EDU­CAR EN LA SO­LI­DA­RI­DAD

La Tribuna (Los Angeles, Chile) - - OPINIÓN - Ve­ró­ni­ca Gar­cía Di­rec­to­ra de Edu­ca­ción Diferencial Uni­ver­si­dad San Sebastián

Se­ñor Di­rec­tor: En tiem­pos de re­for­mas, la pre­gun­ta de có­mo avan­zar en ca­li­dad de la edu­ca­ción se re­pi­te sin en­con­trar res­pues­tas. Es que al pa­re­cer las es­ta­mos bus­can­do en es­pa­cios equi­vo­ca­dos. Qui­zás ha­bría que co­men­zar con la pre­gun­ta ¿ pa­ra qué edu­ca­mos? No po­de­mos pen­sar en el fu­tu­ro de Chi­le si no es a tra­vés de la ima­gen de las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes, de ahí la ur­gen­cia que las fa­mi­lias y el sis­te­ma es­co­lar, en sus res­pec­ti­vos ro­les for­ma­do­res, asu­man con res­pon­sa­bi­li­dad la ta­rea de edu­car pa­ra la paz, la so­li­da­ri­dad y pa­ra un vi­vir ale­gre en com­pa­ñía de otros, en co­mu­ni­dad.

El co­ra­zón de los ni­ños es tie­rra fér­til, en ella po­de­mos sem­brar va­lo­res y vir­tu­des que ha­rán de ellos per­so­nas ín­te­gras, ca­pa­ces de re­la­cio­nar­se des­de el amor, el res­pe­to y la va­lo­ra­ción del otro co­mo aquel que le acom­pa­ña, que le ayu­da a cre­cer, apren­der y par­ti­ci­par, en la ló­gi­ca de la con – vi­ven­cia, don­de el cen­tro no es­tá en él sino en quie­nes le ro­dean y, por ello, es ca­paz de sa­lir de sí pa­ra ir al en­cuen­tro del otro, aquel a quien pue­de tam­bién ayu­dar a cre­cer, apren­der y par­ti­ci­par. Es en ese en­cuen­tro con otro que des­cu­bre gran par­te de su fe­li­ci­dad, el sen­ti­do de la vi­da y las ra­zo­nes que la ra­zón des­co­no­ce ca­da vez que se en­fren­ta a un con­flic­to, a un desafío o cuan­do un do­lor apa­re­ce.

Amor, amor y más amor… Es el amor y no los ajus­tes cu­rri­cu­la­res lo que pue­de cam­biar la edu­ca­ción y ha­cer­la útil pa­ra los chi­le­nos. Y es que los con­te­ni­dos cu­rri­cu­la­res no se­rán más que co­no­ci­mien­tos si los ni­ños no com­pren­dan el por qué esos sa­be­res pue­den ser­vir­les pa­ra par­ti­ci­par ac­ti­va­men­te en los con­tex­tos en que se desen­vuel­ven y, a par­tir de ello, tra­ba­jar pa­ra cons­truir un país más jus­to, fra­terno y so­li­da­rio.

Los ni­ños apren­den de lo que los adul­tos sig­ni­fi­ca­ti­vos ( pa­dres y pro­fe­so­res) ha­cen y di­cen, más allá de las me­tas edu­ca­ti­vas aso­cia­das al apren­di­za­je con­cep­tual; de ahí que re­sul­te prio­ri­ta­rio que dis­fru­ten de una re­la­ción de apo­yo y cer­ca­nía, sus­ten­ta­da en el amor ( por lo que se ha­ce, por lo que se en­se­ña, por lo que se vi­ve), que les per­mi­ta per­se­ve­rar en sus di­fi­cul­ta­des, acep­tar las ins­truc­cio­nes y crí­ti­cas y ma­ne­jar el es­trés en un con­tex­to so­cial ca­da vez más exi­gen­te.

El Mes de la So­li­da­ri­dad nos in­ter­pe­la a pa­dres y pro­fe­so­res. Es des­de ahí des­de don­de po­de­mos im­pul­sar el diá­lo­go, la coo­pe­ra­ción, la jus­ti­cia so­cial, la crea­ti­vi­dad pa­ra ge­ne­rar es­pa­cios de par­ti­ci­pa­ción ac­ce­si­ble y tra­ba­jo digno pa­ra to­dos y la fra­ter­ni­dad co­mo freno a la in­di­fe­ren­cia, dis­cri­mi­na­ción, egoís­mo, bu­ro­cra­cia, co­rrup­ción, hi­po­cre­sía, en­vi­dia y en de­fi­ni­ti­va a una cul­tu­ra que pa­re­ce no amar la vi­da, no res­pe­tar la tie­rra. Nues­tra gran ta­rea es, en­ton­ces, a tra­vés de la edu­ca­ción, ser ar­tí­fi­ces de la so­li­da­ri­dad y la fra­ter­ni­dad. Esa es la edu­ca­ción que sir­ve a Chi­le, que ha­rá de nues­tros ni­ños y jó­ve­nes los cons­truc­to­res de un me­jor Chi­le.

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