LA IM­POR­TAN­CIA DEL ÍDO­LO

La Tercera - Tendencias - - APUNTES - POR An­drés Be­ní­tez

Es muy di­fí­cil en­ten­der lo que sig­ni­fi­ca Mes­si des­de Chi­le. Por­que acá no lo quie­ren y en Ar­gen­ti­na lo ado­ran.

¿Por qué no nos gus­ta Mes­si? Por­que no te­ne­mos cul­tu­ra de ído­los. Por­que so­mos cha­que­te­ros, la­di­nos, des­con­fia­dos. Por eso, acá se ha di­cho de to­do de Mes­si. Que es­tá de­pri­mi­do, que ar­ma el equi­po a su pin­ta, que pe­leó con su fa­mi­lia. Pro­ba­ble­men­te, to­do aque­llo es fan­ta­sía. Es par­te del show que que­re­mos in­ven­tar pa­ra sa­car­nos la ra­bia que nos pro­vo­ca su fi­gu­ra.

En Ar­gen­ti­na, Mes­si es y se­gui­rá sien­do una suer­te de dios. Y cla­ro, sa­be­mos que eso es una exa­ge­ra­ción, pe­ro tam­po­co es­tá tan le­jos de la ver­dad. Su fi­gu­ra des­te­lla en to­das par­tes. Por al­go el triun­fo fren­te a Ni­ge­ria fue por­ta­da del New York Ti­mes, un dia­rio que no di­ga­mos se ca­rac­te­ri­za por ha­blar de fút­bol. Pe­ro cla­ro, el ar­tícu­lo no era de fút­bol; era de Mes­si.

Lo he di­cho otras ve­ces y lo re­pi­to: si hay al­go que de­be­mos re­co­no­cer a los ar­gen­ti­nos es su ca­pa­ci­dad de ge­ne­rar y de­fen­der a sus ído­los. Y es­to no es un ca­pri­cho. Es al­go que tie­ne un com­po­nen­te so­cial que es vi­tal. Por­que, por mu­cho que el con­cep­to de lo co­lec­ti­vo o de co­mu­ni­dad sea im­por­tan­te, las per­so­nas se ins­pi­ran en otras per­so­nas. De ahí que es im­por­tan­te te­ner y cui­dar a los ído­los. Es el va­lor de lo in­di­vi­dual. De la ha­za­ña de un hom­bre lo­gran­do al­go ex­tra­or­di­na­rio. La fi­gu­ra del hé­roe que re­co­rre la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad.

En Chi­le, por el con­tra­rio, siem­pre se ha­bla de lo co­lec­ti­vo. Que so­mos los más or­de­na­dos de la re­gión, que las ins­ti­tu­cio­nes fun­cio­nan, que es­ta­mos en la OCDE o que li­de­ra­mos no sé qué rán­king. En fin, co­sas im­por­tan­tes, pe­ro que no en­tu­sias­man. Na­die nun­ca de­rra­ma­rá una lá­gri­ma por na­da de aque­llo.

Por Mes­si, los ar­gen­ti­nos lloran, su­fren, gri­tan, se vuel­ven lo­cos. Y esa pa­sión es la que con­mue­ve. Que ga­nas se sen­tir lo mis­mo. Que ga­nas de te­ner ído­los, aun­que mu­chas ve­ces de­cep­cio­nen. Por­que, al fi­nal, los ído­los son un sen­ti­mien­to. Los re­sul­ta­dos pa­san, pe­ro el gus­ti­to de esos gran­des mo­men­tos que­da.

Al­gu­nos di­rán: no te­ne­mos a Mes­si, pe­ro sí a la Ma­rea Ro­ja. Pe­ro eso es jus­to lo con­tra­rio. La Ma­rea Ro­ja es nue­va­men­te una ma­sa indistingible, in­con­te­ni­ble, don­de lo in­di­vi­dual es apabullado. Por el con­tra­rio, los ar­gen­ti­nos no quie­ren tan­to a su se­lec­ción. Ado­ran a sus ju­ga­do­res. Qui­zá por ello son más des­or­de­na­dos co­mo país, pe­ro tam­bién más ex­tro­ver­ti­dos, can­che­ros, go­za­do­res. No ten­drán ins­ti­tu­cio­nes, pe­ro tie­nen ído­los. Y eso es te­ner pa­sión.

AL­GU­NOS DI­RÁN: NO TENENEMOS A MES­SI, PE­RO SÍ A LA MA­REA RO­JA. PE­RO LA MA­REA RO­JA ES UNA MA­SA INDISTINGIBLE, IN­CON­TE­NI­BLE, DON­DE LO IN­DI­VI­DUAL ES APABULLADO. POR EL CON­TRA­RIO, LOS AR­GEN­TI­NOS NO QUIE­REN TAN­TO A SU SE­LEC­CIÓN. ADO­RAN A SUS JU­GA­DO­RES.

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