La mi­to­lo­gía de la Quin­ta se ba­sa­ba en ali­men­tar el caos como una suer­te de de­mo­cra­cia es­té­ti­ca.

La Tercera - - SOCIEDAD -

ron a ser in­clui­dos en la pa­rri­lla pa­ra ver si so­bre­vi­vían al mons­truo, qui­zás pa­ra sal­var al res­to de los ar­tis­tas. Así, lo que era es­pon­tá­neo se vol­vió es­pe­cu­la­ción, una es­pe­cie de pac­to. Mien­tras, el Fes­ti­val cam­bió. Los shows mu­si­ca­les eran más lar­gos, la re­mo­de­la­ción de la Quin­ta le qui­tó to­do ca­riz po­pu­lar a la ga­le­ría y la trans­mi­sión del even­to por la te­le su­bor­di­nó el es­pec­tácu­lo al cálcu­lo ra­ting. Mu­ri­llo, el Hua­so y Cen­te­lla la sa­ca­ron ba­ra­ta. El mons­truo ya no es­ta­ba. No sé si lo ex­tra­ña­re­mos. Ani­mal ex­tin­to, con él se fue­ron la ver­güen­za y la sor­pre­sa pe­ro tam­bién cier­ta ten­sión, aca­so esa chis­pa per­ver­sa que in­cen­dió las pe­sa­di­llas de los Fes­ti­va­les pa­sa­dos.

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