Ope­ra­ción Lan­za de Nep­tuno

Muy Interesante (Chile) - - HISTORIA -

Se ha­bía con­ver­ti­do en el cri­mi­nal más buscado en la his­to­ria de Es­ta­dos Uni­dos y la ad­mi­nis­tra­ción Oba­ma es­ta­ba dis­pues­ta a lle­gar tan le­jos co­mo fue­ra ne­ce­sa­rio pa­ra ob­te­ner la ca­be­za del lí­der de Al-Qae­da y per­pe­tra­dor de los aten­ta­dos del 11-S. Una dé­ca­da tu­vo que es­pe­rar aquel país pa­ra co­brar­se al fin su ven­gan­za, lo­gra­da con un so­fis­ti­ca­do ope­ra­ti­vo, mu­cha pa­cien­cia y un me­ticu­loso tra­ba­jo de in­te­li­gen­cia so­bre el te­rreno. EE.UU. se­guía a co­mien­zos de 2011 la pis­ta de un des­ta­ca­do miem­bro de la or­ga­ni­za­ción te­rro­ris­ta di­ri­gi­da por Bin La­den, el ku­wai­tí Abu Ahm­mad, en Pa­kis­tán. Fue su ras­tro el que, ines­pe­ra­da­men­te, les re­ve­ló el ca­mino a una pie­za de ca­za mu­cho ma­yor. La CIA re­co­pi­ló in­for­ma­ción fi­de­dig­na que apun­ta­ba a que en es­te país no so­lo se es­con­día Ahm­mad, sino el pro­pio Bin La­den. Era una opor­tu­ni­dad de oro, y el 29 de abril de ese mis­mo año Oba­ma dio luz ver­de a la Ope­ra­ción Lan­za de Nep­tuno, cu­yo ob­je­ti­vo no era otro que li­qui­dar al enemi­go pú­bli­co nú­me­ro uno de Es­ta­dos Uni­dos. El ope­ra­ti­vo se pu­so fi­nal­men­te en mar­cha el 2 de ma­yo a la una de la ma­dru­ga­da, cuan­do un co­man­do de los SEAL to­mó tie­rra des­de un he­li­cóp­te­ro pa­ra, en ape­nas 40 mi­nu­tos, trans­mi­tir el men­sa­je más es­pe­ra­do por la Ca­sa Blan­ca: “Ge­ró­ni­mo EKIA” (Enemy Ki­lled in Ac­tion o Enemi­go muer­to en ac­ción). La ope­ra­ción fue di­ri­gi­da en tiem­po real des­de Lan­gley, en la se­de de la agen­cia, por Leon Pa­net­ta, di­rec­tor de la CIA, en pre­sen­cia del pro­pio Oba­ma, y se sal­dó con cin­co muer­tos –cua­tro hom­bres y una mu­jer (la es­po­sa del pro­pio te­rro­ris­ta, que apa­ren­te­men­te tra­tó de pro­te­ger­lo has­ta el úl­ti­mo mo­men­to)–, en­tre ellos el lí­der de Al-Qae­da, quien se­gún al­gu­nas ver­sio­nes ofre­ció re­sis­ten­cia, y se­gún otras, las más creí­bles, es­ta­ba des­ar­ma­do cuan­do fue aba­ti­do por los SEAL. La ope­ra­ción desató in­me­dia­ta­men­te la po­lé­mi­ca por­que, se­gún el Es­ta­tu­to de la Cor­te Pe­nal In­ter­na­cio­nal, dis­pa­rar a un enemi­go in­de­fen­so y no hos­til va más allá de lo le­gal. La CIA jus­ti­fi­có el he­cho de que se dis­pa­ra­ra a san­gre fría y no se op­ta­ra por la de­ten­ción, por la pro­xi­mi­dad de un fu­sil AK-47 que la víc­ti­ma se dis­po­nía a al­can­zar. De cual­quier ma­ne­ra, con o sin po­lé­mi­ca, la ope­ra­ción fue un éxi­to mi­li­tar y pro­pa­gan­dís­ti­co de Es­ta­dos Uni­dos y se se­lló con la eje­cu­ción del te­rro­ris­ta más buscado del mun­do, muer­to de un dis­pa­ro en la ca­be­za mien­tras, se­gún una ver­sión, usa­ba a su es­po­sa co­mo es­cu­do hu­mano.

La eje­cu­ción de Bin La­den desató in­me­dia­ta­men­te la po­lé­mi­ca por­que, a de­cir de la Cor­te Pe­nal In­ter­na­cio­nal, dis­pa­rar a un enemi­go in­de­fen­so y no hos­til va más allá de lo le­gal.

VEN­GAN­ZA. El vi­ceal­mi­ran­te Wi­lliam McRa­ven, a quien se atri­bu­ye la or­ga­ni­za­ción y eje­cu­ción de la Ope­ra­ción Lan­za de Nep­tuno.

CA­ZA. Pe­rió­di­cos anun­cian la muer­te de Osa­ma Bin La­den. As­pec­to de la ca­so­na de Ab­bot­ta­bad, Pa­kis­tán, don­de fue lo­ca­li­za­do.

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