El po­der de una ho­ja en blan­co

La Tribuna (Los Angeles, Chile) - - OPINIÓN -

Ha­ce un par de me­ses uno de mis ni­ños, de 3 años, ca­si se mue­re en bra­zos de mi se­ño­ra ato­ra­do con un ma­ris­co. En esos se­gun­dos ca­tas­tró­fi­cos se me pa­sa­ron por la men­te to­dos y ca­da uno de los pro­yec­tos en los que es­toy em­bar­ca­do co­mo una su­ma­to­ria de cha­ta­rra y fu­ti­li­dad. La adre­na­li­na del mo­men­to lí­mi­te ha­ce que una frac­ción de se­gun­do nos sir­va pa­ra po­ner en re­lie­ve cuan ale­ja­do es­ta­mos de las co­sas pro­fun­das y ver­da­de­ras y de las co­sas im­por­tan­tes y per­ma­nen­tes. Lue­go de ese in­ci­den­te, ocu­rri­do a la ho­ra de al­muer­zo de un do­min­go cual­quie­ra, me que­dé pen­san­do en el va­lor de los sus­tos que nos ha­cen vol­ver a la vi­da con una dis­po­si­ción dis­tin­ta, más sim­ple, más cer­te­ra, con más fo­co en las co­sas que va­len de ver­dad la pe­na. Se con­si­de­ran las co­sas que a dia­rio uno pa­sa por al­to: las co­sas sen­ci­llas, el exis­tir, el va­lor in­men­so del otro y el tre­men­do mi­la­gro que sig­ni­fi­ca el so­lo he­cho de exis­tir.

Al otro día, al lle­gar a la ofi­ci­na, bo­té to­dos los ca­chu­reos y me afe­rré a una ho­ja en blan­co que le ro­bé a la im­pre­so­ra tra­tan­do de re­cor­dar una fra­se que le es­cu­ché una vez a mi pa­pá cuan­do di­jo “no hay na­da más ins­pi­ra­dor que una ho­ja en blan­co”. Una ho­ja en blan­co sir­ve pa­ra or­de­nar los dis­tin­tos fren­tes de nues­tra vi­da, ir ra­yan­do y re-ha­cien­do en el pa­pel an­tes que en la vi­da mis­ma. Una pa­la­bra, con­cep­to o idea ta­cha­da va­le más que una ac­ción mal eje­cu­ta­da. Aho­ra que es­tán de mo­da las co­sas sim­ples y bá­si­cas va­le la pe­na ejer­ci­tar­se en el ra­ya­do de ho­jas en blan­co pa­ra ir or­de­nan­do las ideas y de pa­so, nues­tro día a día. Apro­ve­che un ra­to fe­cun­do den­tro de la ma­ña­na y ra­ye ho­jas, di­bu­je, ha­gas mo­nos y fle­chas y ve­rá que sa­len las ideas y se or­de­nan las prio­ri­da­des. La vie­ja cos­tum­bre ma­nual de lle­var al pa­pel los pen­sa­mien­tos es una prác­ti­ca po­si­ti­va que hoy es­tá ca­da vez más ale­ja­da en nues­tras ru­ti­nas di­gi­ta­les. No es re­em­pla­za­ble ya que la men­te, al me­nos la mía, ne­ce­si­ta de los lá­pi­ces, plu­mo­nes, la re­gla y el sa­ca­pun­tas. Es­toy se­gu­ro que en el pro­ce­so de ama­sa­do de ideas acom­pa­ña­do de la di­fe­ren­cia­ción de co­lo­res y apun­tes ma­nua­les per­mi­ten una flui­dez ma­yor al mo­vi­mien­to de las ideas y con­cep­tos. El pi­za­rrón y la ho­ja en blan­co nos per­mi­ten equi­vo­car­nos una y otra vez has­ta lle­gar con cla­ri­dad al ob­je­ti­vo sin per­der­nos en el ca­mino. Las ex­pe­rien­cias lí­mi­te nos dan la fuer­za ne­ce­sa­ria pa­ra par­tir de nue­vo. Nos de­jan en blan­co y dan una nue­va opor­tu­ni­dad pa­ra re­sur­gir con nue­vas fuer­zas y co­men­zar a es­cri­bir de nue­vo nues­tro fu­tu­ro. Há­ga­me ca­so, pón­ga­se fren­te a una ho­ja en blan­co y anote sus te­mas, pro­yec­tos y fren­tes abier­tos. Em­pie­ce a tra­ba­jar­los y co­mien­ce una vi­da nue­va con la tran­qui­li­dad de quien tie­ne to­do do­mi­na­do. Al me­nos en el pa­pel.

Los ca­mi­nos por los que tran­si­ta­mos día a día es­tán lle­nos de ri­pios, de ta­cos, de nie­blas di­gi­ta­les que nos ha­cen per­der el tiem­po que se ha­ce ca­da vez más es­ca­so. Una ho­ja en blan­co es un ca­mino lim­pio, des­pe­ja­do, cla­ro y sin nin­gún obs­tácu­lo. En la ho­ja en blan­co apa­re­ce­rán to­das aque­llas ideas-fuer­za y pro­yec­tos po­ten­tes que tie­ne en su in­te­rior. Anó­te­los. Sá­que­los afue­ra y or­dé­ne­los ayu­da­do por un lá­piz bic y no ten­ga mie­do de ra­yar to­dos y ca­da uno de sus te­mas pa­ra ir en­cau­zán­do­los, si es que va­len la pe­na. Juan Se­cano Gau­cho de la Pa­ta­go­nia ra­di­ca­do en Re­re

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