Una vuel­ta al pa­sa­do, pe­ro ma­ne­jan­do

La Tercera - MT MAG Motores - - Marcasafondo - » Por RO­MI­NA CANNONI BERD. » Des­de SOCHAUX, FRAN­CIA. » Fo­tos CÉ­SAR AR­BO­LE­DA.

A só­lo unos me­tros des­de don­de sal­drá el fla­man­te re­cién es­tre­na­do 3008 de Peu­geot es­tán las ba­ses de la his­to­ria de la fir­ma del León. Tu­vi­mos la opor­tu­ni­dad de pro­bar y ma­ne­jar sie­te ejem­pla­res que re­pre­sen­tan muy bien el si­glo de vi­da de Peu­geot fa­bri­can­do au­tos.

Con­mo­ve­dor. No hay otra pa­la­bra pa­ra des­cri­bir lo que fue ver a un pe­rio­dis­ta emo­cio­nar­se ca­si has­ta las lá­gri­mas al su­bir­se al 404 que nos es­pe­ra­ba a las afue­ras del Mu­seo de Peu­geot, en Sochaux, lo­ca­li­dad fran­ce­sa que al­ber­ga los ini­cios (y el fu­tu­ro) de es­ta cen­te­na­ria mar­ca.

"Yo tu­ve uno de es­tos. Fue un mo­de­lo que mar­có una épo­ca im­por­tan­te en Chi­le", re­me­mo­ra­ba Re­né Dur­ney, uno de los pe­rio­dis­tas es­pe­cia­li­za­dos de más ex­pe­rien­cia y tra­yec­to­ria en el ru­bro na­cio­nal, pe­ro que es­ta­ba ab­so­lu­ta­men­te des­he­cho fren­te al mo­de­lo.

La idea de Peu­geot fue jun­tar sie­te icó­ni­cos mo­de­los de la fir­ma y re­co­rrer un pe­que­ño tra­yec­to de dos ho­ras, en las in­me­dia­cio­nes de Sochaux.

Im­pe­ca­ble­men­te res­tau­ra­dos y con­ser­va­dos, tan­to por fue­ra co­mo por den­tro, nos es­pe­ra­ban los 601 (1934), 402 (1938), 203 (1950), 403 (1955), 404 (1960), 304 (1979) y 305 GT (1980).

El úni­co vehícu­lo que de­bió ser con­du­ci­do por uno de los me­cá­ni­cos de Peu­geot fue el 601, bá­si­ca­men­te por­que te­nía só­lo un par de di­fe­ren­cias en los pa­sos de mar­cha que po­drían ha­ber he­cho el via­je des­agra­da­ble, y co­mo la idea era dis­fru­tar, fue me­jor sen­tar­se en las pla­zas tra- se­ras, am­plias, lu­mi­no­sas, blan­das y con un es­pa­cio in­te­rior sor­pren­den­te. Se re­tro­ce­de en el tiem­po, al mis­mo tiem­po que uno se lo­gra dar cuen­ta de que ya en esa épo­ca de la dé­ca­da del 30 Peu­geot se preo­cu­pa­ba de los de­ta­lles, co­mo las ven­ta­ni­llas con cor­ti­nas y ese ta­piz de fel­pa con cos­tu­ras a la vis­ta, de una ele­gan­cia in­creí­ble. La ver­dad es que no da­ban ga­nas de ba­jar­se y se­guir dis­fru­tan­do de pa­sa­je­ro.

Por su par­te, el 402 de 1938 im­pre­sio­na por sus lí­neas ae­ro­di­ná­mi­cas, las cua­les bus­ca­ron en su épo­ca mar­car un an­tes y un des­pués en las di­rec­tri­ces es­té­ti­cas de la fir­ma fran­ce­sa. El mo­de­lo, que fue desa­rro­lla­do cu­rio­sa­men­te en un muy cor­to pe­río­do de tiem­po, fue en­car­ga­do a uno de los ge­nios de ese en­ton­ces, el es­ti­lis­ta Hen­ri Tho­mas, quien ya te­nía vas­ta ex­pe­rien­cia. El 402 se mue­ve sua­ve por los ca­mi­nos fran­ce­ses y uno se lu­ce den­tro de él.

Avan­zan­do en el tiem­po, nos me­te­mos en el 203 de 1950, que se pro­du­jo en­tre 1948 y 1960, sien­do el úni­co au­to he­cho por Peu­geot en­tre 1949 y 1954, sien­do un mo­de­lo fun­da­men­tal en la re­cu­pe­ra­ción de la mar­ca. Con su mo­tor 1.3, se en­tien­de que se ha­ya lu­ci­do en even­tos de­por­ti­vos co­mo el Rally de Mon­te Car­lo o la Mi­lle Mi­glia.

Só­lo un par de años más tar­de na­ce

Peu­geot clá­si­cos

el 403 (1955), mo­de­lo que es­tu­vo dis­po­ni­ble en di­ver­sas ca­rro­ce­rías y se fa­bri­có en va­rias par­tes del mun­do, co­men­zan­do el des­pe­gue de la mar­ca fue­ra de las fron­te­ras de Eu­ro­pa, sien­do muy cer­cano pa­ra Su­da­mé­ri­ca, pues se fa­bri­có en Ar­gen­ti­na.

Pe­ro qui­zás uno de los más re­co­no­ci­dos que pu­di­mos apre­ciar en Sochaux es el 404, que si bien es de 1960, el que pro­ba­mos era el úl­ti­mo ejem­plar que sa­lió de la lí­nea de pro­duc­ción de la pan­ta fran­ce­sa en 1974. Au­to fa­mi­liar y co­mo­di­dad que aún se pue­den pal­par. Acer­cán­do­nos a la dé­ca­da del 80, dos son los au­tos que aún asom­bran, so­bre to­do por el equi­pa­mien­to (ai­re acon­di­cio­na­do, sun­roof y vi­drios eléc­tri­cos): el 304 (1979) y 305 GT (1980).

Só­lo con pro­bar es­tos sie­te mo­de­los uno pue­de en­ten­der los pi­la­res de la mar­ca fran­ce­sa, don­de la de­por­ti­vi­dad, la ele­gan­cia y el an­dar son par­te esen­cial del ADN de es­ta fir­ma cen­te­na­ria.

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