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La Tercera - MT MAG Motores - - Portada - » Por MAU­RI­CIO MON­ROY S. » DES­DE RÍO DE JA­NEI­RO, BRA­SIL. » Fo­tos AGEN­CIAS.

El na­ci­mien­to de dos es­tre­llas que fue­ron fi­gu­ras en Río 2016.

Usain Bolt y Mi­chael Phelps

Las má­xi­mas es­tre­llas de los Jue­gos Olím­pi­cos de Río 2016 de­ci­die­ron no vol­ver a com­pe­tir en la má­xi­ma ci­ta de­por­ti­va, po­nien­do fin a ca­rre­ras que pa­sa­ron al si­tial de le­gen­da­rias. Pe­ro más allá de los ré­cords y las me­da­llas, las vi­das de es­tos hom­bres es­tán cru­za­das por in­fan­cias si­mi­la­res, obs­tácu­los fí­si­cos y pasiones co­mu­nes. Acá, la his­to­ria an­tes de que se con­vir­tie­ran en mi­tos.

La his­to­ria re­cor­da­rá a los Jue­gos Olím­pi­cos de Río 2016 por una se­rie de acon­te­ci­mien­tos. Fue el es­treno de la má­xi­ma ci­ta de­por­ti­va en La­ti­noa­mé­ri­ca, se ex­pe­ri­men­tó en ca­da es­ce­na­rio la su­pera­ción de lo que pa­re­ce el lí­mi­te hu­mano y se apre­ció la irrup­ción de de­por­tis­tas des­ti­na­dos a lle­nar li­bros en los pró­xi­mos años, co­mo la gim­nas­ta Si­mon Bi­les, o por su­ce­sos co­mo la vic­to­ria de Bra­sil en el fút­bol, que se con­so­li­dó con un pe­nal de Ney­mar en la de­fi­ni­ción con­tra Ale­ma­nia.

Aun­que ca­da uno de es­tos hi­tos lle­va­rá su pro­pio re­la­to, la fies­ta ca­rio­ca es­ta­rá ine­vi­ta­ble­men­te aso­cia­da a dos nom­bres: Usain Bolt y Mi­chael Phelps. Fue­ron las má­xi­mas es­tre­llas de los Jue­gos, los que col­ma­ron las tri­bu­nas y por los que el pú­bli­co no du­dó en co­rear sus nom­bres en es­ta­dios col­ma­dos de fa­ná­ti­cos del de­por­te.

Am­bos lle­ga­ron a Río con la ilu­sión de ga­nar nue­vas me­da­llas do­ra­das pa­ra sus paí­ses, pe­ro se mar­cha­ron de Bra­sil co­mo le­yen­das. El ja­mai­quino se con­vir­tió en el pri­mer ve­lo­cis­ta en re­pe­tir, por ter­ce­ra vez en unos Jue­gos Olím­pi­cos, su tran­co glo­rio­so en las tres má­xi­mas prue­bas del atle­tis­mo (100 y 200 me­tros y el re­le­vo 4x100 me­tros), mien­tras el na­ci­do en Mary­land au­men­tó a 28 su co­se­cha per­so­nal de pre­seas y al­can­zó un ré­cord que per­du­ra­ba des­de ha­ce dos mil años, cuan­do un tal Leo­ni­das de Ro­das, en la an­ti­gua Gre­cia, se que­dó con la vic­to­ria en 12 prue­bas in­di­vi­dua­les.

Hoy, el de­por­te la­men­ta que el pa­so del tiem­po les ha­ya em­pu­ja­do a sa­lir del agua y a sa­car­se las za­pa­ti­llas. Am­bos anun­cia­ron que Río 2016 se­rían sus úl­ti­mos Jue­gos Olím­pi­cos, es­tre­chan­do un ca­mino que pue­de pa­re­cer muy dis­tan­te, pe­ro que en reali­dad es­con­de una raíz con bas­tan­tes si­mi­li­tu­des.

» El ini­cio

Mi­chael Phelps na­ció el 30 de ju­nio de 1985 en Bal­ti­mo­re. Un año y 52 días des­pués, a más de 2.300 ki­ló­me­tros de dis­tan­cia, el 21 de agos­to de 1986, na­cía Usain Bolt en Sher­wood Con­tent, un pe­que­ño pue­blo en la zo­na cen­tral de la is­la de Ja­mai­ca.

Des­de sus pri­me­ros días, Bolt co­men­zó a dar se­ña­les de que se­ría un ni­ño di­fe­ren­te. Se­gún co­men­tó la ma­dre del “Ra­yo” en una con­fe­ren­cia que dio en Río de Ja­nei­ro, “con tres se­ma­nas in­ten­ta­ba le­van­tar­se, era tan fuer­te. Un día lo de­jé en la ca­ma y cuan­do re­gre­sé es­ta­ba ca­si por caer­se. Y a par­tir de ahí em­pe­cé a pre­gun­tar­me: '¿Qué ti­po de ni­ño es és­te?'”, re­cor­dó Jen­ni­fer Bolt.

Ya sien­do niños, el des­tino em­pe­zó a co­lo­car­les los pri­me­ros obs­tácu­los. El “Ti­bu­rón de Bal­ti­mo­re”, por ejem­plo, era un pe­que­ño in­quie­to, que ra­ra vez es­ta­ba tran­qui­lo, lo que pro­vo­ca­ba el des­con­trol de sus pro­fe­so­res, al pun­to de que una maes­tra le co­men­tó a Deb­bie, su ma­dre, que "su hi­jo nun­ca se­rá ca­paz de con­cen­trar­se en na­da". Un par de me­ses des­pués, cuan­do el pe­que­ño Mi­chael se acer­ca­ba a los nue­ve años, Char­les Wax, el doc­tor de la fa­mi­lia, lo diag­nos­ti­có con Tras-

El de­por­te fue un com­pa­ñe­ro de vi­da des­de los pri­me­ros años pa­ra Usain Bolt. Prac­ti­có fút­bol y cric­ket, has­ta que Asa­fa Po­well, una de las glo­rias del atle­tis­mo en Ja­mai­ca, lo acon­se­jó y lo lle­vó a las prue­bas que lo con­ver­ti­rían en el hom­bre más rá­pi­do del mun­do.

torno por Dé­fi­cit de Aten­ción e Hi­per­ac­ti­vi­dad (TDAH).

Bolt no era tan dis­tin­to, y más que con li­bros o es­tu­dian­do, siem­pre se le veía di­vir­tién­do­se con el cric­ket y el fút­bol. “Cuan­do era jo­ven, no pen­sa­ba en otra co­sa que no fue­ra el de­por­te”, re­cor­dó Bolt ha­ce un tiem­po. Lue­go, su in­gre­so a la es­cue­la pri­ma­ria Wal­den­sia re­sul­ta­ría fun­da­men­tal, pues fue en ese lu­gar don­de co­men­zó a ex­hi­bir sus vir­tu­des atlé­ti­cas.

Eso sí, an­tes de que am­bos em­pe­za­ran a ma­ra­vi­llar con sus ac­tua­cio­nes, el desa­rro­llo cor­po­ral se trans­for­mó en una com­pli­ca­ción. Phelps su­fría por las bur­las que le rea­li­za­ban sus com­pa­ñe­ros de­bi­do a que em­pe­zó a cre­cer de for­ma des­pro­por­cio­na­da, con orejas enor­mes y bra­zos que pa­sa­ban ba­jo su ro­di­lla al mo­men­to de co­rrer. Los co­men­ta­rios de otros niños lo lle­va­ron a que va­rias ve­ces fue­se sus­pen­di­do, pues no so­por­ta­ba la cruel­dad y no du­da­ba en tren­zar­se a gol­pes.

El ja­mai­quino, si bien no de­bía so­por­tar bur­las, tam­bién se com­pli­ca­ba por fac­to­res fí­si­cos. El cre­ci­mien­to ver­ti­gi­no­so de su cuer­po le pro­vo­có una es­co­lio­sis que re­cién em­pe­za­ría a tra­tar a los 15 años.

» El año cla­ve

Mi­chael Phelps (o qui­zás el de­por­te mun­dial) tu­vo la for­tu­na de que su doc­tor te­nía un par de hi­jos que prac­ti­ca­ban na­ta­ción. Y pa­ra tra­tar el TDAH que le ha­bía diag­nos­ti­ca­do, les re­co­men­dó a sus pa­dres que pro­ba­rán con ese de­por­te, pues le per­mi­ti­ría gas­tar ener­gías en un am­bien­te sano.

Por esos mis­mos años, en Ja­mai­ca, el pe­que­ño Usain no se can­sa­ba de de­mos­trar sus cua­li­da­des co­rrien­do. No ex­tra­ña­ba que ga­na­ra con fa­ci­li­dad cuan­ta ca­rre­ra ha­bía, in­clu­yen­do el even­to es­co­lar de la pa­rro­quia de Tre­lawny que se dispu­taba ca­da año. Y aun­que a los 12 años ya era el más rá­pi­do de su es­cue­la, no co­men­za­ría a prac­ti­car en se­rio el atle­tis­mo has­ta que su en­tre­na­dor de cric­ket lo con­ven­ció. El des­tino, tal

Los pri­me­ros años de Mi­chael Phelps fue­ron com­ple­jos, por su des­pro­por­cio­na­do cre­ci­mien­to y por un diag­nós­ti­co mé­di­co de hi­per­ac­ti­vi­dad. Con el tiem­po de­mos­tró que no ten­dría ba­rre­ras, y a sus 30 años se trans­for­mó en el de­por­tis­ta con más me­da­llas olím­pi­cas so­bre su pe­cho.

co­mo con Phelps, jun­ta­ba los as­tros pa­ra alum­brar su ca­mino.

Lue­go, los re­sul­ta­dos no tar­da­ron en apa­re­cer y los 15 años se vol­ve­rían un pun­to de in­fle­xión pa­ra am­bos.

El nor­te­ame­ri­cano, lue­go de rom­per una se­rie de ré­cords lo­ca­les y na­cio­na­les, lo­gró cla­si­fi­car a los Jue­gos Olím­pi­cos de Syd­ney 2000. Aun­que no ga­nó una me­da­lla, sí lo­gró ins­ta­lar­se en la fi­nal en los 200 me­tros ma­ri­po­sa, fi­na­li­zan­do en la quin­ta ubi­ca­ción. Des­de ahí, el as­cen­so no tu­vo fre­nos: a los po­cos me­ses que­bró su pri­me­ra mar­ca mun­dial y con 15 años y nue­ve me­ses se con­vir­tió en el na­da­dor más jo­ven en con­tar con un ré­cord pla­ne­ta­rio, su­peran­do al mís­mi­si­mo Ian Thor­pe, la es­tre­lla del mo­men­to.

Bolt a los 15 años ga­nó su pri­me­ra me­da­lla. Se lle­vó la pre­sea de pla­ta en un even­to es­co­lar en la se­rie de los 200 me­tros, con un tiem­po de 22,04 se­gun­dos. Sin em­bar­go, lo más tras­cen­den­te lle­ga­ría en el Mun­dial Ju­nior de Atle­tis­mo de 2002, que se reali­zó en Kings­ton. Con una al­tu­ra de 1,94, el ja­mai­quino ga­nó los 200 me­tros pla­nos y se trans­for­mó en el ve­lo­cis­ta más jo­ven de la his­to­ria que al­can­za­ba una me­da­lla de oro en la ca­te­go­ría ju­nior.

Des­pués ven­dría el éxi­to co­no­ci­do y la con­so­li­da­ción de los dos de­por­tis­tas a ni­vel glo­bal, en una his­to­ria cru­za­da por los fes­te­jos y la se­rie de mar­cas pul­ve­ri­za­das. Y aun­que los es­ti­los de per­so­na­li­dad son bas­tan­te opues­tos, con un Phelps me­nos ex­pre­si­vo y un Bolt que es to­do ca­ris­ma, las si­mi­li­tu­des con­ti­nua­ron con el tiem­po, co­mo la pa­sión por los au­tos, al igual que el in­te­rés por apo­yar a los más pe­que­ños, con fun­da­cio­nes que crea­ron pa­ra ayu­dar a niños en riesgo so­cial.

Las vi­das le­ja­nas y cer­ca­nas de dos es­tre­llas que se ga­na­ron un si­tial de pri­vi­le­gio en el Olim­po del de­por­te.

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