Fo­to­gra­fías Fauna na­ti­va en las Is­las Fal­kland

En es­te lu­gar en el que to­do lo do­mi­na el vien­to, con­ver­gen lu­ga­res in­hós­pi­tos, con una di­ver­si­dad de fauna y lu­ga­re­ños de va­ria­das na­cio­na­li­da­des.

Muy Interesante (Chile) - - PORTADA - Por Pa­tri­cio Cor­va­lán Fotos Jor­ge Ma­rín

De re­pen­te, en un des­cui­do de las olas, se aso­ma la is­la, una cos­tra de tierra lar­ga inun­da­da por un mar que no se can­sa de co­mer­se las ori­llas. Al me­nos así se ven las Fal­klands des­de el ai­re. En tierra ya ve­re­mos. El agen­te de la po­li­cía to­ma mi pa­sa­por­te y, co­mo si tu­vie­ra cua­tro ases en su mano, lo mi­ra y me mi­ra, lo mi­ra y me mi­ra, y lo de­ja caer en la me­sa pa­ra azo­tar­lo con un tim­bre cua­dra­do. Me lo pa­sa, con una mue­ca que, por años tra­ba­jan­do en un gal­pón que ya se hi­zo chi­co en la ba­se mi­li­tar de Mount Plea­sant, don­de fun­cio­na el ae­ro­puer­to lo­cal de las Fal­klands, pa­re­ce una for­za­da son­ri­sa. “Wel­co­me”, me di­ce. Sal­go. El vien­to abo­fe­tea a quien se le cru­ce. A lo le­jos se ve el mar, sa­lu­dan­do ner­vio­so. De cer­ca se ve a John Fow­ler, el guía, que es igual a Mi­chael Cai­ne y co­jea por cul­pa de un ten­dón que se le rom­pió sin con­tar el epi­so­dio. Su ca­ra es ro­ja. Me sa­lu­da cor­tés­men­te, con la re­ve­ren­cia tan lo­cal de apre­tar la mano y afir­mar el co­do, pero lo pri­me­ro que me di­ce –en su es­pa­ñol tan mo­du­la­do y ce­rrán­do­me un ojo- es “bien­ve­ni­do, mal­di­to chi­leno”. Porque a los is­le­ños les gus­tan las bro­mas. John es co­mo a uno le gus­ta­ría que fue­sen los guías. Al su­bir­nos al jeep, tie­ne la su­fi­cien­te ter­que­dad –que lue­go agra­de­ce­ré en el ca­mino zig­za­guean­te– pa­ra que me abro­che el cin­tu­rón

EL PAI­SA­JE DE LAS FAL­KLANDS Es tan du­ro co­mo el clima. A cau­sa del vien­to, es im­po­si­ble en­con­trar al­ta ve­ge­ta­ción, lo que re­sal­ta aún más la geo­gra­fía agres­te, mar­ca­da por las hue­llas de las an­ti­guas gla­cia­cio­nes. Una de las prin­ci­pa­les ca­rac­te­rís­ti­cas son las for­ma­cio­nes ro­co­sas que cru­zan la prin­ci­pal ca­rre­te­ra y que se co­no­cen co­mo “ríos de pie­dra”.

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