LA RE­CONS­TRUC­CIÓN DE MA­NUEL GUE­RRE­RO

El mes pa­sa­do se es­tre­nó un do­cu­men­tal con su his­to­ria. Vi­vió el exi­lio con su fa­mi­lia en Hungría. A po­co de re­gre­sar a San­tia­go, en 1985, su pa­dre fue se­cues­tra­do y apa­re­ció de­go­lla­do cer­ca del ae­ro­puer­to. El hijo se con­vir­tió en una bom­ba de ra­bia. En u

La Tercera - Tendencias - - PORTADA - POR PA­TRI­CIO DE LA PAZ

An­te una tum­ba des­co­no­ci­da, cuan­do ya ha­bían pa­sa­do dos años del ase­si­na­to de su pa­dre, Ma­nuel Gue­rre­ro Antequera pu­do llo­rar.

Fue un 29 de mar­zo de 1987. La fe­cha no era ca­sual. Un día co­mo ése, pero en 1985, Ma­nuel Gue­rre­ro Ce­ba­llos, su pa­dre, ha­bía si­do se­cues­tra­do en la puer­ta del co­le­gio don­de era ins­pec­tor y don­de el hijo es­tu­dia­ba. Vein­ti­cua­tro ho­ras des­pués, su ca­dá­ver apa­re­ce­ría de­go­lla­do en los al­re­de­do­res del ae­ro­puer­to de San­tia­go, jun­to a los cuer­pos de Jo­sé Ma­nuel Pa­ra­da y San­tia­go Nat­tino. El gol­pe de esa muer­te fue in­men­so pa­ra Ma­nuel hijo. Se lle­nó de ra­bia. Pero no pu­do llo­rar.

Eso, sol­tar las lá­gri­mas de pu­ra pe­na, le to­ma­ría tiem­po.

Dos años, exac­ta­men­te. Ma­nuel hijo es­ta­ba en Berlín orien­tal, ter­mi­nan­do el co­le­gio, y re­pi­tió la ru­ti­na de to­dos los 29 de mar­zo. To­mó su gui­ta­rra y se fue a un ce­men­te­rio. Co­mo era im­po­si­ble ir a la tum­ba de su pa­dre, eli­gió una tum­ba cual­quie­ra. Pa­ra de­jar­le una flor y can­tar­le. Pero en­ton­ces sin­tió que al­go le ex­plo­tó aden­tro.

Di­ce Ma­nuel: “De re­pen­te se me vino en­ci­ma la pe­na y la au­sen­cia. No por el hé­roe, por el gran di­ri­gen­te; sino por el hombre que fue mi pa­dre. Sen­tí ga­nas de que es­tu­vie­ra vi­vo, que me acom­pa­ña­ra en mi gra­dua­ción, que pu­dié­ra­mos con­ver­sar, que vie­ra que ha­bía re­to­ma­do la gui­ta­rra… Me lar­gué a llo­rar. No pa­ré en va­rios días”.

Ma­nuel Gue­rre­ro Antequera tenía en­ton­ces 16 años. Y ese llan­to fue un pun­to de in­fle­xión. No era el pri­me­ro en su vi­da, ni se­ría el úl­ti­mo. Pero fue im­por­tan­te.

Él, que has­ta en­ton­ces se ha­bía mos­tra­do duro, un di­ri­gen­te es­tu­dian­til que di­ri­gía mar­chas, un dis­ci­pli­na­do militante de las Ju­ven­tu­des Co­mu­nis­tas, un jo­ven que no de­ja­ba es­pa­cio emo­cio­nal pa­ra na­da que no fue­ra la ra­bia, sin­tió la fra­gi­li­dad. Y de ma­ne­ra inevi­ta­ble re­pa­só lo que ha­bía si­do su vi­da y la pro­yec­tó ha­cia ade­lan­te. En una re­cons­truc­ción emo­cio­nal que aún no ter­mi­na.

Ma­nuel Gue­rre­ro hoy es so­ció­lo­go, doc­to­ra­do en So­cio­lo­gía por la Uni­ver­si­dad Al­ber­to Hur­ta­do, y pro­fe­sor de bioé­ti­ca en la Fa­cul­tad de Me­di­ci­na de la Uni­ver­si­dad de Chi­le. Des­de el 2016 es­tá ha­cien­do un pos­doc­to­ra­do en la Uni­ver­si­dad de Upp­sa­la, en Sue­cia. “Es so­bre éti­ca apli­ca­da a las neu­ro­cien­cias, pa­ra tra­tar de en­ten­der las ba­ses bio­ló­gi­cas de las de­ci­sio­nes mo­ra­les que to­ma­mos”, di­ce. An­tes, ha­bía desa­rro­lla­do una teo­ría de la ma­sa­cre pa­ra en­ten­der por qué la gen­te en­tra en ese ti­po de pro­ce­sos. A Ma­nuel Gue­rre­ro le in­tere­san los con­tex­tos so­cia­les y cul­tu­ra­les, pero tam­bién lo que ocu­rre den­tro del ce­re­bro de una per­so­na.

El do­cu­men­tal Gue­rre­ro, di­ri­gi­do por Se­bas­tián Mo­reno y es­tre­na­do a prin­ci­pios de agos­to, mues­tra bas­tan­te de su bi­tá­co­ra vi­tal. Re­cons­tru­ye su in­fan­cia, los lu­ga­res don­de lo lle­vó el exi­lio, los afec­tos in­vo­lu­cra­dos, lo que si­guió a la muer­te del pa­dre. Pero hay mu­cho más de lo que exhibe esa pe­lí­cu­la de 70 mi­nu­tos. Fue­ron 100 ho­ras de gra­ba­ción du­ran­te sie­te años en cin­co paí­ses. Ma­nuel Gue­rre­ro se ha re­co­no­ci­do y se ha des­co­no­ci­do al ver­se en ese do­cu­men­tal. Es­tu­vo en Chi­le pa­ra su pre­sen­ta­ción. Fue­ron unos po­cos días, aje­trea­dos, re­me­ci­dos. Pre­fie­re ha­blar aho­ra que ya es­tá de re­gre­so en Sue­cia, tran­qui­lo. Ma­nuel Gue­rre­ro -47 años, ca­sa­do, tres hi­jas- cuen­ta có­mo al­guien se re­cons­tru­ye a sí mis­mo. Co­mo se lo­gra en­sam­blar otra vez el puz­le cuan­do las sa­cu­di­das bio­grá­fi­cas e his­tó­ri­cas han bo­ta­do ca­si to­das las pie­zas al sue­lo. Una in­fan­cia ma­du­ra ¿A qué edad em­pie­zan tus re­cuer­dos, Ma­nuel?

A par­tir de los cua­tro años, pos­te­rior al gol­pe. Mis re­cuer­dos son tan­ques en la no­che en Lo Pla­za con Gre­cia, que es don­de vi­vía mi abue­la. Allí es­ta­ba yo cuan­do en ju­nio de 1976 se­cues­tran a mi pa­dre, que era di­ri­gen­te de las Ju­ven­tu­des Co­mu­nis­tas.

En el do­cu­men­tal apa­re­ces de seis años con­tan­do ese se­cues­tro. ¿Es po­si­ble que un ni­ño tan pequeño ma­ne­ja­ra tan­tos de­ta­lles?

Re­cuer­do ha­ber vis­to lle­gar a mi ma­má gri­tan­do. Es­cu­ché su tes­ti­mo­nio de có­mo ha­bía si­do el se­cues­tro. Cuan­do en el do­cu­men­tal vi la es­ce­na que men­cio­nas me im­pac­tó mu­cho, por­que yo era un ni­ñi­to. Le pre­gun­té a mi ma­má có­mo a esa edad re­cor­da­ba con tan­ta pre­ci­sión lo ocu­rri­do. Su respuesta fue que cuan­do sa­lía-

mos a bus­car a mi pa­pá, yo iba con ella y es­cu­ché la his­to­ria mu­chas ve­ces.

Los pun­tos de in­fle­xión cam­bian una vi­da. La sa­li­da al exi­lio en 1976, ¿fue el pri­me­ro pa­ra ti?

Fue un pun­to de in­fle­xión, sin du­da; pero hay uno pre­vio: el pe­rio­do en que en­con­tra­mos a mi pa­pá. Es­tu­vo unos me­ses des­apa­re­ci­do; al fi­nal lo en­con­tra­mos en un cam­po de con­cen­tra­ción en Pu­chun­ca­ví. Lue­go lo pa­san a Cua­tro y Tres Ála­mos. Re­cuer­do ir a vi­si­tar­lo los do­min­gos, él ha­cien­do su ar­te­sa­nía, yo ven­dién­do­la en Ñu­ñoa. Heavy.

En no­viem­bre de 1976, la fa­mi­lia se fue al exi­lio. Los pa­dres, Ma­nuel y su her­ma­na Amé­ri­ca, de po­cos me­ses. Par­tie­ron en un cam­po de re­fu­gia­dos en Sue­cia. Con días cor­tos y nie­ve. “Pa­ra mí, que era un ca­bro chi­co, era co­mo lle­gar a otra ga­la­xia”, re­cuer­da. Un mes des­pués se tras­la­da­ron a Bu­da­pest, en Hungría. Allí vi­vi­rían cin­co años. Des­de tu óp­ti­ca de ni­ño, ¿fue un tiem­po fe­liz?

Des­de la ni­ñez, esos cin­co años fue­ron ma­ra­vi­llo­sos. Tenía mi escuela a dos cua­dras, vi­vía en una se­gu­ri­dad ple­na, apren­dí el idio­ma, tenía ami­gos. A mi pa­pá lo veía po­co por­que es­ta­ba me­ti­do en ac­ti­vi­da­des de la so­li­da­ri­dad in­ter­na­cio­nal, pero las ve­ces que es­ta­ba sa­lía­mos a tro­tar, a ju­gar ping pong. Fue un pe­rio­do be­llí­si­mo. Apren­dí a to­car gui­ta­rra clá­si­ca. Hu­bo quie­bres tam­bién, co­mo la se­pa­ra­ción de mis pa­dres.

Esa fe­li­ci­dad de ni­ñez, ¿se man­tie­ne cuan­do la mi­ras de adul­to? Una es­ce­na con­mo­ve­do­ra del do­cu­men­tal es ese abra­zo con tu ami­go de in­fan­cia, llorando en la escuela hún­ga­ra.

Con la dis­tan­cia del tiem­po to­mas con­cien­cia de que el exi­lio im­pli­ca un des­arrai­go y que mien­tras los ni­ños es­tá­ba­mos en una bur­bu­ja ama­ble, lo que es­ta­ban vi­vien­do nues­tros pa­dres, que eran muy jó­ve­nes, era que su ge­ne­ra­ción es­ta­ba des­apa­re­cien­do se­ma­na a se­ma­na. Ellos car­ga­ban con pe­na, ra­bia; mien­tras yo es­ta­ba apren­dien­do a to­car mú­si­ca clá­si­ca.

En pan­ta­lla di­ces: “De ni­ño me con­ver­tí en adul­to”. Es tris­te eso.

Nues­tros pa­dres vi­vían con las ma­le­tas lis­tas pa­ra re­gre­sar. Ca­da Año Nue­vo decían: es­te año cae y vol­ve­mos a Chi­le. Pa­sa­ba el tiem­po, no des­ha­cían las ma­le­tas. En el ca­so de los ni­ños no era así, uno se in­te­gra, adop­ta el idio­ma. Te vas asi­mi­lan­do a la nue­va so­cie­dad mien­tras ves que tus pa­dres no. Nos con­ver­ti­mos en sus tra­duc­to­res. En la escuela cuan­do lla­ma­ban a nues­tros pa­dres, uno era el tra­duc­tor y se en­te­ra­ba de la opi­nión de los pro­fe­so­res. La in­fan­cia em­pie­za a ser una in­fan­cia ca­da vez más ma­du­ra. Qui­zás no re­sul­te ra­ro que lue­go apa­rez­ca ese ni­ño de 14 años, cuan­do pa­só lo que pa­só, ha­blan­do con ese gra­do de ma­du­rez. Pu­ra ra­bia Y lo que pa­só has­ta lle­gar a ese ni­ño de 14 años fue es­to: los Gue­rre­ro vol­vie­ron a Chi­le en 1982 y des­de en­ton­ces, has­ta el ase­si­na­to del pa­dre, tra­ta­ron de vi­vir con cier­ta nor­ma­li­dad. Di­ce Ma­nuel: “En 1984 se da una or­den de de­ten­ción y ex­pul­sión con­tra mi pa­pá, por su rol de di­ri­gen­te sin­di­cal, así que pa­sa a la clan­des­ti­ni­dad. Mi papi nun­ca nos de­jó de es­cri­bir. Co­mo pro­fe­sor nor­ma­lis­ta tenía una le­tra re­don­da, be­llí­si­ma, muy cla­ri­ta, y las car­tas que nos man­da­ba eran poe­mas. Cuan­do se sus­pen­de esa or­den con­tra él, vuel­ve a apa­re­cer, vuel­ve a hacer cla­ses, vuel­ve a la ca­sa de mi abue­lo en Mai­pú. Yo tenía 14 años y de­ci­do ir­me a vi­vir con él. En­ton­ces lle­ga el 29 de mar­zo de 1985. El gran quie­bre”. Tras su ase­si­na­to, a ti te go­bier­na la ra­bia. ¿Era al­go nue­vo pa­ra ti?

En eso tam­bién el do­cu­men­tal ha si­do cla­ri­fi­ca­dor. Por­que efec­ti­va­men­te por los pro­pios va­lo­res de mi fa­mi­lia, de la ex­pe­rien­cia en Hungría, don­de mi ma­dre se preo­cu­pó de dar­nos he­rra­mien­tas pa­ra ela­bo­rar de ma­ne­ra po­si­ti­va las si­tua­cio­nes que íba­mos vi­vien­do; yo me des­co­noz­co en esas imá­ge­nes don­de apa­rez­co dan­do un dis­cur­so en la Vi­ca­ría el día que apa­re­ce el cuer­po de mi pa­pá. Yo re­cor­da­ba que pe­día jus­ti­cia, que ha si­do el le­ma que to­mé pa­ra mi vi­da: ni re­van­chis­mo, ni ven­gan­za, ni odio; só­lo jus­ti­cia. Sin em­bar­go me veo ahí, a los 14, y lo que quie­ro es ven­gan­za. Con ira, gol­pean­do la me­sa.

A esa edad, Ma­nuel Gue­rre­ro se con­vir­tió en un jo­ven lleno de ra­bia que mos­tra­ba en sus dis­cur­sos y en las mar­chas. Al­guien con ga­nas de sal­dar cuen­tas. Un sol­da­do

en gue­rra. “Es­ta ra­bia se con­vir­tió en una ta­bla de sal­va­ción, que le per­mi­tió a es­te ni­ño po­ner es­te cri­men en un re­la­to que le die­ra sen­ti­do co­mo una his­to­ria que no só­lo le pa­sa­ba a él, sino a Chi­le. La ra­bia le per­mi­tió a es­te ni­ño le­van­tar­se, pero tam­bién iba ge­ne­ran­do un da­ño por­que no le dio es­pa­cio a la pe­na, al llan­to, al due­lo. Ocu­pó to­do el es­pa­cio emo­cio­nal. Es­ta ra­bia nos per­mi­tió a par­te de mi ge­ne­ra­ción le­van­tar­nos y lu­char, pero tam­bién em­pe­zar a con­ver­tir­nos en lo que pre­ci­sa­men­te nues­tros pa­dres no que­rían: en es­pe­jo de la dic­ta­du­ra, en má­qui­nas de gue­rra”.

En el do­cu­men­tal di­ces: “Sen­tía una ra­bia que me po­día con­ver­tir en un ar­ma mor­tal, al­guien dis­pues­to a ma­tar”.

Eso lo tra­to de in­ter­pre­tar con una can­ción que es de esos años de Hu­go Mo­ra­ga, “Ni­ño de gue­rra”. Ha­bla de los ni­ños de Viet­nam, del Lí­bano y se po­dría in­cluir a ese ni­ño de 14 años al que le se­cues­tran y de­güe­llan al pa­dre. Nos con­ver­ti­mos en pe­que­ños sol­da­dos, y eso es tre­men­do. No fue pa­ra eso que nues­tras ma­dres nos tra­je­ron a la vi­da. Mi ma­dre que­ría que nos con­vir­tié­ra­mos en se­res amo­ro­sos pa­ra cons­truir una so­cie­dad jus­ta. Sa­nar­se Tu­vo un nue­vo exi­lio. Es­ta vez pro­pio. En julio de 1986, la Vi­ca­ría de la So­li­da­ri­dad, la di­ri­gen­cia es­tu­dian­til y las Ju­ven­tu­des Co­mu­nis­tas con­ven­cie­ron a Ma­nuel Gue­rre­ro de sa­lir del país. Era por su se­gu­ri­dad. Le ha­bían da­do una gol­pi­za, era per­se­gui­do y vi­vía clan­des­tino. Sa­lió con des­tino a Sue­cia. Tenía 15 años. Acep­tó pen­san­do que só­lo se­rían seis me­ses.

“Cuan­do lle­gué al cam­pa­men­to en las afue­ras de Estocolmo, ha­bía un bos­que, la­gos, co­mo si uno lle­ga­ra a Chi­loé. Pero yo no so­por­ta­ba el si­len­cio. Me em­pe­cé a pre­gun­tar có­mo no po­día es­tar en paz. El da­ño es­ta­ba en es­te ni­ño de gue­rra”, di­ce. Al año si­guien­te par­tió a la RDA. Él iba a for­ta­le­cer­se co­mo di­ri­gen­te co­mu­nis­ta. Leía de po­lí­ti­ca, en­tre­na­ba fí­si­ca­men­te: “Iba a ace­rar­me en un sen­ti­do ideo­ló­gi­co, pero tam­bién ace­rar el cuer­po. Ha­go de­fen­sa per­so­nal”.

Pero le pa­sa­ron al­gu­nas co­sas que le cam­bia­ron los pla­nes. Pri­me­ro fue de­jar sa­lir el llan­to fren­te a esa tum­ba anó­ni­ma: “Llo­ré por el va­cío que de­jan las pér­di­das de se­res que­ri­dos. Pero tam­bién por ese ni­ño que ha­bía si­do. Fue re­cu­pe­rar esa fra­gi­li­dad, esa ter­nu­ra de la le­tra re­don­da de mi pa­pá. Em­pe­cé un tra­ba­jo dis­tin­to de mi pro­pia re­cons­truc­ción de la me­mo­ria”.

Lue­go vino una jornada con ami­gos en un par­que. Cuan­do les mos­tró una téc­ni­ca pa­ra neu­tra­li­zar a otro: te aga­chas, lo to­mas por los to­bi­llos, lo bo­tas, le sal­tas en­ci­ma por la es­pal­da, le le­van­tas la cabeza, sa­cas un cu­chi­llo, le cor­tas el cue­llo. Sus ami­gos se es­pan­ta­ron. “Me di­cen: `Ma­nuel, ése no eres tú, no­so­tros co­no­ce­mos al Ma­nuel de la gui­ta­rra, al que nos ayuda a for­mar cen­tros de alum­nos, ¿qué es es­to?´ Y en la mi­ra­da de ellos, me vi a mí mis­mo: mier­da, di­je, és­ta no es la op­ción que quie­ro tomar”.

Lo otro fue la pro­pia RDA. “En­tré en con­tac­to con la ju­ven­tud ale­ma­na y la com­ple­ji­dad que vi­vían. Par­te de sus sue­ños era de­mo­cra­ti­zar la pro­pia RDA. Em­pie­zo a te­ner con­cien­cia de que los so­cia­lis­mos reales del Es­te te­nían es­ta di­men­sión de jus­ti­cia so­cial, pero que hay un plano que tie­ne que ver con la li­ber­tad de con­cien­cia, la li­ber­tad de ex­pre­sión, que es li­mi­ta­da. So­li­da­ri­zo con mis com­pa­ñe­ros ale­ma­nes”. ¿Qué re­sul­ta­do tu­vo la su­ma de to­das esas co­sas?

Vie­ne un pun­to de in­fle­xión muy gran­de. Jun­to a lo que im­pli­ca una ma­du­ra­ción po­lí­ti­ca, ése es el mo­men­to en que me vuel­vo adul­to pro­pia­men­te tal, asu­mo mi au­to­no­mía de jui­cio. De­ci­do de­di­car­me al tra­ba­jo cul­tu­ral, no re­gre­sar de in­me­dia­to a Chi­le y el año 89 par­ti­ci­po, des­de po­si­cio­nes de iz­quier­da crí­ti­ca, en los even­tos que ro­dean la caí­da del mu­ro. En Chi­le se vi­vía el ple­bis­ci­to, que no era la sa­li­da pa­ra la cual nos es­tá­ba­mos for­man­do pa­ra vol­ver a em­pu­jar la re­be­lión po­pu­lar. Ha­bía que pa­rar un mo­men­to y re­fle­xio­nar, ha­bía que sa­nar­se. ¿De­jas­te de mi­li­tar?

Sí, y me dedico a tra­ba­jar­me a mí mis­mo. No es aban­do­nar la lu­cha ni la trans­for­ma­ción so­cial, sino asu­mir­la des­de otra es­ca­la don­de tam­bién de­bo ha­cer­me car­go de mí mis­mo. Si que­re­mos trans­for­mar la so­cie­dad, yo tam­bién ten­go que es­tar sano pa­ra co­la­bo­rar de for­ma cons­truc­ti­va.

Al PC no le de­be ha­ber pa­re­ci­do bien. Eras el he­re­de­ro de Gue­rre­ro, te man­te­nías en el exi­lio, y tú sa­les con es­to…

Ha si­do un pro­ce­so que me ha to­ma­do to­dos es­tos años y que si­gue abier­to, tan­to con mi ge­ne­ra­ción co­mo con el Par­ti­do; una re­la­ción muy ri­ca en afec­to pero tam­bién atra­ve­sa­da por una opi­nión muy pro­pia que yo he ido ejer­cien­do y que en ge­ne­ral ha si­do aco­gi­da. Es­tu­dié en el Ar­cis, fui elec­to con­ce­jal de Ñu­ñoa co­mo in­de­pen­dien­te por el pac­to Jun­tos Po­de­mos Más; he se­gui­do for­man­do par­te de es­ta iz­quier­da his­tó­ri­ca, pero con un áni­mo de in­no­va­ción, de chas­co­near­la.

Ma­nuel Gue­rre­ro re­gre­só a Chi­le en 1995. An­tes se ha­bía ca­sa­do con Ka­ren Alia­ga, una chi­le­na exi­lia­da en Sue­cia, y ya te­nían una hi­ja. Di­ce que la pa­ter­ni­dad le agre­gó más cre­ci­mien­to. Se le hi­zo más fá­cil el per­dón. “A la per­so­na que más tiem­po me ha cos­ta­do per­do­nar fue a mí mis­mo. Sen­tía una ra­bia enor­me por­que no fui ca­paz de hacer apa­re­cer con vi­da a mi pa­pá... Me to­mó mu­cho tiem­po ad­mi­tir que yo tenía 14 años, y que a los 14 años hi­ce lo que pu­de, que no es­ta­ba en mis ma­nos hacer más. En­ton­ces per­do­né a ese ni­ño y ad­mi­tí es­ta fra­gi­li­dad, que hay es­pa­cio pa­ra la pe­na, pa­ra la ra­bia, que ten­go deu­das con mi pa­pá”. ¿Per­do­nas­te tam­bién a tu pa­dre?

Cuan­do fui pa­dre y por ac­ti­vi­da­des de par­ti­ci­pa­ción po­lí­ti­ca me em­pe­cé a au­sen­tar de la ca­sa, fun­cio­nó el “es­pe­jeo”: mi papi no es­tu­vo au­sen­te por­que qui­sie­ra ha­cer­me da­ño, sino por­que es­ta­ba tra­tan­do de hacer un apor­te. Yo no pue­do se­pa­rar a mi pa­pá de su mi­li­tan­cia, no tie­ne sen­ti­do es­tar enoja­do con el par­ti­do al que qui­so tan­to y era par­te de su ser. Ese fue mi pa­pá y co­mo tal ten­go que que­rer­lo. Y ahí uno em­pie­za a au­men­tar la es­ca­la: la fa­mi­lia tam­po­co me qui­so hacer da­ño, ni el par­ti­do, ni la so­cie­dad chi­le­na. Es­tar lleno de cul­pas no ayuda, no coope­ra, no cons­tru­ye na­da.

PE­DRO PAS­CAL

Al­gu­nas es­ce­nas fa­mi­lia­res que apre­cen en el do­cu­men­tal Gue­rre­ro, del chi­leno Se­bas­tián Mo­reno, que retrata la vi­da y ex­pe­rien­cias de Ma­nuel Gue­rre­ro.

MA­NUEL GUE­RRE­RO ES­TA SE­MA­NA EN SUE­CIA.

MA­NUEL GUE­RRE­RO EN SU IN­FAN­CIA CON SU FA­MI­LIA.

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