La re­com­po­si­ción

La Tercera - Reportajes - - Portada - Héc­tor So­to

Aun­que to­da elec­ción plan­tea in­cer­ti­dum­bres que so­lo des­pe­jan al mo­men­to de con­tar los vo­tos, la ver­dad es que la gran in­cóg­ni­ta de la po­lí­ti­ca chi­le­na en es­tos mo­men­tos es de qué ma­ne­ra se ar­ti­cu­la­rán en el fu­tu­ro las coa­li­cio­nes. El asun­to es cru­cial, por­que nin­gún par­ti­do por sí so­lo po­drá ga­ran­ti­zar­le al país go­ber­na­bi­li­dad en el me­diano pla­zo.

La pre­gun­ta es es­pe­cial­men­te dra­má­ti­ca pa­ra la iz­quier­da de ma­yor tra­di­ción. Lo es no so­lo por­que su he­ge­mo­nía ha­ya si­do desafia­da por el Fren­te Am­plio, sino tam­bién por­que es ver­dad que en su in­te­rior, al menos des­de la re­cu­pe­ra­ción de la de­mo­cra­cia, siem­pre coha­bi­ta­ron en ella dos al­mas. Una so­cial­de­mó­cra­ta y re­no­va­da y la otra re­suel­ta­men­te nos­tál­gi­ca del vie­jo so­cia­lis­mo. Hoy, lue­go de que el PS le die­ra un por­ta­zo a Ri­car­do La­gos, la iz­quier­da so­cial­de­mó­cra­ta es­tá caí­da, pero eso no sig­ni­fi­ca que se ha­ya des­va­ne­ci­do pa­ra siem­pre. Dis­tin­tos ana­lis­tas ya se es­tán ha­cien­do car­go de que des­pués de las próximas elec­cio­nes es­te sec­tor ten­drá va­rias fac­tu­ras por co­brar. In­clu­so, se an­ti­ci­pa una no­che de los cu­chi­llos lar­gos una vez con­clui­dos los es­cru­ti­nios. Al­go de eso po­si­ble­men­te ha­brá: es ló­gi­co, es hu­mano, es ex­pli­ca­ble, por­que en el ope­ra­ti­vo de de­mo­li­ción de La­gos hu­bo mu­cha hu­mi­lla­ción y des­leal­tad. Otra co­sa, sin em­bar­go, se­ría abrir la puer­ta a una ca­za de bru­jas, por­que en ri­gor el efec­to ter­mi­na­ría da­ñan­do aún más al sec­tor. Ya bas­tan­te frac­tu­ra­da es­tá la iz­quier­da pa­ra agre­gar nue­vos quie­bres a su ac­tual es­ta­do de si­tua­ción. La ra­cio­na­li­dad di­ría que el desafío del pre­sen­te es más bien de reuni­fi­ca­ción. Aun­que la in­cóg­ni­ta -de nue­vo- es reuni­fi­ca­ción en torno a qué.

Esa se­rá la pre­gun­ta a la que de­be­rán res­pon­der los par­ti­dos. Has­ta aquí, la iz­quier­da se ha es­ta­do ne­gan­do, al menos for­mal­men­te, a re­co­no­cer su du­pli­ci­dad, sus dos con­cien­cias. Y lo más pro­ba­ble es que no la no­che de la elec­ción, pero sí a me­diano pla­zo, ten­ga que ha­cer­lo. Hay ra­zo­nes po­lí­ti­cas ob­vias por las cua­les la iz­quier­da ha es­ta­do di­la­tan­do esa de­fi­ni­ción, pero si el Fren­te Am­plio lle­ga a con­fi­gu­rar­se en es­ta elec­ción como fuer­za po­lí­ti­ca re­le­van­te –y si es­ta coa­li­ción no se en­fras­ca en las ló­gi­cas di­vi­sio­nis­tas a las cua­les el ra­di­ca­lis­mo po­lí­ti­co es tan adic­to-, la mi­tad del tra­ba­jo cla­ri­fi­ca­dor que­da­rá he­cho y a los par­ti­dos tra­di­cio­na­les no les que­da­rá otra que re­co­no­cer­lo. En tal ca­so, una al­ter­na­ti­va se­ría que el fu­tu­ro con­tem­pla­ra una iz­quier­da tra­di­cio­nal he­ge­mó­ni­ca y mo­de­ra­da, qui­zás sin el PC, y otra iz­quier­da ra­di­cal que cons­tan­te­men­te la estará desafian­do. La otra al­ter­na­ti­va, menos via­ble, es que el Fren­te Am­plio no lo­gre ca­pi­ta­li­zar­se po­lí­ti­ca­men­te como fuer­za au­tó­no­ma el do­min­go pró­xi­mo y la uni­dad de la iz­quier­da ter­mi­ne pro­du­cién­do­se en­ton­ces en torno a ejes más ra­di­ca­les. Cual­quie­ra sea el ca­so, los dos es­ce­na­rios com­por­tan pa­ra la iz­quier­da tra­di­cio­nal una re­com­po­si­ción en la cual al­go se pier­de. En la pri­me­ra se pier­den los vo­tos más ex­tre­mos a fa­vor del Fren­te Am­plio. En la se­gun­da, los más mo­de­ra­dos.

El te­ma tam­bién com­pli­ca a la DC. De se­guir las co­sas como van, po­cas veces la suer­te de una co­lec­ti­vi­dad que­da­rá tan con­di­cio­na­da a lo que de­di­can otros y no a lo que de­ter­mi­nen sus or­gá­ni­cas. Por­que si hay una de­fi­ni­ción que todos los DC com­par­ten es que son y se ven como un par­ti­do de cen­troiz­quier­da. El cru­ce al otro la­do del es­pec­tro, a la de­re­cha, no es­tá en la ho­ja de ru­ta de na­die. El pro­ble­ma es que de un tiem­po a es­ta par­te esa alian­za co­men­zó a per­der ra­ting en la iz­quier­da y en la ac­tua­li­dad hay tan­tos de­mo­cra­ta­cris­tia­nos in­tere­sa­dos en re­com­po­ner­la como iz­quier­dis­tas a los cua­les les da lo mis­mo que la tal alian­za se va­ya al dia­blo. Ahí ven­drá el mo­men­to de la ver­dad pa­ra la DC. Si la mo­de­ra­ción se im­po­ne en la iz­quier­da, el par­ti­do no ten­drá pro­ble­mas. Pero si la iz­quier­da se ex­tre­ma, su ho­ri­zon­te se en­som­bre­ce. ¿Alian­za a cualquier pre­cio con par­ti­dos so­bre­gi­ra­dos, aun si eso sig­ni­fi­ca que su iden­ti­dad se si­ga des­di­bu­jan­do? ¿O ca­mino pro­pio? El ca­mino pro­pio es he­roi­co, pero di­fí­cil. En el me­jor de los ca­sos, po­dría con­ver­tir al par­ti­do en el fiel de la ba­lan­za de la po­lí­ti­ca chi­le­na. Es una po­si­ción que pue­de ser de­ci­si­va en dis­tin­tos mo­men­tos, pero tie­ne po­ca épi­ca. Im­pli­ca, en cier­to mo­do, re­nun­ciar a la ca­pa­ci­dad de ser go­bierno por un buen tiem­po y eso pa­ra cualquier par­ti­do es muy du­ro.

Ade­más, ni la iz­quier­da tra­di­cio­nal ni el cen­tro tie­nen en la ac­tua­li­dad mu­chos li­de­raz­gos a los cua­les pue­dan echar mano al en­trar a sus gran­des de­fi­ni­cio­nes. Es­te fac­tor des­de lue­go que ayu­da po­co. Es cier­to que el ex Pre­si­den­te La­gos mantiene re­la­ti­va­men­te in­tac­to su as­cen­dien­te so­bre una par­te de la iz­quier­da, pero el he­cho de que la otra par­te lo ha­ya con­ver­ti­do en el icono de las clau­di­ca­cio­nes y el en­tre­guis­mo lo de­ja con po­co mar­gen de ac­ción. No hay otras fi­gu­ras de su to­ne­la­je en el sec­tor y hay quie­nes no des­car­tan que, aten­di­do el va­cío, in­clu­so Marco En­rí­quez-Omi­na­mi, el de­ser­tor tem­prano del blo­que, asu­ma ro­les im­por­tan­tes en la rear­ti­cu­la­ción, to­da vez que el sec­tor quie­ra si­tuar­se, cla­ro, más a la iz­quier­da.

El te­ma de los li­de­raz­gos tam­bién afecta a la DC. Es­to no es co­sa de aho­ra. La DC no ha po­di­do dar con una fi­gu­ra que, ade­más de co­nec­tar con la ciu­da­da­nía, sea ca­paz de or­de­nar al par­ti­do. No so­lo no la ha te­ni­do: en los úl­ti­mos años la DC que­mó car­tas como Soledad Al­vear, como Ig­na­cio Wal­ker, como Jorge Pizarro, como Jorge Burgos, que en dis­tin­tos mo­men­tos aso­ma­ron como po­si­bi­li­dad y por dis­tin­tas ra­zo­nes se frus­tra­ron. Lo más pro­ba­ble es que lo mis­mo se re­pi­ta con Ca­ro­li­na Goic. El último po­lí­ti­co que real­men­te li­de­ró a la DC fue el Pre­si­den­te Ayl­win y, acep­ta­do que le co­rres­pon­dió ac­tuar en un con­tex­to muy dis­tin­to, des­de en­ton­ces la co­lec­ti­vi­dad sigue sin re­cu­pe­rar su con­fian­za ni en­con­trar su des­tino.

Sí, to­das estas son con­je­tu­ras. Pero es­tá fue­ra de du­das que al­gu­na re­com­po­si­ción ten­drá lu­gar.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Chile

© PressReader. All rights reserved.