SYL­VIA EARLE, CRIA­TU­RA DE MAR

Bió­lo­ga ma­ri­na, ocea­nó­gra­fa, exploradora, la cien­tí­fi­ca es­ta­dou­ni­den­se ha de­di­ca­do su vi­da a la in­ves­ti­ga­ción y pro­tec­ción de los océa­nos. Con más de 80 años, si­gue tan ac­ti­va co­mo siem­pre. Es­tu­vo de vi­si­ta en Chi­le pa­ra apo­yar una pe­ti­ción de área ma­ri­na

La Tercera - Tendencias - - PORTADA - Pa­tri­cio Ta­pia POR: “En cier­ta for­ma es­ta­mos co­mo en los ‘co­mien­zos de la avia­ción’ res­pec­to de las pro­fun­di­da­des ma­ri­nas. Re­cién em­pe­za­mos a ha­cer en el océano lo que he­mos he­cho en el cie­lo”.

En­tre los mu­chos su­per­po­de­res con­gre­ga­dos en el gre­mio de los su­per­hé­roes, es pro­ba­ble que los menos año­ra­dos sean los de Aqua­man. Po­cos pa­re­cen menos asom­bro­sos que su ca­pa­ci­dad te­le­pá­ti­ca pa­ra co­mu­ni­car­se con los se­res del océano, al que se su­man al­gu­nos otros, to­dos de adap­ta­ción sub­ma­ri­na: pue­de res­pi­rar ba­jo el agua; tie­ne una du­re­za cor­po­ral que lo tor­na in­vul­ne­ra­ble a la al­ta pre­sión y la ba­ja tem­pe­ra­tu­ra; su oí­do fun­cio­na co­mo un so­nar pa­ra ubi­car­se en la os­cu­ri­dad.

Pe­ro si alguien al­gu­na vez an­he­ló esos do­nes, de se­gu­ro fue Syl­via Earle, lo más cer­cano a una ver­sión fe­me­ni­na del pa­la­dín acuá­ti­co. Na­ci­da en 1935, Earle ha es­ta­do vin­cu­la­da a los océa­nos des­de ni­ña y se ha su­mer­gi­do en ellos pa­ra co­no­cer­los y ex­plo­rar­los. Co­mo cien­tí­fi­ca, es una bo­tá­ni­ca ma­ri­na es­pe­cia­lis­ta en el es­tu­dio de las al­gas, y ha des­cu­bier­to mu­chas es­pe­cies. Co­mo exploradora y ocea­nó­gra­fa, ha si­do una bu­zo de­di­ca­da y ha di­ri­gi­do de­ce­nas de ex­pe­di­cio­nes; más de una vez ha vi­vi­do ba­jo el mar: hacia la dé­ca­da del 70 for­mó par­te del pro­yec­to Tek­ti­te (dos se­ma­nas a 18 me­tros de pro­fun­di­dad en las Is­las Vír­ge­nes); ca­si diez años des­pués, des­cen­dió has­ta más de mil me­tros, en Ha­wái, mar­can­do un ré­cord de pro­fun­di­dad en in­mer­sión en so­li­ta­rio. Fue la pri­me­ra mu­jer en di­ri­gir la NOAA (agen­cia at­mos­fé­ri­ca y ma­ri­na de Es­ta­dos Uni­dos), en­tre 1990 y 1992. El año 2009 fun­dó la ini­cia­ti­va Mis­sion Blue, que bus­ca pro­te­ger y re­cu­pe­rar los ma­res por medio de la crea­ción de áreas ma­ri­nas pro­te­gi­das, los “pun­tos de es­pe­ran­za”, que, pa­ra el año 2020, res­guar­den el 10 por cien­to de los océa­nos del mun­do. En el do­cu­men­tal Mis­sion Blue

(2014) se cuen­tan de­ta­lles de es­ta la­bor y de su vi­da.

Ha­ce unos días Earle es­tu­vo en San­tia­go. Ve­nía a en­tre­gar su res­pal­do al tra­ba­jo de la Me­sa del Mar (o Te Mau o Te Vaik­va o Ra­pa Nui) pa­ra su pe­ti­ción de un área ma­ri­na pro­te-

gi­da en Is­la de Pas­cua. Ade­más, fue fi­gu­ra cen­tral en la ce­re­mo­nia de lan­za­mien­to del Cuar­to Con­gre­so Internacional de Áreas Ma­ri­nas Pro­te­gi­das (IMPAC4): las reu­nio­nes que ca­da cua­tro años con­gre­gan a los ac­to­res más im­por­tan­tes en la con­ser­va­ción ma­ri­na del mun­do, el cual, es­te año 2017, se rea­li­za­rá en Chi­le, a co­mien­zos de sep­tiem­bre.

La con­ver­sa­ción fue en sue­lo fir­me, aun­que ella pron­to iría al mar. Tal vez Earle, co­mo Aqua­man, se de­bi­li­ta si se que­da en tie­rra mu­cho tiem­po.

Oh, es her­mo­so de prin­ci­pio a fin. Y es im­por­tan­te tam­bién. Tí­mi­da­men­te, ha em­pe­za­do a ser más apre­cia­do de­ba­jo de la su­per­fi­cie que lo que nun­ca fue an­tes. Aho­ra es po­si­ble lle­gar don­de an­tes era im­po­si­ble: la ca­pa­ci­dad de bu­cear, el equi­po de bu­ceo au­tó­no­mo, los sub­ma­ri­nos. Aun­que, por otra par­te, in­clu­so en los sub­ma­ri­nos, só­lo ara­ña­mos la su­per­fi­cie.

¿En se­rio?

Po­cos sub­ma­ri­nos se aven­tu­ran más allá de los 500 me­tros; muy po­cos lle­gan a los seis mil me­tros de pro­fun­di­dad (al­gún sub­ma­rino ru­so, ja­po­nés o fran­cés) o los sie­te mil me­tros (co­mo hi­zo un sub­ma­rino chino) y mu­cho menos a los 11 mil me­tros que al­can­zan en sus zo­nas más pro­fun­das los océa­nos. Una gran can­ti­dad de avio­nes, to­dos los avio­nes de lí­neas co­mer­cia­les, vue­lan a más de 10 mil me­tros de al­tu­ra. En cier­ta for­ma es­ta­mos co­mo en los “co­mien­zos de la avia­ción” res­pec­to de las pro­fun­di­da­des ma­ri­nas. Re­cién em­pe­za­mos a ha­cer en el océano lo que he­mos he­cho en el cie­lo.

Us­ted fue una de las pri­me­ras per­so­nas en pro­bar el bu­ceo au­tó­no­mo en los Es­ta­dos Uni­dos. ¿Có­mo fue eso?

An­tes de prac­ti­car el bu­ceo au­tó­no­mo tu­ve la opor­tu­ni­dad de bu­cear con una es­ca­fan­dra de co­bre. Éra­mos ve­ci­nos de un bu­zo re­co­lec­tor de es­pon­jas de mar en el Gol­fo de Mé­xi­co. El hi­jo de es­te bu­zo y mi her­mano ma­yor to­ma­ban pres­ta­do el equi­po y pu­de pro­bar con ellos el res­pi­rar ba­jo del agua. Al año si­guien­te es­ta­ba en una cla­se de bio­lo­gía y el pro­fe­sor te­nía uno de los dos pri­me­ros tan­ques de ai­re pa­ra bu­ceo en Es­ta­dos Uni­dos, de ma­ne­ra que pu­de su­mer­gir­me, des­pués de dos ho­ras de ins­truc­ción que ins­ta­ba a res­pi­rar “na­tu­ral­men­te”. Así lo hi­ce y con­ti­nuó res­pi­ran­do na­tu­ral­men­te. Des­pués de mi­les de ho­ras de bu­ceo sub­ma­rino y de ha­ber vi­vi­do ba­jo el agua va­rias ve­ces, aún re­cuer­do ese pri­mer há­li­to ba­jo el agua: fue un buen co­mien­zo y to­da­vía no ter­mi­na.

En su libro The World is Blue es­cri­bió: “To­do el

No ten­dría­mos la Tie­rra, co­mo pla­ne­ta, sin los oceá­nos. Es­ta­ría­mos co­mo en Mar­te, un lu­gar no muy ami­ga­ble pa­ra los hu­ma­nos. Mu­cho del oxí­geno de nues­tra at­mós­fe­ra pro­vie­ne de los or­ga­nis­mos del océano. Por su­pues­to que otros or­ga­nis­mos en tie­rra son im­por­tan­tes, co­mo los bos­ques. Pe­ro si se qui­tan los océa­nos, se qui­tan las con­di­cio­nes de sustento de nues­tro sis­te­ma vi­tal. De ma­ne­ra que to­dos so­mos cria­tu­ras del mar. Ne­ce­si­ta­mos el océano tan­to co­mo un pez o una ba­lle­na.

No me veo a mí mis­ma co­mo una ac­ti­vis­ta. Soy una cien­tí­fi­ca que co­mu­ni­ca el es­ta­do del mun­do con la me­jor in­for­ma­ción que pue­do en­con­trar, no só­lo a mis co­le­gas, sino a cual­quie­ra que quie­ra oír­lo. Es la evi­den­cia que he te­ni­do el pri­vi­le­gio de ver du­ran­te los mu­chos años que me he in­ter­na­do en el mar. Só­lo es­toy com­par­tien­do lo que he vis­to. La gen­te de­ci­di­rá lo que de­ci­di­rá, pe­ro se to­man me­jo­res de­ci­sio­nes si se co­no­cen los he­chos, la evi­den­cia.

¿Cuál es el prin­ci­pal con­cep­to erra­do que te­ne­mos sobre los océa­nos?

Yo creo que es la am­plia­men­te ex­ten­di­da creen­cia de que el océano es de­ma­sia­do gran­de pa­ra echar­se a per­der, que na­da que los se­res hu­ma­nos pue­dan sa­car o po­ner en él lo afec­ta­rá de­ma­sia­do. Así, creen que no hay de qué preo­cu­par­se res­pec­to del océano, mu­cha gen­te ni si­quie­ra lo ha vis­to o lo ha to­ca­do nun­ca, de ma­ne­ra que no es­tán cons­cien­tes de que el océano sí los to­ca a ellos, en ca­da res­pi­ra­ción que ha­cen, en ca­da go­ta de agua que be­ben, es­tán ab­so­lu­ta­men­te co­nec­ta­dos con el océano.

¿Es­tá el mar real­men­te en pe­li­gro?

El mar, y to­do el mun­do, es­tá ver­da­de­ra­men­te afec­ta­do por la ac­ti­vi­dad hu­ma­na de for­mas que so­ca­van la ma­ne­ra en que el mun­do fun­cio­na a nues­tro fa­vor. Ne­ce­si­ta­mos en­ten­der que los pa­tro­nes de los ci­clos del agua, del oxí­geno, del car­bono, que la quí­mi­ca del pla­ne­ta mis­mo es­tá con­fi­gu­ra­da por la pro­pia vi­da. Los cien­tí­fi­cos lla­man a es­to la “bio­geo-quí­mi­ca” que ha­ce del pla­ne­ta un lu­gar ha­bi­ta­ble pa­ra los hu­ma­nos. Otras for­mas de vi­da no ne­ce­si­tan es­to que no­so­tros da­mos por des­con­ta­do. Lle­ga­mos a un pla­ne­ta que es­ta­ba bien pa­ra no­so­tros y lo es­tu­vo por un muy lar­go tiem­po, no de­be­ría­mos, en unas po­cas dé­ca­das, al­te­rar­lo en nues­tra con­tra.

¿A eso res­pon­de la idea

Sí, son es­pa­cios con una im­por­tan­cia au­men­ta­da y si es­tán pro­te­gi­dos, po­drán te­ner una ma­yor re­sis­ten­cia. Has­ta el si­glo XX la ca­pa­ci­dad del ser hu­mano de mo­di­fi­car el pai­sa­je y el océano era mu­cho me­nor que lo que la tec­no­lo­gía ac­tual per­mi­te. Aho­ra es po­si­ble ha­cer en po­cos días lo que an­tes to­ma­ba me­ses o años. Así, la deforestación, la pér­di­da de hu­me­da­les, los es­tra­gos en las áreas cos­te­ras, te­ne­mos un po­ten­cial des­truc­ti­vo a una es­ca­la que nun­ca tu­vi­mos an­tes. La po­bla­ción mun­dial ha cre­ci­do a una es­ca­la tam­bién sin pre­ce­den­tes y la ocu­pa­ción gra­dual y pa­ra na­da ino­cua de la hu­ma­ni­dad sobre la tie­rra tam­bién se ha pro­du­ci­do en el mar.

Pa­ra so­lu­cio­nar los pro­ble­mas es útil sa­ber cuá­les son los pro­ble­mas. Sa­be­mos que los océa­nos y el pla­ne­ta es­tán ca­len­tán­do­se, al que­mar com­bus­ti­bles fó­si­les en ex­ce­so. Y es­to tie­ne con­se­cuen­cias: es­ta­mos afec­tan­do dra­má­ti­ca­men­te nues­tro medio am­bien­te e in­ter­fi­rien­do en los ci­clos na­tu­ra­les. Es­ta­mos al­te­ran­do la na­tu­ra­le­za de la na­tu­ra­le­za. Po­ne­mos ma­te­rial tó­xi­co no só­lo en la at­mós­fe­ra sino tam­bién en los océa­nos, aci­di­fi­cán­do­los. Sa­be­mos las cau­sas del ca­len­ta­mien­to y la aci­di­fi­ca­ción. Esa se­ría una pri­me­ra po­lí­ti­ca: usar otras for­mas de ob­te­ner ener­gía, a tra­vés del vien­to o a tra­vés del sol. Otra, se­ría la pro­tec­ción de la fau­na del océano: re­du­cir la pre­sión de la pes­ca co­mer­cial que no só­lo afec­ta a los pe­ces que se bus­can, sino a otros se­res (pe­ces, aves, ma­mí­fe­ros y tor­tu­gas). Por úl­ti­mo, se­ría im­por­tan­te con­si­de­rar la des­car­ga de re­si­duos en el mar.

¿Hay mu­cha ba­su­ra en el mar?

Los re­si­duos que va de­jan­do el hom­bre, bá­si­ca­men­te plás­ti­co, son sor­pren­den­tes: ki­ló­me­tros de re­des des­car­ta­das, bo­te­llas, va­sos, etc. He vis­to por mí mis­ma, en el fon­do del mar, ta­zas, cu­cha­ras, za­pa­tos vie­jos, bol­sas. Un ar­tis­ta de mi país, Jack­son Brow­ne, se­ña­la en una can­ción: “Di­cen que na­da du­ra pa­ra siem­pre / pe­ro to­do el plás­ti­co que se ha he­cho aún es­tá aquí”. Y es­tá aquí. Es un gran tra­ba­jo re­pa­rar el da­ño cau­sa­do en unas po­cas dé­ca­das (el plás­ti­co hi­zo su ma­yor apa­ri­ción en la vi­da dia­ria hacia la dé­ca­da de los se­sen­ta). No hay na­da in­he­ren­te­men­te ma­lo en el plás­ti­co, pe­ro de­be­mos desa­rro­llar la ac­ti­tud de usar­lo más de una vez y no de usar y bo­tar.

¿El con­su­mo hu­mano de pes­ca­do afec­ta a los océa­nos?

El océano es tan gran­de que se su­po­ne que nues­tro con­su­mo no ten­dría mu­cho im­pac­to en la vi­da del mar, pe­ro sí lo po­de­mos da­ñar, a me­di­da que se desa­rro­llan nue­vos me­ca­nis­mos de lo­ca­li­za­ción, cap­tu­ra y, sobre to­do, co­mer­cia­li­za­ción de los pro­duc­tos ma­ri­nos a ni­vel glo­bal. Es un pro­ble­ma de es­ca­la. Cuando yo era ni­ña el pes­ca­do só­lo se co­mer­cia­li­za­ba a ni­vel lo­cal, el mer­ca­do fun­cio­na­ba lo­cal­men­te, pe­ro hoy en día se pue­den en­con­trar pro­duc­tos en el mer­ca­do del otro la­do del pla­ne­ta. En Es­ta­dos Uni­dos se im­por­ta la ma­yor par­te de la vi­da ma­ri­na que se con­su­me. Al­gu­nas de las es­pe­cies fa­vo­ri­tas in­tro­du­ci­das, co­mo la tilapia o la car­pa, cre­cen rá­pi­do, co­men planc­ton, son muy “efi­cien­tes” (a ve­ces se con­si­de­ran una ame­na­za pa­ra el eco­sis­te­ma da­da a su pre­di­lec­ción por el sus­tra­to ve­ge­tal que sir­ve de ali­men­to a otras es­pe­cies), pe­ro hay otros pe­ces a los que les to­ma de­ce­nas de años lle­gar a la ma­du­rez, co­mo un atún o una ba­lle­na.

Sue­le men­cio­nar­se el “ró­ba­lo chi­leno” co­mo una de­li­ca­de­za cu­li­na­ria...

Es un nom­bre de mar­ke­ting, no per­te­ne­ce a la fa­mi­lia del ró­ba­lo; la idea es su­ge­rir que si al­go vie­ne de tan le­jos co­mo Chi­le, de­be ser bueno. Lo mis­mo ocu­rre con el lla­ma­do “re­loj anaran­ja­do”, que en la literatura cien­tí­fi­ca se lla­ma “ca­be­za de ba­ba”: el mer­ca­do sa­be que con ese nom­bre na­die lo co­me­ría y de­be bus­car­le uno más lin­do. A de­cir ver­dad, na­die lo co­mía an­tes de la dé­ca­da de los 80, cuando em­pe­zó a ser cap­tu­ra­do. De ahí na­ció to­do un mer­ca­do, es de­cir, alguien ha­ce un ne­go­cio to­man­do la vi­da de es­pe­cies del mar pro­fun­do, sin co­no­cer na­da de ellas, ni cuán­to tiem­po les to­ma lle­gar a la edad ma­du­ra pa­ra re­pro­du­cir­se: al “ró­ba­lo chi­leno” le to­ma cer­ca de 20 años, al “re­loj anaran­ja­do” in­clu­so más tiem­po, 25 o 30 años; hay al­gu­nos, co­mo el ti­bu­rón de aguas pro­fun­das que vi­ve unos 400 años y no es­tá ma­du­ro pa­ra re­pro­du­cir­se an­tes de 80 años. Es, qui­zá, un pre­cio muy al­to por de­gus­tar un pe­da­zo de car­ne.

Uno de sus pri­me­ros ar­tícu­los aca­dé­mi­cos sobre un al­ga nue­va en las Is­las de Juan Fer­nán­dez...

Humm­bre­lla, sí, la nom­bré en ho­nor a un pro­fe­sor mío.

De­cía que bu­ceó allí en 1965. ¿Fue la pri­me­ra vez en el país?

Si, fue mi pri­me­ra vez en Chi­le. Vol­ví en 1968 y gra­cias a un buen ami­go, Pa­tri­cio Sán­chez, pu­de re­co­rrer tam­bién par­te de la Pa­ta­go­nia. Y lue­go he ve­ni­do mu­chas ve­ces. Ha si­do muy ins­pi­ra­dor pa­ra mí por­que la cos­ta de Chi­le me re­cuer­da a la de Ca­li­for­nia, pe­ro Ca­li­for­nia cien años atrás. Chi­le te­nía, y aún tie­ne, gran­des pun­tos de in­te­rés na­tu­ral y de gran her­mo­su­ra. Chi­le, co­mo país, es un gran punto de es­pe­ran­za, si se man­tie­nen sus con­di­cio­nes y se re­pa­ran y evi­tan da­ños. Ma­ña­na via­jo hacia otro her­mo­so punto de es­pe­ran­za, la Is­la de Pas­cua, es­pe­ro re­unir­me con los ra­pa nui y es­cu­char de ellos sobre su pa­sa­do, pre­sen­te y fu­tu­ro; los is­le­ños siem­pre vi­ven más en con­tac­to y ca­ma­ra­de­ría con el mun­do na­tu­ral que los ro­dea.

¿To­da­vía bu­cea?

Por su­pues­to. To­da­vía res­pi­ro. Y es­pe­ro bu­cear ape­nas lle­gue a Is­la de Pas­cua.T

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