EL GRAN MAL­VA­DO

La Tercera - Tendencias - - APUNTES - POR An­drés Benítez

Fue una ex­tra­ña coin­ci­den­cia. El mis­mo día en que Ap­ple se con­vir­tió en la pri­me­ra em­pre­sa de la his­to­ria en al­can­zar un va­lor su­pe­rior al bi­llón de dó­la­res (do­ce ce­ros), la re­vis­ta Va­nity Fair pu­bli­có un ade­lan­to de las me­mo­rias de la hi­ja de Ste­ve Jobs, Li­sa, don­de des­cri­be la tor­men­to­sa y triste re­la­ción que tu­vo con un pa­dre frío y dis­tan­te, el que ini­cial­men­te in­clu­so se ne­gó a re­co­no­cer­la.

No es la pri­me­ra ni se­rá la úl­ti­ma vez que Jobs es re­cor­da­do en es­ta dua­li­dad. Por un la­do, co­mo el ge­nio que fun­dó la que es hoy la ma­yor em­pre­sa del mun­do; por el otro, co­mo el ti­po nar­ci­sis­ta y egoís­ta en su re­la­ción con los de­más y en su vi­da pri­va­da.

Al fi­nal, to­dos pa­re­cen es­tar ga­nan­do igual. Ahí es­tá Li­sa Bren­nan-Jobs ex­plo­tan­do y ven­dien­do li­bros so­bre la du­ra his­to­ria con su pa­dre. Y ahí es­tá Ap­ple dis­fru­tan­do ser el gi­gan­te que ju­ró nun­ca ser. En es­to úl­ti­mo, la co­sa es bien im­pre­sio­nan­te. Por­que si bien na­die en­tien­de lo que sig­ni­fi­ca un bi­llón de dó­la­res, las com­pa­ra­cio­nes son alu­ci­nan­tes. Si Ap­ple fue­ra un país, es­ta­ría en el lu­gar 15 de las mayores eco­no­mías del mun­do. Si fue­ra una per­so­na, se­ría sie­te ve­ces más ri­co que Jeff Be­zos y diez más queBi­llGat es. Si fue­ra un ejér­ci­to, po­dría fi­nan­ciar dos gue­rras de Viet­nam com­ple­tas.

To­do es­to tam­bién tie­ne al­go de ines­pe­ra­do. Jobs nun­ca pen­só te­ner ni que­rer a su hi­ja Li­sa y, pa­re­ce que al fi­nal de su vi­da, ter­mi­nó en­ca­ri­ñán­do­se con ella. A su vez, siem­pre so­ñó con una em­pre­sa al­ter­na­ti­va y, en cam­bio, creó las ba­ses pa­ra con­ver­tir­la en el gi­gan­te que al me­nos fin­gían re­ne­gar.

Por eso, la no­ti­cia del bi­llón de dó­la­res pro­vo­ca sen­ti­mien­tos en­con­tra­dos. ¿Es­ta­rá la em­pre­sa trai­cio­nan­do su esen­cia? Bueno, en es­to uno no pue­de de­jar de re­cor­dar el pun­to más em­ble­má­ti­co de to­da es­ta his­to­ria, el año 1984, cuan­do lan­zan el Ma­cin­tosh con un co­mer­cial ba­sa­do pre­ci­sa­men­te en la no­ve­la 1984 de George Or­well. Ste­ve Jobs le pi­de al afa­ma­do di­rec­tor Ridley Scott

(Bla­de Runner,Gla­dia­dor), crear una his­to­ria don­de Ap­ple apa­re­ce co­mo una com­pa­ñía jo­ven, re­bel­de y he­roi­ca, la que se tie­ne que en­fren­tar al “gran her­mano” -en es­te ca­so la IBM- pa­ra de­te­ner su plan de con­tro­lar el mun­do y la men­te de sus ciu­da­da­nos. El re­sul­ta­do fue épi­co, al pun­to que mu­chos lo con­si­de­ran has­ta el día de hoy el me­jor co­mer­cial ja­más rea­li­za­do.

Aho­ra, la pre­gun­ta que sur­ge es si Ap­ple se con­vir­tió en eso que tan­to te­mía: el gi­gan­te con­tro­la­dor. Y si Jobs fue el ver­da­de­ro “gran her­mano” de la no­ve­la de Or­well. Y si sus se­gui­do­res son una sec­ta.

Yo pien­so que sí. Jobs es el gran her­mano. Pe­ro no por el ta­ma­ño de la em­pre­sa, ni por su re­la­ción con la hi­ja. Lo que creo es que siem­pre qui­so con­tro­lar to­do. No por la fuer­za, sino a tra­vés de sus pro­duc­tos, es­pe­cial­men­te el te­lé­fono. Por­que des­pués del iPho­ne, na­da fue igual. A tra­vés de él lo­gró atra­par­nos pa­ra siem­pre.

Se­gún la mis­ma Ap­ple, en pro­me­dio las per­so­nas des­blo­quean su ce­lu­lar 80 ve­ces al día. O sea, unas cin­co ve­ces por ho­ra útil. Y cal­cu­lan que aque­llo sig­ni­fi­ca que es­ta­mos co­nec­ta­dos con él -mail, What­sApp, Goo­gle, Ins­ta­gram, Spo­tify, Twit­ter, etc. - unas seis ho­ras dia­rias. No ca­be du­da: es por le­jos nues­tra prin­ci­pal ac­ti­vi­dad. Es lo pri­me­ro que ve­mos en la ma­ña­na; lo úl­ti­mo que se apa­ga en la no­che.

Na­da bueno pue­de sa­lir de es­to. To­dos lo sa­be­mos y lo ve­mos a dia­rio. En una reunión de dos per­so­nas, al me­nos una es­tá mi­ran­do el te­lé­fono. Y siem­pre te­ne­mos una ex­cu­sa al mo­men­to de usar­lo com­pul­si­va­men­te. Pe­ro sa­be­mos que es una adic­ción. A es­tas al­tu­ras, una pan­de­mia que pro­vo­có Ste­ve Jobs: el ge­nio que nos con­vir­tió en es­cla­vos.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Chile

© PressReader. All rights reserved.