Abs­ten­ción obli­ga­to­ria

La Tribuna (Los Angeles, Chile) - - Opinión - Ken­neth Bun­ker Aca­dé­mi­co Uni­ver­si­dad Cen­tral

Por un error en el Re­gis­tro Ci­vil, y con la com­pli­ci­dad del Ser­vi­cio Elec­to­ral, has­ta 475 mil per­so­nas po­drían de­jar de vo­tar en la pró­xi­ma elec­ción mu­ni­ci­pal. Por un tras­pié compu­tacio­nal, al­re­de­dor del 4% del pa­drón elec­to­ral no ten­drá la op­ción de vo­tar en la co­mu­na en que vi­ve. Es­to no quie­re de­cir que es­tas per­so­nas fi­nal­men­te no vo­ta­rán, pe­ro de­fi­ni­ti­va­men­te se­rá un es­co­llo más en una elec­ción que ya se pro­nos­ti­ca­ba co­mo la con par­ti­ci­pa­ción más ba­ja de la his­to­ria. Los pri­me­ros in­di­cios de un pro­ble­ma con el pa­drón fue­ron en la elec­ción mu­ni­ci­pal de 2012. Ha­ce cuatro años, el ex pre­si­den­te Sal­va­dor Allen­de apa­re­ció en la lis­ta de ha­bi­li­ta­dos pa­ra vo­tar. Pre­su­mi­ble­men­te, el pa­drón es­ta­ba com­pues­to por mi­les de fa­lle­ci­dos más. Los ór­ga­nos gu­ber­na­men­ta­les res­pon­sa­bles acep­ta­ron el error y se com­pro­me­tie­ron a de­pu­rar el pa­drón pa­ra re­fle­jar el nú­me­ro real de vo­tan­tes ha­bi­li­ta­dos. Sin em­bar­go, los pro­ble­mas per­sis­ten. Los efec­tos de te­ner un pa­drón su­cio son va­rios. Pri­me­ro, no refleja el nú­me­ro to­tal de vo­tan­tes, lo que di­fi­cul­ta es­ti­mar la par­ti­ci­pa­ción elec­to­ral. Sin sa­ber cuál es el to­tal real de per­so­nas ha­bi­li­ta­das pa­ra vo­tar, es im­po­si­ble co­no­cer la pro­por­ción de per­so­nas acu­den a las ur­nas. En­tre otras co­sas, es­to im­pi­de sa­car ba­lan­ces so­bre la per­cep­ción po­lí­ti­ca de la gen­te. Por ejem­plo, no se pue­de sos­te­ner con cer­ti­dum­bre si exis­te una cri­sis de re­pre­sen­ta­ción o, si exis­te, cuál es su pro­fun­di­dad. Más im­por­tan­te que lec­tu­ras po­lí­ti­cas, tal vez, es el efec­to real so­bre la gen­te. Es un pro­ble­ma democrático que las per­so­nas no pue­dan vo­tar en las co­mu­nas en don­de vi­ven. Si las per­so­nas no par­ti­ci­pan, no pue­den ser es­cu­cha­das, y si no son es­cu­cha­das, no pue­den ser re­pre­sen­ta­das. En el ca­so de las elec­cio­nes que vie­nen, ha­brá mu­chas per­so­nas que de­ja­rán de ser re­pre­sen­ta­das sim­ple­men­te por los erro­res del Re­gis­tro Ci­vil y el Ser­vel. Pe­ro, su­ma­do a la ac­tual cri­sis po­lí­ti­ca, es pro­ba­ble que la ta­sa de par­ti­ci­pa­ción sea la más ba­ja de la his­to­ria. Es­ta si­tua­ción, tan evi­den­te, de­bió alar­mar a las au­to­ri­da­des y no lo hi­zo. Si las au­to­ri­da­des del Re­gis­tro Ci­vil y el Ser­vel no son res­pon­sa­bles, ¿quién lo es? Has­ta aho­ra las ca­be­zas de los dos ór­ga­nos que pu­die­ron pre­ve­nir o re­ver­tir los pro­ble­mas han da­do so­lo ex­cu­sas. Hoy, el go­bierno tie­ne dos op­cio­nes. La pri­me­ra es se­guir en la mis­ma lí­nea y no ha­cer na­da. Es de­cir, des­viar res­pon­sa­bi­li­da­des y esperar a que la opo­si­ción no les cai­ga con to­do su pe­so. La se­gun­da es acep­tar los erro­res co­mo pro­pios, iden­ti­fi­car a los res­pon­sa­bles y en­ta­blar san­cio­nes. En­tre los dos ca­mi­nos, es pre­fe­ri­ble la se­gun­da. Qui­zás sea tar­de pa­ra cam­biar el os­cu­ro rum­bo de la elec­ción que se apron­ta, pe­ro se­rá una se­ñal inequí­vo­ca de que lo mis­mo no ocu­rri­rá nun­ca más.

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