AN­GÉ­LI­CA BULNES ¿Por qué el tér­mino eli­te pa­re­ce ha­ber re­so­na­do más es­te año?

La Tercera - Tendencias - - APUNTES -

El fe­nó­meno, si se lo mi­ra con cui­da­do, no es de es­te año. Nos gus­ta creer que la ex­pe­rien­cia se cie­rra con ca­da fin de año, pe­ro esa es una ilu­sión. Son pro­ce­sos con­ti­nuos. Así la de­bi­li­dad de las éli­tes -por­que ese es exac­ta­men­te el pro­ble­ma­se ha con­fi­gu­ra­do po­co a po­co en la úl­ti­ma dé­ca­da y se­gu­ra­men­te es una de las va­rias con­se­cuen­cias del rá­pi­do pro­ce­so de mo­der­ni­za­ción que ha ex­pe­ri­men­ta­do el país.

¿Por qué?

Gra­cias a la ex­pan­sión del con­su­mo y la ma­si­vi­dad de los me­dios, hoy las per­so­nas son más au­tó­no­mas, vi­ven su vi­da co­mo el fru­to de su pro­pia ges­tión y de su es­fuer­zo y el re­sul­ta­do es que se re­sis­ten a te­ner tutores, ya no quie­ren ser pu­pi­los o pu­pi­las, y las au­dien­cias es­tán en­ton­ces aler­tas a que quie­nes han ejer­ci­do el pa­pel de tutores tro­pie­cen y se con­fir­me así que no lo me­re­cían. Vis­to des­de el pun­to de vis­ta cul­tu­ral, la de­bi­li­dad de las éli­tes es, en­ton­ces, una mues­tra de la pa­sión por la igual­dad que es pro­pia de las so­cie­da­des que se mo­der­ni­zan.

¿Sig­ni­fi­ca que ya no hay eli­tes?

No es que no ha­ya es­tra­tos di­fe­ren­cia­dos, los hay, des­de lue­go y los se­gui­rá ha­bien­do (co­mo se­gui­rá ha­bien­do éli­tes, aun­que más lí­qui­das, me­nos he­re­di­ta­rias); pe­ro nin­guno pue­de re­cla­mar, sin más, tí­tu­lo pa­ra conducir al otro. Ca­da uno ten­drá que le­gi­ti­mar­se a sí mis­mo sin recurrir a fac­to­res me­ra­men­te ads­crip­ti­vos (co­mo el li­na­je, la an­ti­güe­dad o el ori­gen). En me­dio de ese fe­nó­meno es­ta­mos.

¿Me pue­de dar al­gu­nos ejem­plos de la for­ma en que se ma­ni­fies­ta la des­con­fian­za en las eli­tes?

Bueno, so­bran. Pien­se us­ted que ya na­die cree na­da por an­ti­ci­pa­do. Con­fiar con­sis­te en creer sin ga­ran­tías; pe­ro hoy ¿quién, en la es­fe­ra re­li­gio­sa o po­lí­ti­ca, cree al­go sin ga­ran­tías? An­tes eran las au­dien­cias las que te­nían que pro­bar que ellas no eran una ma­sa ig­no­ran­te y des­or­de­na­da a la que no po­día de­jar­se en­tre­ga­da a sí mis­ma; hoy son las éli­tes las que de­ben pro­bar una y otra vez, a ca­da pa­so, que no son una tro­pa de sin­ver­güen­zas y ti­ma­do­res y que su exis­ten­cia tie­ne sen­ti­do. Un dipu­tado in­sul­ta a un em­pre­sa­rio y una tur­ba lo agre­de y las au­dien­cias pa­re­cen dis­pues­tas a jus­ti­fi­car­lo.

¿Hay una re­la­ción en­tre eli­te y po­pu­lis­mo?

Qui­zá la re­la­ción es más bien en­tre de­bi­li­dad de las éli­tes y po­pu­lis­mo. Cuan­do las éli­tes se de­bi­li­tan, co­mo ha ocu­rri­do en Chi­le, las au­dien­cias, la gen­te, ya no se re­co­no­ce en ellas y los miem­bros de la éli­te, por su par­te, pier­den com­pren­sión de la so­cie­dad en que vi­ven. Eso es­tá ocu­rrien­do hoy en Chi­le: la so­cie­dad se re­sis­te a ser com­pren­di­da. Por de­cir­lo así, to­dos, la ma­sa y la éli­te, es­tán al­go des­con­cer­ta­dos. Y ese, cla­ro, es te­rreno fér­til pa­ra el po­pu­lis­mo en­ten­di­do co­mo el in­ten­to por eri­gir un su­je­to (la ciu­da­da­nía, el pue­blo) cu­yas pul­sio­nes se am­pli­fi­can y en cu­yo nom­bre se ha­bla sin me­dia­ción ins­ti­tu­cio­nal al­gu­na.

¿Qué fór­mu­la pre­fie­re: éli­te o eli­te?

Am­bas son co­rrec­tas, co­mo us­ted sa­be, tan­to la fór­mu­la es­drú­ju­la co­mo la que no lo es. Y qui­zá la pri­me­ra -éli­te- sea la más efi­caz por ser la más usa­da y en­ton­ces de­be ser pre­fe­ri­da. Des­pués de to­do, el len­gua­je tie­ne vo­ca­ción de ma­yo­ría, ¿o cree us­ted que la tie­ne de eli­te?

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