¿Es­tá bien el país?

La Tercera - - TEMAS DE HOY -

Ser­gio I. Mel­nick

El ser hu­mano es im­per­fec­to. No hay en­ton­ces paí­ses ni es­ta­dos per­fec­tos. Las uto­pías per­te­ne­cen so­lo a la men­te e ima­gi­na­ción hu­ma­na, lo que no de­ja de ser in­tere­san­te si qui­sié­ra­mos en­ten­der me­jor la ex­tra­ña con­di­ción de ser hu­ma­nos. Si en­ton­ces com­pa­ra­mos reali­da­des con uto­pías, siem­pre per­de­rán las reali­da­des. Ese es el en­ga­ño del po­pu­lis­mo y las ma­las ideo­lo­gías trans­for­ma­das en re­li­gio­nes. Por cier­to, lo an­te­rior no sig­ni­fi­ca re­nun­ciar a tra­tar de ser me­jo­res, pe­ro de­be ser con los pies parados en la tie­rra, a par­tir del ser hu­mano co­mo es y no co­mo nos gus­ta­ría que fue­se. Lo que de­be­mos com­pa­rar son reali­da­des ver­sus reali­da­des al­ter­na­ti­vas. To­das im­per­fec­tas y con pro­ble­mas. Las re­li­gio­nes ofre­cen la per­fec­ción en la otra vi­da, no en la pre­sen­te.

Sin em­bar­go, hay paí­ses cla­ra­men­te me­jor ad­mi­nis­tra­dos que otros den­tro de su im­per­fec­ción y res­tric­ción de re­cur­sos. Hay cla­ses po­lí­ti­cas (las que dan la go­ber­na­bi­li­dad) que son me­jo­res que otras, es de­cir, ge­nui­na­men­te más ge­ne­ro­sas y ho­nes­tas. Lo más di­fí­cil en la so­cie­dad mo­der­na es con­ci­liar lo per­so­nal y lo co­lec­ti­vo. Es un equi­li­brio que de­be res­pon­der a la sa­bi­du­ría, que es qui­zás el gran au­sen­te al me­nos en nues­tro país. La sa­bi­du­ría es enemi­ga del fun­da­men­ta­lis­mo, del ex­tre­mo ra­cio­na­lis­mo, y de la tri­via­li­dad de los slo­gans po­pu­lis­tas. La ma­yo­ría de quie­nes se au­to­de­fi­nen co­mo “ser­vi­do­res pú­bli­cos” en reali­dad tie­nen el ego muy gran­de y no so­lo bus­can el re­co­no­ci­mien­to pú­bli­co, sino que mu­chas ve­ces la ri­que­za, por más que lo quie­ran ne­gar. Es co­sa de ver có­mo vi­ven mu­chos de ellos, lo que po­co se pa­re­ce al al­truis­mo del ser­vi­cio a los de­más.

Los em­plea­dos “pú­bli­cos” hoy ga­nan más que los pri­va­dos y tra­ba­jan me­nos. De que los hay ge­nui­nos, los hay, pe­ro ya no son la ma­yo­ría. La afi­lia­ción a los par­ti­dos po­lí­ti­cos ope­ra co­mo una agen­cia de em­pleo, al me­nos en la así lla­ma­da cen­tro iz­quier­da chi­le­na. Son li­te­ral­men­te cien­tos de mi­les de em­pleos en jue­go. Las em­pre­sas pú­bli­cas son fre­cuen­te­men­te bo­ti­nes de la política, so­bre­pa­san­do a sus ge­nui­nos ad­mi­nis­tra­do­res. Los cupos parlamentarios se pe­lean ca­si a cu­chi­llo.

Go­bier­nos que ofre­cen ma­ra­vi­llas ins­tan­tá­neas pa­ra los más des­po­seí­dos ter­mi­nan au­men­tan­do la po­bre­za. Igual que la In­qui­si­ción que li­te­ral­men­te ma­ta­ba se­res hu­ma­nos en nom­bre de su fe.

En tiem­pos de elec­cio­nes se exa­cer­ba to­do lo an­te­rior. Lo peor del ser hu­mano sa­le a flo­te. La iz­quier­da pa­re­ce te­ner co­mo úni­co nor­te que no sea ele­gi­da la de­re­cha, ale­gan­do una su­pe­rio­ri­dad mo­ral que ja­más ha te­ni­do, sino jus­to al con­tra­rio. Di­vi­de al mun­do en bue­nos y ma­los.

En Chi­le las co­sas no es­tán bien. Las le­yes son de ma­la fac­tu­ra, las des­ca­li­fi­ca­cio­nes per­so­na­les abun­dan. La sa­lud y edu­ca­ción pú­bli­ca van de mal en peor; las cuen­tas fis­ca­les des­ba­lan­cea­das hi­po­te­can el fu­tu­ro. Hoy no man­da la in­te­li­gen­cia y el co­no­ci­mien­to, sino el que gri­ta más en las ca­lles, lo que in­du­ce a muy ma­las po­lí­ti­cas pú­bli­cas. El te­ma de ni­ños del Se­na­me y de los vie­jos in­di­gen­tes es­tá to­tal­men­te aban­do­na­do. La CUT tie­ne ideas del si­glo pa­sa­do. La co­rrup­ción apa­re­ce por to­dos la­dos, tan­to en lo pú­bli­co co­mo en lo pri­va­do, con em­pre­sas que se co­lu­den. La cen­tra­li­za­ción si­gue pe­se a los dis­cur­sos. Las ciu­da­des ca­da vez más con­ta­mi­na­das y atas­ca­das. Ni ha­blar del trans­por­te pú­bli­co. Aho­ra se nos es­ca­pó el Si­da, se en­con­tró co­rrup­ción en Ca­ra­bi­ne­ros, na­die en­tien­de lo de Til­til, se in­ves­ti­ga un po­si­ble car­tel del fút­bol; en fin, la lis­ta es in­ter­mi­na­ble. To­do ello va ge­ne­ran­do más y más po­la­ri­za­ción.

Lo que in­tere­sa de un go­bierno son sus re­sul­ta­dos, no sus pro­me­sas. Es­pe­ro que el país eli­ja con sa­bi­du­ría, no a flau­tis­tas de Ha­me­lín.

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