EL PEOR desen­la­ce

El tram­po­so por en­ci­ma del ído­lo, el ma­lo de­rro­tan­do al bueno. Es­te fue el más tris­te de los po­si­bles fi­na­les.

La Tercera - - PORTADA -

ÚL­TI­MA VUEL­TA No­che tris­te en Lon­dres. El me­nú con­te­nía to­dos los in­gre­dien­tes pa­ra una ve­la­da inol­vi­da­ble de atle­tis­mo. Fi­nal mun­dial de los 100 me­tros con Usain Bolt co­mo es­tre­lla prin­ci­pal, cin­co años des­pués de sus triun­fos olím­pi­cos en el mis­mo es­ce­na­rio. Un pú­bli­co en­tre­ga­do con la cer­te­za de que el múl­ti­ple cam­peón olím­pi­co iba a co­ro­nar­se en una de sus úl­ti­mas ac­tua­cio­nes so­bre una pis­ta. Pe­ro el me­nú se tor­ció. Y la fi­nal del hec­tó­me­tro ofre­ció el peor desen­la­ce po­si­ble.

Jus­tin Gatlin no ha de­ja­do de ser la som­bra de Bolt en los úl­ti­mos años. Una som­bra tram­po­sa. El ve­lo­cis­ta na­ci­do en Brooklyn fue sus­pen­di­do por do­pa­je en 2006, dos años des­pués de co­ro­nar­se co­mo el hom­bre más rá­pi­do del mun­do en los Jue­gos de Ate­nas. La sus­tan­cia ha­lla­da en la ori­na de Gatlin era tes­tos­te­ro­na, el rey de los anabo­li­zan­tes. Do­pa­je de pri­me­ra. Tram­po­so ma­yúscu­lo.

Las ma­yo­res pi­ta­das de es­tos Mun­dia­les las ha re­ci­bi­do Gatlin. Ca­da vez que era anun­cia­do en el es­ta­dio, los afi­cio­na­dos bri­tá­ni­cos le de­di­ca­ban su des­pre­cio. In­gla­te­rra vio na­cer el atle­tis­mo mo­derno, es ejem­plo de pu­re­za, de lu­cha an­ti­do­pa­je y no so­por­ta a los tramposos. La vic­to­ria de Gatlin se ha sen­ti­do co­mo una tre­men­da bo­fe­ta­da al fair play lon­di­nen­se. To­do el mun­do apos­ta­ba por una vic­to­ria cla­ra de Bolt. Pe­ro el des­tino se ríe de las pro­ba­bi­li­da­des.

El desen­la­ce de los 100 me­tros, con el tram­po­so por en­ci­ma del ído­lo, el ma­lo de­rro­tan­do al bueno, ha si­do el peor de los po­si­bles. Sin em­bar­go, la fi­nal tie­ne una lec­tu­ra bien di­fe­ren­te. Gatlin no ha ga­na­do. Es Bolt el que ha per­di­do la fi­nal.

So­bre la pis­ta lon­di­nen­se se ha vis­to al peor Bolt que se re­cuer­da. Mu­cho peor que en se­mi­fi­na­les. Arran­có mal (¡qué gran sa­li­da y qué gran fu­tu­ro el del es­ta­dou­ni­den­se Co­le­man!) y cuan­do qui­so po­ner en mar­cha su es­pe­ra­da re­mon­ta­da, su pues­ta en ac­ción, su ace­le­ra­ción im­po­nen­te im­pul­sa­da por las enor­mes pa­lan­cas en que sue­len con­ver­tir­se sus lar­gas pier­nas, no su­ce­dió na­da. Só­lo se vio a un Bolt cris­pa­do, con la ca­ra aga­rro­ta­da y lleno de ten­sión. “¡El la­bio in­fe­rior! ¡Quie­ro ve­ros co­rrer con el la­bio in­fe­rior suel­to! ¡La ca­ra re­la­ja­da!”. Los gri­tos del mí­ti­co en­tre­na­dor ame­ri­cano Bud Win­ter no ha­brían ser­vi­do ayer de na­da. Bolt fue una som­bra de sí mis­mo. Un ve­lo­cis­ta car­ga­do de pre­sión. Un atle­ta lleno de mie­do. Lo que nun­ca ha­bía si­do.

se abra­za con Gatlin.

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