Ma­rio Waiss­bluth, fun­da­dor Edu­ca­ción 2020

La Tercera - Reportajes - - Portada - POR FREDI VE­LÁS­QUEZ OJE­DA FO­TO­GRA­FÍA : MAR­CE­LO SE­GU­RA

Lo he pa­sa­do mal con el cán­cer.

Ten­go dos ti­pos de cán­cer dis­tin­tos en la ve­ji­ga que tie­nen buen pro­nós­ti­co, pe­se a su se­ve­ri­dad. Ten­go las pier­nas da­ña­das y no pue­do ca­mi­nar mu­cho. Los tra­ta­mien­tos me han gol­pea­do.

Uno de mis hi­jos es ra­bino y yo soy ateo mi­li­tan­te.

Nun­ca lo lle­vé a la si­na­go­ga. Des­cu­brió ese mun­do es­tan­do en la uni­ver­si­dad, se jun­tó con otros ami­gos ju­díos que lo en­gan­cha­ron y ahí se fue por la sen­da del mal, co­mo le di­go en bro­ma. No fue fá­cil. Hu­bo un mo­men­to en que nos jun­ta­mos a con­ver­sar pa­ra ha­cer la paz y no pe­lear más. Hoy se ha con­ver­ti­do en uno de mis me­jo­res ami­gos.

Mi ba­lan­ce del go­bierno de Michelle Ba­che­let es ne­ga­ti­vo.

En lo po­si­ti­vo hay cues­tio­nes que re­co­no­cer­le. En­tre ellas es­tá el bi­no­mi­nal, la ley de ca­rre­ra do­cen­te, la re­for­ma a los par­ti­dos y el abor­to en las tres cau­sa­les. Sin em­bar­go, creo que es­te ha si­do el go­bierno de la des­pro­li­ji­dad. La ley tri­bu­ta­ria, la de in­clu­sión y la la­bo­ral eran re­for­mas ne­ce­sa­rias, pe­ro que se hi­cie­ron mal. Si pon­go am­bas co­sas en la ba­lan­za, el re­sul­ta­do es ne­ga­ti­vo.

La gra­tui­dad en la edu­ca­ción no de­be ser la pri­me­ra prio­ri­dad.

Se po­ne ex­ce­si­va­men­te el fo­co en eso y no es­tá bien. Que­re­mos gra­tui­dad en un país don­de el 70% de las ca­rre­ras no es­tán acre­di­ta­das. Y así los chi­qui­llos en­tran a ca­rre­ras pé­si­mas. Co­mo el apu­ro era la ban­de­ra de la gra­tui­dad, em­pe­za­ron to­do mal.

Me en­can­ta ha­cer co­men­ta­rios pun­tu­dos en Fa­ce­book.

Es­toy bas­tan­te re­ti­ra­do y me di­vier­to en las re­des so­cia­les, es­cri­bien­do le­se­ras y me­tien­do el de­do en el ojo a la gen­te. A ve­ces me re­pli­can los me­dios de co­mu­ni­ca­ción. Bien­ve­ni­do sea.

Los me­xi­ca­nos son mu­cho más sim­pá­ti­cos que los chi­le­nos.

De vuel­ta en Chi­le me ba­jó otra de­pre­sión, por­que no so­por­ta­ba a mis com­pa­trio­tas. Los en­con­tra­ba en­fer­mos de des­con­fia­dos y cha­que­te­ros. Me cos­tó un tiem­po acos­tum­brar­me a eso. Aho­ra de­bo ser igual de des­con­fia­do y cha­que­te­ro. Cuan­do via­jo a Mé­xi­co me re­la­jo. Creo que Chi­le es un país muy ten­so.

Soy la ove­ja ne­gra de mi fa­mi­lia. Mis pa­dres eran de de­re­cha to­tal.

Mi ac­tual es­po­sa tam­bién es de cen­tro­de­re­cha y cuan­do nos ca­sa­mos na­die da­ba un peso por nues­tro ma­tri­mo­nio. Uno de mis or­gu­llos es que fui­mos ca­pa­ces de con­ge­niar y ser un ejem­plo de re­con­ci­lia­ción po­lí­ti­ca.

En ma­te­má­ti­cas era el po­rro del cur­so, no en­ten­día na­da.

Mis pa­dres es­ta­ban re­sig­na­dos y pen­sa­ban que era el ton­ti­to del cur­so. Me con­tra­ta­ron un pro­fe­sor par­ti­cu­lar que me en­se­ñó to­do des­de ce­ro. Apren­dí lo que sig­ni­fi­ca­ba un nú­me­ro y me ayu­dó a en­ten­der las ma­te­má­ti­cas de otra for­ma. Hoy, soy ami­go de ese pro­fe­sor y nos se­gui­mos vien­do. Ese pro­fe­sor me cam­bió la vi­da.

La uni­ver­si­dad fue la me­jor épo­ca de mi vi­da.

En el co­le­gio me hi­cie­ron mu­cho bull­ying. Era muy tí­mi­do. En­tré a es­tu­diar in­ge­nie­ría y fue una épo­ca muy dis­tin­ta, en la que me pu­de di­ver­tir.

Me gus­ta la mú­si­ca clá­si­ca y la sal­sa cu­ba­na.

Soy un sal­se­ro por ex­ce­len­cia. Apren­dí a bai­lar en Mé­xi­co y me gus­tó mu­cho. Si ten­go que ele­gir un es­ti­lo que me gus­te des­de siem­pre, esa es la mú­si­ca clá­si­ca. La mú­si­ca mo­der­na no me en­tu­sias­ma.

Ten­go de­ci­di­do es­cri­bir mi au­to­bio­gra­fía.

Aho­ra es­toy es­cri­bien­do un libro aca­dé­mi­co, pe­ro en dos años quie­ro es­cri­bir mis me­mo­rias. No se­rá so­bre lo afec­ti­vo, quie­ro que sean mis his­to­rias po­lí­ti­cas y la­bo­ra­les. Va a sa­car ron­chas y pro­ba­ble­men­te ten­ga que exi­liar­me de nue­vo. Va a es­tar di­ver­ti­do.

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