­se feas.

La som­bra del do­pa­je, el arre­glo de par­ti­dos y el es­cán­da­lo sa­cu­dió en ape­nas dos años los ci­mien­tos del fút­bol chi­leno. 1989 fue, por va­rios mo­ti­vos, un año ne­gro. La Unión de Luis San­ti­bá­ñez com­ple­tó una pé-

si­ma ac­tua­ción en el tor­neo del 88, elu­dien­do el des­cen­so en la úl­ti­ma fe­cha (dispu­tada en enero del 89) tras ven­cer a la UC en un po­lé­mi­co par­ti­do so­bre el que pla­neó la som­bra del so­borno. La U ter­mi­nó per­dien­do la ca­te­go­ría ese día y aun­que años des­pués Ra­mí­rez, ya re­ti­ra­do, lle­gó a de­nun­ciar cier­tas ano­ma­lías en re­la­ción a aquel en­cuen­tro, hoy se li­mi­ta a afir­mar que el so­borno en el fút­bol exis­tía an­tes, exis­te aho­ra y exis­ti­rá siem­pre:“Me to­có vi­vir so­bor­nos, pe­ro eso del so­borno pa­só en un Mun­dial, pa­sa aho­ra y pa­sa en to­das par­tes. Siem­pre va a ha­ber ese de­seo de ga­nar de cual­quier for­ma. No es gra­to pa­ra la gen­te ver esos par­ti­dos. Pa­ra na­die es gra­to ver un par­ti­do arre­gla­do, pe­ro es así”, sen­ten­cia.

Pe­ro más du­ra si ca­be fue la acu­sa­ción vertida por el ta­len­to­so ex cen­tro­cam­pis­ta en re­fe­ren­cia a las prác­ti­cas de do­pa­je que te­nían lu­gar, de acuer­do a su tes­ti­mo­nio, en Chi­le y el res­to de Su­da­mé­ri­ca en aque­lla épo­ca. “En la Se­lec­ción yo no vi nun­ca ju­ga­do­res do­pa­dos. Lo vi en Unión con Lu­cho (San­ti­bá­ñez), y fue un pro­ble­ma, pe­ro Don Lu­cho aho­ra es­tá muer­to y se­ría feo vol­ver a ha­blar de eso”, ar­gu­men­ta, mien­tras to­ma ai­re an­tes de re­ve­lar por qué su de­nun­cia (ésa que res­pon­sa­bi­li­za­ba al staff téc­ni­co de aque­lla Unión de su­mi­nis­trar co­caí­na y an­fe­ta­mi­nas di­suel­tas en lí­qui­do a los fut­bo­lis­tas du­ran­te al­gu­nos par­ti­dos) no vio la luz mu­cho an­tes: “En aquel mo­men­to el do­pa­je es­ta­ba por to­das par­tes. No lo de­nun­cié an­tes por­que quién me iba a creer, si yo es­ta­ba par­tien­do. Era un ju­ve­nil. Me iba a echar a to­do el equi­po en­ci­ma. Yo no te­nía pe­so, es­ta­ba re­cién lle­ga­do al fút­bol y es­ta­ba de­nun­cian­do al­go que no po­día pro­bar. ¿Có­mo lo pro­ba­ba? No ha­bía con­trol de do­ping, co­mo aho­ra, yo no te­nía prue­bas. Era mi pa­la­bra con­tra la de Su­da­mé­ri­ca en­te­ra”, ex­pli­ca.

En sep­tiem­bre de 1989, tras dispu­tar con la se­lec­ción chi­le­na la Co­pa Amé­ri­ca, un nue­vo es­cán­da­lo, el del Ma­ra­ca­na­zo, se cru­zó en su ca­mino. “To­dos de­cían que de ese equi­po era yo quien te­nía que lle­var a Chi­le al Mun­dial del 94, pe­ro lo que hi­zo Roberto (Rojas) me afec­tó. Él que­ría ir al Mun­dial sí o sí, y se equi­vo­có, aun­que creo que ya pagó du­ro lo que hi­zo. Con el cas­ti­go yo vi que se ve­nía un de­cli­ve en Chi­le en to­do as­pec­to y que iba a ser apun­ta­do co­mo uno de los cul­pa­bles de aque­lla far­sa. Así que me mar­ché al fút­bol eu­ro­peo”. A la liga sui­za, con­cre­ta­men­te. Con sólo 22 años.

El in­fierno

Tras una efí­me­ra aven­tu­ra en el Vie­jo Con­ti­nen­te, el Co­lo Co­lo de Mir­ko Jo­zic, fla­man­te cam­peón de Amé­ri­ca, de­ci­dió re­pa­triar a Jaimito, pe­ro el jugador no du­ró de­ma­sia­do en Ma­cul y ter­mi­nó emi­gran­do de nue­vo pa­ra cum­plir­se su vie­jo an­he­lo de ju­gar en el ba­lom­pié me­xi­cano. Pe­ro a su re­gre­so de tie­rras az­te­cas pa­ra de­fen­der una vez más a la Unión de sus amo­res, con una si­tua­ción eco­nó­mi­ca ex­cep­cio­nal, la­bra­da a pul­so en el mundo del fút­bol, y una pro­gre­sión to­da­vía in­tac­ta, to­do se fue al tras­te. La U de Mi­guel Án­gel Rus­so de­ci­dió re­clu­tar­lo, pe­ro el sal­to de­fi­ni­ti­vo del ni­ño pro­di­gio de El Sal­to ter­mi­nó sien­do al va­cío. Y sin red. En 1997, una pu­bal­gia lo ale­jó du­ran­te un lar­go pe­río­do de los te­rre­nos de jue­go, y la co­caí­na, esa mis­ma sus­tan- cia que ha­bía des­cu­bier­to en ple­na can­cha diez años an­tes, se trans­for­mó en su vía de es­ca­pe, en su par­ti­cu­lar ata­jo al in­fierno.

“Ex­pli­car por qué em­pie­zan las adic­cio­nes es siem­pre re­la­ti­vo. La vi­da es así. Yo la lu­ché, me sa­lió muy ca­ro, tu­ve mu­cho tra­ta­mien­to de sa­lud mental, pe­ro tam­bién el apoyo de mi fa­mi­lia. Ellos me pro­te­gie­ron, me co­bi­ja­ron, pe­ro su­frie­ron. Y sa­lió muy ca­ro en to­dos los sen­ti­dos. El 90% de lo que ga­né en el fút­bol, se fue en tra­ta­mien­tos men­ta­les”, re­la­ta, con cru­de­za. Un año des­pués de su caí­da al abis­mo y tras re­ca­lar (co­mo en una suer­te de epi­ta­fio fut­bo­lís­ti­co) por ter­ce­ra y úl­ti­ma vez en San­ta Lau­ra, Jai­me Ra­mí­rez se vio obli­ga­do a col­gar los bo­ti­nes. Aca­ba­ba de cum­plir 30 años. “El con­su­mo no em­pie­za por ma­las jun­tas sino por­que uno desea, por­que uno vi­ve en un mundo que no es real. Yo era débil y yo creía que to­do me iba bien. Me equi­vo­qué. Pe­ro yo nun­ca he ne­ga­do lo que pa­só, lo del al­cohol, ni lo de la co­caí­na, por­que era una reali­dad”.

Tras deam­bu­lar por de­ce­nas de clí­ni­cas de des­in­to­xi­ca­ción (“es­tu­ve a tra­ta­mien­to con si­quia­tras por­que pa­ra en­ten­der la sa­lud mental hay que en­ten­der el com­por­ta­mien­to hu­mano y a mí que era ca­be­za du­ra, me tu­vie­ron que ma­cha­car bas­tan­te pa­ra ha­cer­me en­ten­der”) Ra­mí­rez vol­vió a ver la luz. Pe­ro ja­más pa­teó de nue­vo una pe­lo­ta de fút­bol. “Nun­ca lle­gué a te­mer por mi vi­da, pe­ro sí por qué iba a pa­sar con mi vi­da más ade­lan­te, así que una vez que de­jé el fút­bol no vol­ví a ju­gar nun­ca más. Por­que creo que ya ju­gué su­fi­cien­te y por­que du­ran­te un tiempo cul­pé al fút­bol de to­do lo que me ha­bía pa­sa­do”.

Al ha­blar, Jai­me Ra­mí­rez se cubre la bo­ca con la mano pa­ra evi­tar que se le vea la den­ta­du­ra, una de las se­cue­las que he­re­dó de su pa­so por el in­fierno, pe­ro al re­cor­dar sus años en el fút­bol, los ojos se le hu­me­de­cen con una mez­cla de ra­bia y nos­tal­gia. Y en­ton­ces pro­cla­ma: “Mu­cha gen­te me de­cía que yo te­nía que ser uno de los me­jo­res ju­ga­do­res chi­le­nos de la his­to­ria, pe­ro por dis­tin­tas ra­zo­nes no pu­de. Por­que la vi­da no es co­mo uno quie­re sino co­mo se va dan­do. Yo me ale­gro de que la gen­te me re­cuer­de, me sa­lu­de con el mis­mo ca­ri­ño que cuan­do ju­ga­ba y que to­da­vía me di­gan Jaimito”.

Pe­ro si hay al­go que la­men­ta por en­ci­ma de to­das las co­sas el ex se­lec­cio­na­do chi­leno (cuan­do ha­ce un in­ven­ta­rio de lo vi­vi­do en el ba­lom­pié) es aque­llo que per­dió por el ca­mino: “Ten­go una hi­ja, que aho­ra tie­ne 29 años, pe­ro no la veo, ha­ce mu­cho que no la veo. Es uno de los pro­ble­mas que he te­ni­do en mi vi­da. Uno de los costos que he te­ni­do que pa­gar pro­duc­to de mis erro­res. La­men­ta­ble­men­te uno cuan­do co­me­te sus erro­res no sa­be a quién se lleva por de­lan­te. Y yo me lle­vé por de­lan­te una fa­mi­lia. La pa­go y me mo­ri­ré pa­gán­do­la. Se­gu­ro que sí”, cul­mi­na, vi­si­ble­men­te emo­cio­na­do, el ex fut­bo­lis­ta, an­tes de de­vol­ver con una la­có­ni­ca son­ri­sa el sa­lu­do a un vie­jo ve­cino de El Sal­to que le gri­ta des­de la ve­re­da de en­fren­te: “¡Bue­na, Jaimito!”.

“Ex­pli­car por qué em­pie­zan las adic­cio­nes es siem­pre re­la­ti­vo. Yo era débil y creía que to­do me iba bien, pe­ro el 90% de lo que ga­né en el fút­bol se fue en tra­ta­mien­tos men­ta­les”. “Cuan­do em­pe­cé a ju­gar, el do­pa­je es­ta­ba por to­das par­tes. No lo de­nun­cié por­que na­die me iba a creer y no po­día pro­bar­lo. Era mi pa­la­bra con­tra la de Su­da­mé­ri­ca en­te­ra”.

Jai­me Ra­mí­rez, fren­te al lu­bri­cen­tro que re­gen­ta y que lleva su nom­bre en la co­mu­na de Re­co­le­ta.

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