Jean­ne Mo­reau fue la ca­ra vi­si­ble del triun­fo pos­tre­ro de Eu­ro­pa que, de­rro­ta­da du­ran­te la gue­rra, se eri­gió a par­tir de los años 60 en van­guar­dia de ideas, se­xua­li­dad y es­ti­los de vi­da.

La Tercera - - SOCIEDAD - Por Héc­tor So­to

Con Jean­ne Mo­reau des­apa­re­ce no so­lo una ac­triz ex­cep­cio­nal. La ver­dad es que con ella tam­bién se va un ca­pí­tu­lo del ci­ne fran­cés y tam­bién un pe­da­zo de la his­to­ria cul­tu­ral eu­ro­pea. Por­que su ros­tro es­tu­vo aso­cia­do a ese mo­men­to irre­pe­ti­ble de la his­to­ria en que el Vie­jo Mun­do, es­tan­do to­da­vía en tran­ce de re­com­po­ner­se tras la trau­má­ti­ca ex­pe­rien­cia de la gue­rra, se es­ta­ba con­vir­tien­do en van­guar­dia de in­sur­gen­cia en los ám­bi­tos del pen­sa­mien­to, la con­duc­ta se­xual y los es­ti­los de vi­da de la mo­der­ni­dad li­be­ral. Jean­ne Mo­reau fue un po­co el mas­ca­rón de proa de to­do eso. Des­de la ma­du­rez, des­de un cier­to des­pre­cio al mun- do y des­de una ima­gen de gran au­to­no­mía per­so­nal, fue ella quien le pu­so ca­ra y cuer­po de mu­jer a las eman­ci­pa­cio­nes y rup­tu­ras de su épo­ca. Lo no­ta­ble es que la pu­so con cla­se, con au­to­ri­dad y sin alar­des. Des­de lue­go sin des­nu­dar­se ni so­bre­ex­po­ner­se. Lo su­yo fue­ron los la­bios, la mi­ra­da, la dis­tin­ción y el des­dén. So­bre to­do el des­dén, una suer­te de dis­tan­cia que po­día re­ba­jar a los hom­bres a la con­di­ción de ni­ños, de fan­to­ches o de pel­ma­zos. Des­de esa po­si­ción –co­mo en As­cen­sor pa­ra el ca­dal­so (Louis Ma­lle), co­mo en Ju­les et Jim (Fran­co­is Truf­faut), co­mo en La no­che (M. An­to­nio­ni), co­mo en Dia­rio de una ca­ma­re­ra (Luis Bu­ñuel)- la Mo­reau po­día ge­ne­rar una co­rrien­te se­gu­ra de ero­tis­mo con la que nin­gu­na chi­ca bien do­ta­da, por muy sexy que fue­ra, po­día com­pe­tir.

La cró­ni­ca de Ro­dri­go Gon­zá­lez en es­tas pá­gi­nas re­cor­da­ba el mar­tes que Jean­ne Mo­reau ha­bía na­ci­do el mis­mo año que Ma­rilyn Mon­roe y es di­fí­cil ima­gi­nar desa­rro­llos, des­ti­nos y mi­tos más dis­tan­cia­dos que los su­yos. Don­de la gran ac­triz fran­ce­sa era char­me con­tro­la­do y en es­ta­do pu­ro, Ma­rilyn era se­xo de­sen­fa­da­do y sub­ver­si­vo. Don­de Jean­ne plan­tea­ba a los hom­bres un desafío de ca­rác­ter, Ma­rilyn lo po­nía en tér­mi­nos bio­ló­gi­cos de fe­roz do­mi­na­ción. Y don­de la ac­triz fran­ce­sa era maes­tra de au­to­con­cien­cia de­silu­sio­na­da y amar­ga, no hu­bo pro­ba­ble­men­te un so­lo mo­men­to en la vi­da de Ma­rilyn en que ella no se la ju­ga­ra por la son­ri­sa y el can­dor. En fin -por­que el pa­ra­le­lo si­gue has­ta el in­fi­ni­to­don­de una era len­ta, la otra no po­día ser sino ful­mi­nan­te.

Más allá de eso, la com­pa­ra­ción me lle­vó al te­ma de las asi­me­trías del des­tino. Me acor­dé de la her­mo­sa re­fle­xión que ha­ce Javier Cer­cas en su úl­ti­ma no­ve­la, El mo­nar­ca de las som­bras, so­bre los dos gran­des hé­roes de la mi­to­lo­gía grie­ga. Cer­cas la for­mu­la a raíz de la ex­pe­rien­cia del tío su­yo que mu­rió a los 19 años en las pos­tri­me­rías de la Gue­rra Ci­vil es­pa­ño­la. ¿Qué se­rá pre­fe­ri­ble? ¿La vi­da bre­ve con muer­te glo­rio­sa de Aqui­les, que de­ja el mun­do en la ple­ni­tud de su be­lle­za y co­ra­je, ase­gu­rán­do­se por eso mis­mo el pa­so a la in­mor­ta­li­dad, o la vi­da lar­ga de Uli­ses, que des­pués de mil ba­ta­llas y pe­ri­pe­cias vuel­ve a Ita­ca pa­ra te­ner una vi­da lar­ga, ple­na y di­cho­sa, jun­to a Pe­né­lo­pe?

Es im­po­si­ble ima­gi­nar lo que hu­bie­ra si­do la ve­jez pa­ra Ma­rilyn: na­die me­nos pre­pa­ra­do que ella pa­ra re­sis­tir­la. Y por la in­ver­sa, si hay una ac­triz con tem­ple pa­ra en­fren­tar lo que Phi­lip Roth lla­ma la ma­sa­cre de la ve­jez, ésa fue pre­ci­sa­men­te Jean­ne Mo­reau, en­tre otras co­sas por­que la va­ria­ble de­vas­ta­do­ra del tiem­po siem­pre fue par­te de su et­hos y de las de­silu­sio­nes que pro­yec­ta­ba su ros­tro.

Con to­do lo cruel que pue­da ser la vi­da, al me­nos en eso el des­tino por es­ta vez no fue tan in­jus­to. A una y otra les dio en fun­ción de su re­sis­ten­cia. Y, al dár­se­lo, se ase­gu­ró de que la gloria las acom­pa­ña­rá siem­pre.

Crí­ti­co de ci­ne

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