Gui­llier, el ga­lán

La Tercera - - Opinión - Andrés Be­ní­tez In­ge­nie­ro co­mer­cial

QUE LA co­sa no an­da, es cla­ro. Pa­sar de hé­roe a vi­llano en tan po­cos me­ses, es un ré­cord mun­dial. Por­que Gui­llier no so­lo se cae en las en­cues­tas; tam­bién en sus fi­las cun­de la de­cep­ción, las pe­leas y la desafec­ción. La sen­sa­ción de que se equi­vo­ca­ron al ele­gir­lo pa­re­ce evi­den­te. Lo di­cen ca­si to­dos.

Pe­se a que al­gu­nos plan­tean que car­gar con la mo­chi­la de es­te go­bierno es una ta­rea im­po­si­ble, o que la di­vi­sión de la Nue­va Ma­yo­ría ayu­da po­co, la ver­dad es que la idea de que el cen­tro del pro­ble­ma es el pro­pio Gui­llier, cun­de por to­das par­tes. De al­gu­na ma­ne­ra, su fi­gu­ra es la me­jor des­crip­ción del an­ti can­di­da­to.

Es cier­to que no tie­ne mu­chas ideas, que se equi­vo­ca mu­cho, que ha si­do in­ca­paz de mos­trar li­de­raz­go. Pe­ro, lo que más in­quie­ta es su apa­tía, una que dis­fra­za con una tran­qui­li­dad que de­ses­pe­ra, ca­si al pun­to de caer en la fri­vo­li­dad.

Pa­ra él, na­da ma­lo ha pa­sa­do. To­do se de­rrum­ba a su al­re­de­dor, pe­ro el can­di­da­to no pierde la cal­ma y la son­ri­sa. Ni si­quie­ra se des­pei­na. Da la im­pre­sión de que, in­clu­so, lo si­gue pa­san­do bien. Es cier­to, to­das es­tas son co­sas que pue­den ver­se co­mo vir­tu­des, es­to es, que es ca­paz de en­fren­tar la ad­ver­si­dad con tem­plan­za. Pe­ro lo su­yo cae más bien en la des­preo­cu­pa­ción, la apa­tía, co­mo si per­der fue­ra al­go que no tie­ne im­por­tan­cia.

Tie­ne al­go de ga­lán. De esos que creen que pue­den con­quis­tar a to­dos, o to­das, con su so­la pre­sen­cia. Le di­cen una y otra vez que no, pe­ro el hom­bre no ce­ja en su in­ten­to, mos­tran­do un op­ti­mis­mo que so­lo tie­nen los ver­da­de­ros ga­la­nes. Al­gún día, al­guien cae­rá, pen­sa­rá, cuan­do en la prác­ti­ca el úni­co que cae es él mis­mo.

Aho­ra, pa­ra ser jus­tos, Gui­llier no ha cam­bia­do. Siempre ha si­do así. Nun­ca en­ga­ñó a na­die y los con­quis­tó así. Por eso, es con­se­cuen­te. Y lo de­fien­de con ca­rác­ter, co­mo cuan­do es­ta se­ma­na le pi­die­ron te­ner un ge­ne­ra­lí­si­mo y él, con mu­cha sol­tu­ra, di­jo que no le gus­ta­ban los li­de­raz­gos verticales. Lo su­yo es lo ho­ri­zon­tal.

Pe­ro, ba­jo esa ex­cu­sa, no so­lu­cio­na pro­ble­ma al­guno. Se ha­ce el lin­do, na­ve­gan­do en las aguas tur­bu­len­tas, co­mo si na­da pa­sa­ra. O, peor, na­da im­por­ta­ra. Fren­te a es­to, al­gu­nos, los más ra­di­ca­les, pien­san en sa­car otro can­di­da­to. Los más, sa­ben que ya es tar­de. Es lo que hay, re­pi­ten con no po­ca an­gus­tia.

Al fi­nal, en­ton­ces, pa­re­ce ser que el sue­ño de Gui­llier era ser can­di­da­to. Ser pre­si­den­te nun­ca es­tu­vo en su ra­dar. Por eso no tie­ne pro­gra­ma, equi­pos ni es­tra­te­gia al­gu­na. Lo su­yo es sim­ple­men­te bus­car fir­mas pa­ra es­tar en la pa­pe­le­ta de no­viem­bre. A es­tas alturas, ni si­quie­ra sa­be si es­ta­rá en la se­gun­da vuel­ta. Lo que sí tie­ne cla­ro es que, de ser así, no vo­ta­rá por Pi­ñe­ra, co­mo di­jo es­ta se­ma­na, au­men­ta­do las du­das en torno a su fi­gu­ra.

Si es así, el hom­bre ya ga­nó. Lo su­yo era so­lo com­pe­tir, te­ner cá­ma­ras, ser el ele­gi­do. Si pierde, co­mo es pro­ba­ble, es pro­ble­ma de los otros, los que lo eli­gie­ron. Él se­gui­rá dur­mien­do co­mo siempre, sin ma­yo­res preo­cu­pa­cio­nes, por­que esa es la esen­cia del ga­lán. Lo de él es un juego, que no va más allá de co­que­tear con la fa­ma, al­go que ya con­si­guió en un ni­vel que nun­ca an­tes en su vi­da ima­gi­nó.

Gui­llier tie­ne al­go de ga­lán. Lo de él es un juego, que no va más allá de co­que­tear con la fa­ma, al­go que ya con­si­guió.

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