Se pon­drán a la me­sa en el Reino de Dios

Lc 13,22-30.

La Tribuna (Los Angeles, Chile) - - REDACCIÓN - Felipe Ba­ca­rre­za Ro­drí­guez Obis­po de San­ta Ma­ría de Los Án­ge­les

El Evan­ge­lio de es­te do­min­go XXI del tiem­po or­di­na­rio co­mien­za con un su­ma­rio de la ac­ti­vi­dad de Jesús: «Atra­ve­sa­ba ciu­da­des y pue­blos en­se­ñan­do y ha­cien­do via­je ha­cia Je­ru­sa­lén». La ac­ti­vi­dad prin­ci­pal de Jesús du­ran­te su vi­da pú­bli­ca fue en­se­ñar. Por eso, me­re­ció ser lla­ma­do ha­bi­tual­men­te con el tí­tu­lo de Maes­tro. La en­se­ñan­za era una obli­ga­ción pa­ra él, por­que él vino a re­ve­lar al mun­do la ver­dad so­bre Dios, so­bre el ser hu­mano y so­bre to­das las co­sas; no la ver­dad na­tu­ral, que el ser hu­mano pue­de des­cu­brir con su pro­pia in­te­li­gen­cia y que es ob­je­to de la cien­cia, sino la ver­dad so­bre el ori­gen pri­me­ro de to­do y so­bre el fin ha­cia el cual to­do se di­ri­ge, que da ra­zón de la exis­ten­cia de to­do y que da sen­ti­do a to­do. Por eso su en­se­ñan­za per­du­ra has­ta hoy y de­ter­mi­na la vi­da de una par­te im­por­tan­te de la hu­ma­ni­dad. El Evan­ge­lio de es­te do­min­go nos pre­sen­ta un pun­to fun­da­men­tal de esa en­se­ñan­za.

Jesús, co­mo buen maes­tro, to­ma pie de las preo­cu­pa­cio­nes de su au­di­to­rio, en es­te ca­so, de una pre­gun­ta que al­guien le ha­ce: «Se­ñor, ¿son po­cos los que son sal­va­dos?». La pre­gun­ta es­tá bien for­mu­la­da, por­que re­co­no­ce que el ser hu­mano es sal­va­do (es ver­bo es­tá en voz pa­si­va). En otra oca­sión, los após­to­les, vien­do la di­fi­cul­tad de que un ri­co en­tre en el Reino de Dios – es más fá­cil que un ca­me­llo pa­se por el ojo de una agu­ja–, pre­gun­tan: «En­ton­ces, ¿quién po­drá ser sal­va­do?», pues la ri­que­za era in­ter­pre­ta­da co­mo un fa­vor de Dios. Jesús res­pon­de: «Pa­ra los hom­bres es im­po­si­ble; pe­ro no pa­ra Dios, pues to­do es po­si­ble pa­ra Dios » (Mc 10,26-27). La sal­va­ción no la pue­de al­can­zar el ser hu­mano con sus pro­pias fuer­zas; es im­po­si­ble pa­ra él. La sal­va­ción es un don de Dios. La pre­gun­ta que ha­cen a Jesús es en­ton­ces: «¿Son po­cos los que Dios sal­va?».

Jesús con­si­de­ra que es­te co­no­ci­mien­to –si son mu­chos o po­cos– no tie­ne nin­gu­na uti­li­dad pa­ra no­so­tros; sean mu­chos o po­cos, lo que in­te- re­sa es en­con­trar­se en ese nú­me­ro. Y a es­to res­pon­de: « Lu­chen por en­trar por la puer­ta es­tre­cha, por­que mu­chos –les di­go– bus­ca­rán en­trar y no po­drán». Su res­pues­ta se re­fie­re a la con­di­ción que es ne­ce­sa­rio po­ner de par­te nues­tra pa­ra go­zar del don de la sal­va­ción. Aun­que es un don de Dios, que su­pera to­do es­fuer­zo hu­mano, de to­das ma­ne­ras, hay que lu­char. El ob­je­ti­vo tie­ne di­fi­cul­ta­des que ven­cer, que in­di­ca Jesús con la ima­gen de la puer­ta es­tre­cha y con la afir­ma­ción de que mu­chos no lo­gra­rán en­trar por ella.

Por me­dio de otra ima­gen, Jesús nos re­ve­la que hay un pla­zo lí­mi­te pa­ra es­te ob­je­ti­vo: «Cuan­do el due­ño de la ca­sa se le­van­te y cie­rre la puer­ta, y us­te­des, los que es­tén fue­ra, co­mien­cen a gol­pear a la puer­ta, di­cien­do: “¡Se­ñor, ábre­nos!”, él res­pon­dien­do les di­rá: “No sé de dón­de son us­te­des”». Nos re­ve­la Jesús, co­mo de­cía­mos, que hay un día en que la puer­ta se ce­rra­rá y en­ton­ces ha­brá al­gu­nos que que­da­rán fue­ra. La res­pues­ta que re­ci­bi­rán és­tos in­di­ca to­tal di­so­cia­ción: No co­noz­co ni si­quie­ra el ori­gen de us­te­des.

Los que que­den fue­ra tra­ta­rán de re­co­men­dar­se re­cor­dán­do­le que al­go tie­nen en co­mún: «He­mos co­mi­do y be­bi­do con­ti­go, y has en­se­ña­do en nues­tras pla­zas » . Era ver­dad, co­mo he­mos vis­to, que Jesús en­se­ña­ba en las pla­zas de las ciu­da­des y pue­blos. Tam­bién es ver­dad que mu­chos han oí­do hoy la en­se­ñan­za de Jesús y sa­ben que hay tem­plos cris­tia­nos, in­clu­so mu­chos se de­cla­ran cris­tia­nos. Pe­ro es­to no bas­ta pa­ra po­der en­trar. Jesús acla­ra, en­ton­ces, el mo­ti­vo por el cual no hay na­da en co­mún en­tre el due­ño de ca­sa y los que que­den fue­ra: «No sé de dón­de son us­te­des; apár­ten­se de mí to­dos los obra­do­res de iniqui­dad». Es­tos son los que es­ta­rán fue­ra. ¿Qué es pa­ra Jesús un obra­dor de iniqui­dad? De­je­mos que res­pon­da él mis­mo: «No to­do el que me di­ga: “Se­ñor, Se­ñor”, en­tra­rá en el Reino de los Cie­los, sino el que ha­ga la vo­lun­tad de mi Pa­dre que es­tá en el cie­lo» (Mt 7,21). To­da nues­tra preo­cu­pa­ción en es­te mun­do de­be ser, en­ton­ces, ha­cer la vo­lun­tad de Dios. No bas­ta co­no­cer­la; hay que ha­cer­la.

La se­pa­ra­ción y la suer­te de unos y otros es ra­di­cal. Pa­ra los que que­da­rán fue­ra Jesús di­ce: « Allí se­rá el llan­to y en re­chi­nar de dien­tes ». Es la des­crip­ción de pro­fun­da pe­na y ra­bia, que sur­gi­rá de com­pa­rar su pro­pia si­tua­ción, que ya es irre­vo­ca­ble, con la si­tua­ción de los que es­tén den­tro: «Cuan­do vean a Abraham, Isaac y Ja­cob y to­dos los pro­fe­tas en el Reino de Dios y us­te­des, en cam­bio, arro­ja­dos fue­ra ».

Jesús agre­ga una en­se­ñan­za muy con­so­la­do­ra pa­ra no­so­tros, por­que ex­tien­de la sal­va­ción a to­dos los pue­blos de la tie­rra y en­san­cha tam­bién las po­si­bi­li­da­des de en­trar: «Ven­drán de orien­te y oc­ci­den­te, del nor­te y del sur, y se pon­drán a la me­sa en el Reino de Dios ». Con una úl­ti­ma ima­gen ex­pre­sa el go­zo de la sal­va­ción: «Se pon­drán a la me­sa ». Par­ti­ci­par de un ex­ce­len­te ban­que­te con los her­ma­nos y ami­gos es una oca­sión de go­zo y fe­li­ci­dad. Es la ima­gen que usa Jesús pa­ra dar­nos una idea de la fe­li­ci­dad eter­na.

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