El dis­co Sgt. Pep­per's Lo­nely Hearts Club Band de The Beatles cum­ple 50 años.

El 1 de ju­nio se cum­plen 50 años de uno de los dis­cos más tras­cen­den­tes en la his­to­ria de la mú­si­ca. Tras un pe­río­do en el que el cuar­te­to de Li­ver­pool se abu­rrió de los con­cier­tos y de los fa­ná­ti­cos, el Sgt. Pep­per's Lo­nely Hearts Club Band apa­re­ció co­mo

La Tercera - MT MAG Motores - - EDITORIAL - » Por MAU­RI­CIO MON­ROY S.

Me­dia­dos de los años 60. La lo­cu­ra por The Beatles es­ta­ba en uno de sus pun­tos más al­tos. Con sie­te ál­bu­mes en la es­pal­da y mi­llo­nes de dis­cos ven­di­dos, tam­bién co­men­za­ban a apa­re­cer al­gu­nas com­pli­ca­cio­nes pa­ra la ban­da de Li­ver­pool.

Des­de Tai­lan­dia, los bri­tá­ni­cos tu­vie­ron que es­ca­par lue­go de re­cha­zar una in­vi­ta­ción de Imel­da Mar­cos, la pri­me­ra da­ma de ese país. En Es­ta­dos Uni­dos, mien­tras rea­li­za­ban una gi­ra en 1966, una ma­ni­fes­ta­ción de gru­pos re­li­gio­sos ame­na­zó la se­gu­ri­dad de los in­te­gran­tes. El mo­ti­vo de la ira fue­ron las pa­la­bras de John Len­non, quien ha­bía se­ña­la­do que “The Beatles eran más po­pu­la­res que Je­su­cris­to”.

Los acon­te­ci­mien­tos ne­ga­ti­vos iban en es­ca­la­da y la dis­tan­cia con el pú­bli­co era no­to­ria, al pun­to de que Len­non se­ña­la­ría que “es­ta­mos har­tos de ha­cer mú­si­ca li­ge­ra pa­ra gen­te li­ge­ra, y tam­bién es­ta­mos har­tos de to­car pa­ra esa gen­te”. Era mo­men­to de to­mar una de­ci­sión más drás­ti­ca. Pun­to fi­nal a la gi­ra y el 29 de agos­to de 1966 que­dan­do co­mo fe­cha del úl­ti­mo con­cier­to. Fue en el Cand­les­tick Park, en San Fran­cis­co.

¿Ha­bía lle­ga­do el fi­nal pa­ra The Beatles? Pa­ra na­da. Era el mo­men­to de la rein­ven­ción. Tras aban­do­nar las pre­sen­ta­cio­nes en vi­vo, los in­te­gran­tes de la ban­da to­ma­ron ca­mi­nos pro­pios. Va­ca­cio­nes con la fa­mi­lia, viajes in­tros­pec­ti­vos y ver­sa­ti­li­dad ar­tís­ti­ca fue­ron al­gu­nas de las op­cio­nes que ca­da uno eli­gió.

Por esos días, en no­viem­bre del 66, Paul Mccart­ney re­gre­sa­ba a Londres des­de Es­ta­dos Uni­dos y se ilu­mi­na con la idea de crear una can­ción en la que una ban­da fic­ti­cia to­ma­ra el lu­gar de The Beatles. “Es­tá­ba­mos can­sa­dos de ser The Beatles. Real­men­te odiá­ba­mos ese pei­na­do in­ma­du­ro. Ya no éra­mos ni­ños, sino hom­bres… y nos veía­mos a no­so­tros mis­mos co­mo ar­tis­tas y no co­mo unos sim­ples can­tan­tes”, re­co­no­ce­ría el ba­jis­ta de la ban­da.

Al pa­re­cer, los líos de los úl­ti­mos me­ses se­guían ron­dan­do en la ca­be­za de los in­te­gran­tes, aun­que lo que Mccart­ney no al­can­zó a ima­gi­nar en ese vue­lo fue que de esa idea con­cep­tual ger­mi­na­ría uno de los dis­cos más exi­to­sos e in­flu­yen­tes de to­dos los tiem­pos, el Sgt. Pep­per's Lo­nely Hearts Club Band, ál­bum que el 1 de ju­nio cum­ple me­dio si­glo des­de que apa­re­ció por pri­me­ra vez en el Reino Uni­do. Pa­ra ce­le­brar tal fe­cha se

anun­ció que a fi­nes de ma­yo se ha­rá una re­edi­ción de lu­jo, tan­to en vi­ni­lo co­mo en CD, DVD y Blue Ray, con can­cio­nes iné­di­tas y ver­sio­nes es­pe­cia­les de las se­sio­nes de grabación.

» Ha­ce his­to­ria

La idea de una ban­da fic­ti­cia to­mó fuer­za con ra­pi­dez en el gru­po, pues les per­mi­ti­ría ha­cer to­do lo que no po­dían.

"De­je­mos de ser no­so­tros. Cree­mos un alter ego... No íba­mos a ser no­so­tros ha­cien­do to­da esa mú­si­ca, no íba­mos a ser The Beatles, se­ría otra ban­da com­ple­ta­men­te di­fe­ren­te, así que fui­mos ca­pa­ces de per­der nues­tras iden­ti­da­des en es­to", re­co­no­ce­ría con los años Mccart­ney.

Es­to se re­fle­jó en to­dos los ám­bi­tos. Des­de el look, don­de los ni­ños bien ali­nea­dos pa­sa­ron a roc­ke­ros con pei­na­dos di­fe­ren­tes, pa­ti­llas y bi­go­tes, ade­más del uso de psi­co­dé­li­cos uni­for­mes mi­li­ta­res de la épo­ca vic­to­ria­na.

El cam­bio era bru­tal, y el es­ti­lo mu­si­cal de las 13 can­cio­nes que com­po­nen el dis­co tam­bién mar­có un pun­to de in­fle­xión. Si bien mu­chos ad­hie­ren a la idea de que to­ma ins­pi­ra­ción del dis­co Pet Sounds, de The Beach Boys, otros con­si­de­ran que exis­te un gra­do de cer­ca­nía, pe­ro que es mí­ni­ma con­si­de­ran­do la ca­li­dad de la ban­da y las avan­za­das téc­ni­cas de grabación, lo que les per­mi­tió mar­car un pun­to de in­fle­xión en la his­to­ria del cuar­te­to y trans­for­mar el dis­co en una pla­ta­for­ma al Olim­po mu­si­cal.

Es que, a di­fe­ren­cia de lo que el pop en­tre­ga­ba por esos años, con uno o dos sin­gles re­le­van­tes por dis­co, en es­te ca­so se dio vi­da a un ál­bum que prác­ti­ca­men­te no tie­ne si­len­cios entre can­cio­nes. To­do se ini­cia con so­ni­dos que ase­me­jan un con­cier­to -pre­ci­sa­men­te lo que desea­ban evi­tar The Beatles-, per­so­nas im­pa­cien­tes, al­go de mú­si­ca y la pre­sen­ta­ción de Sgt. Pep­per's Lo­nely Hearts Club Band (La Ban­da del Club de los Co­ra­zo­nes So­li­ta­rios del Sar­gen­to Pi­mien­ta), se­gui­do por el men­sa­je "We ho­pe you will en­joy the show".

Pe­ro así co­mo no se des­cui­da­ron de­ta­lles en los cien­tos de ho­ras de grabación, el ál­bum, que ce­le­bra sus Bo­das de Oro en 2017 tras­cen­dió por un detalle que has­ta esa fe­cha na­die le ha­bía da­do ma­yor re­le­van­cia.

Ade­más de ser el pri­mer dis­co que in­clu­yó la to­ta­li­dad de las le­tras de las can­cio­nes im­pre­sas, su ta­pa se con­vir­tió en una pie­za de ar­te. Obra del ar­tis­ta pop Peter Bla­ke, des­ta­ca por te­ner a los cua­tro Beatles ves­ti­dos co­mo co­lo­ri­dos mi­li­ta­res en el cen­tro de un co­lla­ge de per­so­na­jes fa­mo­sos , entre los que se cuen­tan Ma­rilyn Mon­roe, Mar­lon Bran­do, Bob Dy­lan, D.H. Law­ren­ce y Shir­ley Tem­ple. Has­ta los Ro­lling Sto­ne tie­nen su lu­gar.

Pa­ra lle­gar a la elec­ción de esos per­so­na­jes, se les pi­dió a los in­te­gran­tes de la ban­da que ela­bo­ra­ran una lis­ta. Rin­go Star no con­tes­tó, Geor­ge Ha­rri­son se en­fo­có en fi­gu­ras in­dias, Mccart­ney en ac­to­res y es­cri­to­res y Len­non pi­dió a Hitler, Je­su­cris­to y Ghan­di, fi­gu­ras que fue­ron ve­ta­das por el se­llo dis­co­grá­fi­co, aun­que sí se le per­mi­tió a Karl Marx y es­cri­to­res co­mo Os­car Wil­de y Ed­gar Allan Poe.

Fue la guin­da de la tor­ta de una obra que, ha­ce me­dio si­glo, se atre­vió a de­jar los aplau­sos fá­ci­les por ha­cer his­to­ria.

Pri­mer lu­gar de los 500 me­jo­res dis­cos de to­dos los tiem­pos, se­gún la re­vis­ta Ro­lling Sto­ne en 2003.

Se­te­cien­tas ho­ras, re­par­ti­das en 120 días, de­mo­ró la grabación del dis­co.

Cien­to 60 mú­si­cos se es­cu­chan to­can­do en “A Day In the Li­fe”. Es­to fue pro­duc­to del tra­ba­jo de 40 mú­si­cos que se tras­pa­sa­ron a cua­tro pis­tas.

Trein­ta y nue­ve mi­nu­tos y 45 se­gun­dos es la ex­ten­sión del dis­co, que con­tem­pla 13 can­cio­nes.

Trein­ta y dos mi­llo­nes de uni­da­des se es­ti­ma que se han ven­di­do del dis­co.

Cua­tro pre­mios Grammy ob­tu­vo en 1968, entre ellos, Me­jor Por­ta­da de Ál­bum.

1 de ju­nio de 1967, día en que apa­re­ce el dis­co en Gran Bre­ta­ña. Al día si­guien­te se pre­sen­ta en Es­ta­dos Uni­dos.

Quin­ce se­ma­nas es­tu­vo en el pri­mer lu­gar del Bill­board 200 en Es­ta­dos Uni­dos.

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