La vi­da sin lí­mi­tes del gol­fis­ta Her­nán García.

Una mal­for­ma­ción con­gé­ni­ta no fue im­pe­di­men­to pa­ra que es­te jo­ven se atre­vie­ra a prac­ti­car golf. Tras una vi­da de su­pera­ción, hoy es el úni­co re­pre­sen­tan­te de La­ti­noa­mé­ri­ca en el tour de golf adap­ta­do que se dispu­ta en Eu­ro­pa, se ilu­sio­na con re­pre­sen­tar

La Tercera - MT MAG Motores - - EDITORIAL - » Por MAU­RI­CIO MON­ROY S. » Fotos ZÉ DO­MÍN­GUEZ. » Agra­de­ci­mien­tos VI­ÑA SAN­TA RITA.

En si­len­cio. Con es­ca­so rui­do me­diá­ti­co y una se­rie de di­fi­cul­ta­des en el ca­mino, se co­mien­za a le­van­tar uno de los desafíos más in­tere­san­tes del de­por­te na­cio­nal. Her­nán García es un nom­bre que po­cos re­co­no­cen, aun­que se tra­ta de un jo­ven que bus­ca de­jar un le­ga­do pa­ra las pró­xi­mas ge­ne­ra­cio­nes.

“En La­ti­noa­mé­ri­ca no exis­te el golf adap­ta­do. Ni si­quie­ra exis­te en la men­ta­li­dad de las per­so­nas, quie­nes co­no­cen más del tenis o bás­quet­bol pa­ra­lím­pi­co, pe­ro del golf la gen­te no sa­be”, re­co­no­ce García, un jo­ven de 26 años , quien a pe­sar de ha­ber na­ci­do con una mal­for­ma­ción en el bra­zo de­re­cho, prac­ti­ca golf des­de los ocho años.

El mo­ti­vo que em­pu­ja la de­ci­sión no es sim­ple pa­trio­tis­mo, aun­que su fe­cha de na­ci­mien­to el 18 de sep­tiem­bre al­go ha­ya aler­ta­do al des­tino.

“Quie­ro te­ner 40 años y ver que hi­ce al­go que no ha­bía, que apor­ta y que sir­ve. En otras ra­mas el de­por­te pa­ra­lím­pi­co es­tá más desa­rro­lla­do, pe­ro no en el golf. Acá na­die sa­bía que exis­tía esa mo­da­li­dad y eso que exis­ten un mon­tón de ni­ños que pue­den in­tere­sar­se. En otros lu­ga­res hay fe­de­ra­cio­nes con re­gla­men­tos cla­ros", pre­ci­sa. Y sus pa­la­bras tie­nen ra­zón, en el Vie­jo Con­ti­nen­te es­tá la Eu­ro­pean Di­sa­bled Golf As­so­cia­tion (EDGA), or­ga­nis­mo que tie­ne 12 tor­neos al año. En Es­ta­dos Uni­dos tam­bién exis­te una fe­de­ra­ción que reúne a per­so­nas con dis­tin­tas dis­ca­pa­ci­da­des, pe­ro que los une la pa­sión por el de­por­te.

Aun­que el pro­yec­to va co­mo la can­ción de moda, pa­si­to a pa­si­to, García no se im­pa­cien­ta. “Hoy tra­ba­jo con dos ni­ños que les fal­ta una mano y que jue­gan golf. Aun­que pue­da pa­re­cer exa­ge­ra­do a quie­nes no tie­nen una dis­ca­pa­ci­dad, en ver­dad, prac­ti­car un de­por­te les cam­bia la men­ta­li­dad, ya que se dan cuen­ta de que pue­den ha­cer to­do lo que sue­ñan. Cuan­do un ni­ño ve que tie­ne sa­li­da a pe­sar de los problemas, es dis­tin­to", pre­ci­sa.

» Los ini­cios

La fuer­za y la re­so­lu­ción de García asom­bran. Ale­gre, es­pon­tá­neo y sin com­ple­jos, re­co­no­ce que es­tá or­gu­llo­so de lo que ha con­se­gui­do. No

se avergüenza ni es­con­de su pro­ble­ma fí­si­co, de he­cho, cuan­do nos en­con­tra­mos con él en las afue­ras de la Vi­ña San­ta Rita, nos es­ti­ra el bra­zo de­re­cho pa­ra sa­lu­dar­nos. “Yo no doy la mano iz­quier­da, por­que me en­se­ña­ron des­de ni­ño que se da la mano de­re­cha al sa­lu­dar a una per­so­na. Tal vez le pue­de in­co­mo­dar a alguien, pe­ro ese soy yo".

Esa per­so­na­li­dad sin­ce­ra es la que ha ido cau­ti­va­do a di­ver­sas em­pre­sas, quie­nes con pa­tro­ci­nios y apo­yos eco­nó­mi­cos, sus­ten­tan la ca­rre­ra del úni­co re­pre­sen­tan­te re­gio­nal del golf adap­ta­do.

Pe­ro la cer­ca­nía con es­te de­por­te vie­ne des­de mu­cho an­tes que aso­ma­ran es­tas gran­des em­pre­sas.

“Lle­gué al golf por mi pa­dre. Él fue caddy du­ran­te mu­cho tiem­po y en la ca­sa ha­bían pa­los de golf. Y co­mo siem­pre he si­do in­quie­to y me gus­ta ha­cer de­por­te, to­mé los pa­los y fui bien au­to­di­dac­ta. El golf es un de­por­te di­fí­cil al que se jue­ga con las dos ma­nos, es de mu­cha téc­ni­ca y se re­quie­re

"Yo era de la idea de que no que­ría sen­tir­me des­pla­za­do. Una vez me pre­gun­ta­ron si es que ha­bía otras per­so­nas que ju­ga­rán golf adap­ta­do, si es que me in­tere­sa­ría ver esa op­ción y yo me ne­ga­ba a eso, que­ría ju­gar con los 'nor­ma­les'. Pe­ro al ma­du­rar eso cam­bió"

de mu­cha ha­bi­li­dad. Y por el te­mor de que no pu­die­se lo­grar­lo, de que me frus­tra­ra, mi pa­pá nun­ca me po­ten­ció ha­cia ese de­por­te. Eso has­ta que un día le di­je ‘hey pa­pá, si pue­do ju­gar'", re­cuer­da.

El mo­men­to cla­ve fue cuan­do su pa­dre com­pro­bó que no era un ca­pri­cho de ni­ño el to­mar los pa­los. "Cuan­do le mues­tro que po­día pe­gar­le a la pe­lo­ta que­dó sor­pren­di­do y fe­liz. Des­de ahí ha si­do mi fan nú­me­ro uno".

Al ver las ga­nas que te­nía su hi­jo por ju­gar un de­por­te que le era más com­ple­jo que al res­to, lo apo­yó y lo alen­tó a que lo prac­ti­ca­ra. Tam­bién se con­vir­tió en un es­pa­cio de com­pli­ci­dad entre am­bos.

El in­con­ve­nien­te por aque­llos años era don­de prac­ti­car golf. “Cuan­do era ni­ño, era más di­fí­cil en­con­trar dón­de ju­gar, ya que ha­bía que ser so­cio de al­gún club, y ca­si no ha­bía can­chas pú­bli­cas, sal­vo una que es­ta­ba en La­gu­na Ca­rén. No era una bue­na can­cha, te­nía el di­se­ño y el es­pa­cio, pe­ro el pas­to que ha­bía era el que ha­bía cre­ci-

do de cuan­do llo­vía en in­vierno. De to­das ma­ne­ras era un buen lu­gar pa­ra pe­gar pa­los", di­ce García, quien re­cuer­da que era to­do un pa­no­ra­ma ir ca­da sá­ba­do a ju­gar golf en esa can­cha.

Lue­go la for­tu­na por fin en­tró a es­ce­na. Tras un año y me­dio prac­ti­can­do en La­gu­na Ca­rén, su pa­dre ha­ce el con­tac­to con los hi­jos de una ami­ga, quie­nes eran ex alum­nos del Gran­ge School. "Ese co­le­gio te­nía una can­cha de nue­ve ho­yos en Pe­ña­lo­lén y me­dian­te ese ne­xo me invitan a ju­gar ahí. Una per­so­na que fue y es muy im­por­tan­te en mi vi­da, Leo­nar­do Galan, me in­vi­ta a ju­gar con él y la prác­ti­ca sa­ba­ti­na pa­só a ser un jue­go más en se­rio en es­ta can­cha. Ahí es­tu­ve por cua­tro o cin­co años y apren­dí mu­chí­si­mo".

El nue­vo gru­po de ami­gos le abre puer­tas pa­ra par­ti­ci­par en cam­peo­na­tos, al­go que era im­pen­sa­do en un co­mien­zo. Y el Country Club le abre las puer­tas y le per­mi­te en­trar a la es­cue­la de golf, aun­que no era so­cio.

“Ma­ria­na Gil­de­meis­ter era una de las coor­di­na­do­ras de los tor­neos y me per­mi­tió en­trar a ju­gar, pe­ro sin ha­cer di­fe­ren­cias con el res­to. Por ni­vel, yo es­ta­ba en un gru­po en el que ju­gá­ba­mos nue­ve ho­yos en vez de los 18. Éra­mos co­mo cua­tro o cin­co jó­ve­nes los que par­ti­ci­pá­ba­mos de esa mo­da­li­dad y ga­né va­rias ve­ces", re­co­no­ce.

Pe­ro la vi­da no ha si­do sen­ci­lla pa­ra García. Y sien­do ado­les­cen­te, una cri­sis aními­ca lo ale­ja del golf.

“El ba­jón vino por­que sen­tí que no me­jo­ra­ba, veía a mis pa­res que avan­za­ban, que le pe­ga­ban más fuer­te, y que eran más só­li­dos a ni­vel si­co­ló­gi­co. Si jue­go golf quie­ro ha­cer­lo bien y en ese en­ton­ces sen­tía que no lo ha­cía co­mo desea­ba. Has­ta que un día me abu­rrí y di­je ‘es­to me la ga­nó'".

La pau­sa se­ría mo­men­tá­nea.

» El des­per­tar

Her­nán García es el me­nor de tres her­ma­nos. Sus dos her­ma­nas, una pro­fe­so­ra y la otra can­tan­te lí­ri­ca, que na­cen en el pri­mer ma­tri­mo­nio de su pa­dre. Es­tu­dió des­de kín­der a 4º me­dio en el Fran­cis­co de Mi­ran­da, co­le­gio al que le tie­ne enor­me ca­ri­ño, pues­to que ahí vi­vió y co­no­ció la in­te­gra­ción.

Aman­te de los deportes, prac­ti­có des­de atletismo a fút­bol. “Me gus­ta­ba ju­gar al ar­co", re­co­no­ce entre ri­sas, co­rro­bo­ran­do esa idea de que siem­pre va de frente a la ad­ver­si­dad.

Ese es­pí­ri­tu in­quie­to no fue su­fi­cien­te pa­ra evi­tar su ale­ja­mien­to del golf. Has­ta que, cuan­do es­ta­ba por ter­mi­nar el co­le­gio, se dio cuen­ta qué de­bía ha­cer con su vi­da. Y el golf era lo que más lo apa­sio­na­ba.

“Con un po­co de ma­du­rez, me di cuen­ta que po­día ga­nar­me la vi­da con es­to. Hu­bo un cam­bio de chip y ade­más em­pe­cé a des­cu­brir el de­por­te adap­ta­do", re­co­no­ce.

Lue­go un pe­río­do de enor­me es­fuer­zo. En­tró a es­tu­diar, a tra­ba­jar en una tien­da de golf don­de po­día prac­ti­car y los sue­ños em­pe­za­ron a to­mar for­ma.

“Si hu­bie­se es­ta­do en la Te­le­tón qui­zás hu­bie­se te­ni­do ami­gos o co­no­ci­dos que hi­cie­ran de­por­te. No te­nía ami­gos que hi­cie­ran de­por­te con dis­ca­pa­ci­dad fí­si­ca y yo que­ría me­dir­me con los 'nor­ma­les', lo que era una ton­te­ra. Yo era de la idea de que no que­ría sen­tir­me des­pla­za­do. Una vez me pre­gun­ta­ron si es que ha­bía otras per­so­nas que ju­ga­rán golf adap­ta­do y yo me ne­ga­ba a eso, que­ría ju­gar con to­dos. Pe­ro al ma­du­rar eso cam­bió", pre­ci­sa.

Y es el golf adap­ta­do el que hoy lo tie­ne re­pre­sen­tan­do los co­lo­res na­cio­na­les y en­se­ñán­do­le a ni­ños en el Country Club, don­de se desem­pe­ña co­mo pro­fe­sor es­ta­ble.

El año pa­sa­do de­bu­tó a ni­vel in­ter­na­cio­nal en Portland. “Fue una lo­cu­ra, esa can­cha era ma­ra­vi­llo­sa, la mis­ma don­de Ti­ger Woods ga­nó más de una vez. Éra­mos unos 80 ju­ga­do­res y ver a ti­pos que les fal­ta­ba una pier­na y que le pe­ga­ban me­jor que yo re­me­cía un po­co. To­dos ge­ne­ra­ban ca­pa­ci­da­des y el ni­vel era muy bueno, de he­cho, el ti­po que ga­nó le fal­ta­ba una pier­na y usa­ba pró­te­sis", in­di­ca.

En­trar a es­te cam­peo­na­to tam­bién fue una es­pe­cie de ca­tar­sis pa­ra García. “Fue una sen­sa­ción de ali­vio. En ca­da tor­neo que ju­ga­ba en Chile sen­tía al­go in­có­mo­do, co­mo bi­cho ra­ro. No por la gen­te, por mi, y eso me ha­cía es­tar en des­ven­ta­ja. Allá veía a per­so­nas co­mo yo o peor in­clu­so y ver que no se com­pli­ca­ban, era in­creí­ble".

El re­sul­ta­do de ese pri­mer tor­neo no fue el es­pe­ra­do, pues por un error en la tar­je­ta, error que re­co­no­ció el pro­pio García, lo des­ca­li­fi­ca­ron. De to­das ma­ne­ras la ex­pe­rien­cia fue asom­bro­sa.

Des­pués vino el tor­neo de Al­gar­ve, en Por­tu­gal. Ahí, el cli­ma le ju­gó una ma­la pa­sa­da y el cer­ta­men se sus­pen­dió por llu­via. De to­das ma­ne­ras, le sir­vió pa­ra ha­cer contactos, los que se re­fle­ja­ron en una in­vi­ta­ción a ju­gar a Su­dá­fri­ca.

Pa­ra los pro­xi­mos me­ses aso­man cam­peo­na­tos en Re­pú­bli­ca Che­ca, Francia, Por­tu­gal o Ale­ma­nia, aun­que la ma­yor ilu­sión es que el golf adap­ta­do se acep­te co­mo de­por­te pa­ra­lím­pi­co. “Re­pre­sen­tar a Chile en unos Jue­gos Pa­ra­lím­pi­cos se­ría la co­ro­na­ción a una vi­da de es­fuer­zo. Es­ta­mos ha­cien­do los es­fuer­zos y es una op­ción real".

Es la vi­da de Her­nán García, un ejem­plo de su­pera­ción que sue­ña sin lí­mi­tes.

Her­nán García com­ple­men­ta su tra­ba­jo co­mo pro­fe­sor en el Country Club con una ca­rre­ra in­ter­na­cio­nal que se ini­ció el año pa­sa­do en Portland, en una can­cha don­de vio ga­nar mu­chas ve­ces a su gran re­fe­ren­te, Ti­ger Woods.

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